ALICANTE. Para entender hacia dónde va el fraude digital conviene ver lo deprisa que ha cambiado. Ya no es el aficionado que envía un correo con faltas de ortografía y fácil de detectar, sino que se ha automatizado. Interpol advierte de que el fraude potenciado por inteligencia artificial es 4,5 veces más rentable que el tradicional y de que los sistemas de "IA agéntica" pueden planificar y ejecutar campañas completas de forma autónoma.
"El fraude ha pasado de engañar a las personas a intentar engañar también a los sistemas que las protegen; por eso nuestra tecnología ya no se limita a comprobar una identidad al principio, ya que ha podido ser manipulada después o haber sido robada, sino a anticipar el fraude en cualquier momento", resume Javier Mira, CEO de Facephi. "Al ciudadano le pediría una sola cosa: que desconfíe de la urgencia. Ninguna entidad seria le va a exigir decidir en treinta segundos".
El trasfondo va más allá de la anécdota: la identidad digital se ha convertido en un activo estratégico, y quién es capaz de protegerla es ya una cuestión de soberanía tecnológica. Frente al relato de que la inteligencia artificial solo trae amenazas, hay otra cara de esa misma IA: la que aprende a defender.
Que buena parte de la respuesta a este fenómeno se diseñe en Alicante dice algo del potencial de la tecnología española. Facephi, cotizada en BME Growth y Euronext Growth Paris, nació hace catorce años en torno a la biometría facial y ha ido ampliando sus capacidades al ritmo de los ataques. Hoy, presente en más de treinta países, se define más allá de la verificación de identidad previniendo el fraude y garantizando el cumplimiento normativo para sectores regulados como banca, gaming o aerolíneas.
Los fraudes digitales que más crecen
Detrás de esa etiqueta hay unos cuantos métodos concretos que conviene saber reconocer. El más comentado es la suplantación con deepfakes: vídeos y audios generados con IA que imitan el rostro o la voz de una persona real para superar un control o convencer a un empleado de que autorice un pago y la identidad sintética, un "Frankenstein" documental que combina datos reales robados con otros inventados para crear una persona que no existe, pero que pasa los filtros. Por otra parte las cuentas mula, cuentas bancarias legítimas, muchas veces de personas engañadas, que se usan para mover el dinero robado y borrar el rastro. Y están los ataques de inyección, quizá los más técnicos: en lugar de enseñar una foto a la cámara, el atacante introduce la imagen falsa directamente en el sistema, saltándose el dispositivo. Contra este último, pedirle al usuario que "mire a la cámara" ya no sirve de nada.
Qué podemos hacer como ciudadanos y qué pueden hacer las empresas
Como ciudadanos, estar muy atentos frente a la ingeniería social, el manipular a la persona para que actúe engañada. Ahí sí conviene tener hábitos: desconfiar de cualquier petición urgente de dinero o datos, aunque la voz o el rostro parezcan de alguien conocido, y confirmarla por otro canal; activar la verificación en dos pasos; y cuidar qué se comparte en abierto en redes.
Para una entidad, la clave es dejar de fiarlo todo a un dato que puede estar robado y pasar a verificar de forma continua: leer señales a lo largo de toda la relación para detectar cuándo algo no encaja, aunque las credenciales sean correctas. Todo ello, además, bajo un principio que conviene subrayar: no se trata de vigilar lo que hace el usuario, sino de confirmar que sigue siendo él, con minimización de datos, consentimiento y cumplimiento de la normativa de protección de datos y prevención de blanqueo.
Mira afirma que "datos personales se filtran, detectamos casos a diario, la puerta queda abierta, es necesario sistemas que hablen entre ellos, herramientas conectadas que protejan la identidad de manera continua”. En un entorno en el que la inteligencia artificial puede utilizarse tanto para atacar como para defender, proteger la identidad digital no consiste solo en poner más barreras, sino en hacer que la confianza también sea capaz de evolucionar.