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vals para hormigas / OPINIÓN

La feria de los mosquitos

9/10/2019 - 

Llega otra vez el 9 d’Octubre y me acuerdo de algo que me sucedió el pasado domingo. Volvía de la Vega Baja como cada fin de semana y, a la altura de El Altet, percibí a lo lejos una extraña humareda. Fina, oscura y demasiado horizontal, salía de Alicante, seguía el recorrido trazado por la carretera que lleva al aeropuerto y oscilaba como los ovnis antiguos, aquellos que se veían antes de que cada móvil llevara una cámara en su interior. El asombro saltaba precisamente con su comportamiento, que no se correspondía con lo que uno espera de una humareda. Conforme iba avanzando, mi pareja y yo tratábamos de descubrir el enigma que sin duda alguna nos reservaba aquella indolente tarde de domingo, hasta que nos dimos cuenta de que la nubecilla flotante era en realidad un amenazante enjambre de mosquitos que se trasladaba del saladar de Aguamarga hacia el aeropuerto. Sinuoso como una serpiente, evanescente como un amor eterno. Pero mucho más peligroso. Toda una jauría de insectos en busca del agua estancada, el hogar que necesitan para salir adelante como otros necesitan una bandera, un trozo de tierra, un escaño o un himno que cantar.

El 9 d’Octubre me trae cada año un estremecimiento consistente en no olvidar el cumpleaños de mi amiga Salu. Y ya. Soy un hombre maduro, heterosexual y fumador, con lo que solo me queda luchar las guerras de otros. Aquellas en las que me gusta enrolarme, que no son necesariamente las que se van a ganar. Quién sabe, quizá he visto demasiadas películas de Bogart. La batalla del arraigo y el sentimiento patrio no es una de ellas. Ya les conté la semana pasada que el Coscorrón, la costa de algunos de mis naufragios favoritos, cierra lentamente, como quien da una última oportunidad a una cita que llega dos horas tarde. A mi edad, uno ya se ha dado cuenta hace mucho que las únicas patrias son las que se escurren entre los dedos y pasan al cajón de la memoria. Las ferias abandonadas, como aprendí gracias y junto a Pablo Auladell y Julián López Medina. Regazos, salones de alquiler y archipiélagos fabulosos de un mapa antiguo van pasando por delante hasta que son sustituidos por otros similares. E incluso mejores, en ocasiones. Y así sucesivamente hasta un final que aún no alcanzo a ver. No tengo arraigo, ni ganas. Ya lo siento, porque algunos se les hincha el pecho con un orgullo de pertenencia que ya me gustaría llevar a mis pulmones cuando me acuerdo de que una vez jugué al baloncesto. Otra feria abandonada, por cierto.

Todos aquellos que se enganchen hoy a las emisiones de À Punt, que celebren de verdad el estallido de colores de la Senyera y que monten en su cabeza una muixeranga de ideales y libertades, que lo disfruten. De verdad. Cada uno elige su objetivo vital y está bien la defensa de las tradiciones, de la tierra y de la identidad, un propósito tan loable como cualquiera y que pierde interés para mí, también como cualquiera, en cuanto se traslada al campo del proselitismo, los exámenes orales y el establecimiento de cuotas. Ya llego tarde y el equivocado, probablemente, sea yo. Hoy felicitaré a Salu, sonreiré ante la alegría de mis amigos más convencidos de su razón de ser y, quizá, me ponga a leer a Yeats. Están todos invitados a los verdes campos de Irlanda. Como dice la canción, no hace falta ser irlandés para ser irlandés. Y así es como da gusto. O viceversa.

@Faroimpostor

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