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vals para hormigas / OPINIÓN

Kobe Bryant, sobre la bocina

29/01/2020 - 

Van a tener que disculparme varias cosas en esta columna. La primera, que ande a la deriva del tiempo de los periódicos y me refiera a algo que sucedió hace tres días. Pero la realidad es tan implacable como la muerte y nadie prevé que Kobe Bryant y su hija Gianna vayan a morir un domingo por la tarde (hora local), justo en ese momento en que la vida consiste en descalzarse y preparar la mochila de los niños. La segunda, que me vuelva autorreferencial. O casi. Hace casi cuatro años, cuando coincidieron en las noticias deportivas la muerte de Johan Cruyff y la retirada, precisamente, de Kobe, hablé con mi amigo y compañero Pablo Verdú. Conté en mi blog, El Faro del Impostor, lo que me enseñó, porque cuando hablan los que saben, los demás no podemos más que escuchar. Cuando informaron del accidente de Kobe, pensé enseguida en él. Fue el segundo con el que me comuniqué, después de mi hermano, Iván. Quedaba cerrado un círculo. La primera columna que me dejaron escribir al principio de mi carrera fue sobre la retirada de Michael Jordan, dedicada a mi hermano. La de Johan y Kobe la compartí con Pablo. Y ahora, los tres, estamos abatidos por la desaparición de un mito del deporte. Y la cuestión sigue siendo la misma, por qué nos afecta tanto la pérdida de alguien a quien no conocemos personalmente.

Copio lo que Pablo me contó entonces. “Cuando se marcha alguien así, una estrella que pone cara a un deporte, de alguna manera, se interrumpe el hilo musical de nuestra vida”, explicaba Pablo. “Recordamos que le vimos debutar de madrugada, en un local de hamburguesas con televisión al que ya no hemos vuelto. O que disfrutamos de aquella vez que metió sesenta puntos cuando conocimos a alguien especial. O que nuestro primer hijo nació cuando ganó su segundo anillo de la NBA”. “Estos deportistas siempre están ahí. Te acompañan durante tu crecimiento y maduras con ellos. Da igual el día de la semana en que te encuentres. Pones la radio de noche, después de un día lleno de problemas, escuchas sus hazañas y sabes que la vida sigue. Que pese a todas las dificultades que te plantea la vida, Kobe Bryant sigue metiendo sesenta puntos en la cancha de los Utah Jazz, o Usain Bolt vuelve a batir el récord de los 200”, continuaba. “De alguna manera, son los extras de nuestras vidas, los artistas invitados de nuestra película personal”.

En el helicóptero siniestrado, con nueve víctimas, viajaba un poco de todos los que alguna vez nos hemos emocionado con el baloncesto. No se trata solamente de colores e hinchadas. Tampoco tienen que ser los mejores atletas de su categoría en el momento en que la practican. Hay deportistas que consiguen que trasnochemos sin remordimiento, como hay autores que nos arrebatan alguna lágrima ante el menor detalle de su obra de arte, de la disciplina que sea. Es el secreto último del ocio personal, del entretenimiento puro, de nuestra capacidad para abstraernos del entorno. De esa vida interior que la rutina diaria nos va robando pero que es lo único que nos rescata de la barbarie. En cada tiro en el último segundo que Kobe Bryant conseguía encestar sobre la bocina, estábamos nosotros sintiendo el roce del balón que vuela, que gira sobre sí mismo, que ejecuta una parábola en el aire mientras el tiempo se ralentiza y que, finalmente, atraviesa la red y nos ayuda a pensar que mañana llamaremos al fontanero para que nos repare la pared con humedades. Y entonces, nos volvemos a sentar en el sofá secándonos el sudor de la frente con nuestra vieja muñequera de toalla. 

@Faroimpostor

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