ALICANTE. El calendario dice que el verano ha terminado. Los mosquitos, sin embargo, no entienden de estaciones meteorológicas. Temperaturas todavía favorables, presencia de agua, disponibilidad de lugares de cría y circulación de patógenos pueden mantener activas determinadas poblaciones durante septiembre, octubre e incluso más adelante en algunos territorios. Por eso, el final del verano no supone automáticamente el final de la vigilancia vectorial.
La cuestión cobra especial relevancia este año. España acaba de registrar el verano más cálido desde, al menos, 1869, según el balance publicado esta semana por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). Entre junio y agosto, la España peninsular alcanzó una temperatura media de 24,5 ºC, 2,4 ºC por encima del promedio 1991-2020. Las temperaturas propias del periodo estival se extendieron, además, desde la segunda mitad de mayo hasta la primera mitad de septiembre.
El cambio de estación tampoco apunta, de momento, a un giro brusco. AEMET estima una probabilidad del 60-70 % de que el otoño climatológico —septiembre, octubre y noviembre— sea más cálido de lo normal en toda España. Para el trimestre octubre-diciembre, esa probabilidad alcanza el 70 % en la mayor parte del país.
Esto no significa que vaya a haber necesariamente más mosquitos ni más enfermedades en todos los territorios. La relación depende de múltiples factores. Sí implica, sin embargo, que la temperatura, las precipitaciones, la presencia de agua y la información obtenida mediante vigilancia entomológica deben tener un peso creciente a la hora de determinar cuándo termina realmente una temporada de riesgo.
Europa se acerca a los niveles excepcionales de 2018
El contexto meteorológico coincide con una temporada todavía activa de virus del Nilo Occidental. El último informe semanal del Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC), publicado el 18 de septiembre con datos hasta el día 17, contabiliza 1.482 infecciones humanas adquiridas localmente en 16 países europeos durante 2026.
Italia ha comunicado 652 casos; Grecia, 355; y España, 114, la tercera cifra más elevada entre los países incluidos en la vigilancia europea. El organismo había identificado además 180 áreas afectadas durante la temporada, cinco de ellas en España. Los datos son provisionales y están sujetos a actualización.
La cifra sitúa a Europa en niveles próximos a los de la excepcional temporada de 2018. Aquel año, el ECDC registró 1.548 infecciones adquiridas localmente en la Unión Europea y el Espacio Económico Europeo, además de 166 fallecimientos.
La comparación exige, no obstante, una precisión: los 1.482 casos publicados actualmente para 2026 incluyen también países europeos candidatos a la Unión Europea, por lo que ambas cifras no corresponden exactamente al mismo ámbito geográfico. La temporada continúa abierta y el ECDC advierte de que pueden notificarse nuevos casos durante las próximas semanas.
Una infección generalmente silenciosa, pero que puede ser grave
El número de infecciones diagnosticadas no es el único indicador que permite valorar el impacto de una temporada. La gravedad de los casos y la mortalidad constituyen también elementos fundamentales para interpretar la situación epidemiológica.
En 2018, además de las 1.548 infecciones locales comunicadas en la UE/EEE, el ECDC registró 166 fallecimientos.
Este año, el último informe europeo que ofrece un desglose de mortalidad, publicado el 9 de septiembre con datos hasta el día 3, contabilizaba 1.086 casos humanos adquiridos localmente y 61 fallecimientos en Europa. La letalidad entre los casos diagnosticados se situaba aproximadamente en el 6 %, por debajo de la media del 10 % observada durante la última década. El ECDC señala que los datos disponibles hasta esa fecha no indicaban una mayor gravedad de la enfermedad en 2026.
Son cifras todavía provisionales. No se conoce aún el desenlace clínico de todos los casos y pueden incorporarse nuevos fallecimientos a medida que avance la temporada. El organismo europeo recuerda además que la proporción observada de casos graves o mortales está condicionada por la sensibilidad de los sistemas de vigilancia. Una mayor capacidad para detectar infecciones menos graves, incluido el cribado de donantes de sangre en algunos países, puede ampliar el número de diagnósticos y modificar la proporción aparente de cuadros graves.
Por tanto, una menor letalidad registrada no implica que el virus haya dejado de tener relevancia sanitaria: los datos deben interpretarse junto con la capacidad diagnóstica, las características de las personas afectadas y el grado de circulación del virus.

Septiembre y octubre siguen contando
El Plan Nacional de Prevención, Vigilancia y Control de las Enfermedades Transmitidas por Vectores establece una respuesta escalonada frente al virus del Nilo Occidental en función de la detección del virus en mosquitos, animales o personas. El modelo integra vigilancia epidemiológica y entomológica, sanidad animal, gestión del vector, sanidad ambiental y comunicación desde una perspectiva One Health.
En el caso del virus del Nilo Occidental, los principales vectores pertenecen al género Culex. En España tienen especial relevancia Culex pipiens y, en determinadas áreas, Culex perexiguus y Culex modestus. Conocer qué especies están presentes, en qué abundancia y si existe circulación viral resulta esencial para ajustar las medidas a la situación real de cada territorio.
“El calendario no puede ser la única referencia para decidir cuándo termina la vigilancia. Si en septiembre y octubre se mantienen temperaturas favorables, existen poblaciones activas de Culex o hay indicios de circulación viral, hay que seguir obteniendo información y adaptar la respuesta a lo que ocurre realmente en cada territorio. Además, una mayor detección de casos no debe interpretarse de forma aislada: hay que analizar también su gravedad, la mortalidad y la capacidad de los sistemas de vigilancia para identificar infecciones que anteriormente podían pasar inadvertidas. El objetivo no es generar alarma, sino anticiparse mediante vigilancia, control y comunicación”, explica Rubén Bueno, Director Técnico de Lokímica.
La evidencia científica apunta además a que la actividad de los vectores no desaparece necesariamente con la llegada de los primeros meses fríos.
Un estudio de investigadores de la Estación Biológica de Doñana-CSIC y CIBERESP publicado en Science of the Total Environment analizó durante tres inviernos consecutivos la actividad de los principales mosquitos vectores del virus del Nilo en un área del sur de España afectada anteriormente por brotes.
Entre noviembre y marzo de 2021 a 2024 se capturaron 1.145 mosquitos, principalmente Culex pipiens, Culex theileri y Culex perexiguus. Los investigadores encontraron ejemplares con ingestas recientes de sangre durante todo el invierno y observaron una asociación positiva entre temperaturas máximas medias más elevadas y una mayor abundancia de Culex pipiens y Culex perexiguus.
El estudio no demuestra que exista transmisión del virus durante todo el invierno —no se detectó el patógeno en las muestras analizadas—, pero sus resultados respaldan la conveniencia de mantener una vigilancia específica en determinadas zonas endémicas y muestran que la actividad de algunos vectores puede extenderse más allá de los meses tradicionalmente asociados al mosquito.
El calor no actúa solo
La temperatura es una pieza importante, pero no la única. Las precipitaciones y la disponibilidad de agua pueden modificar los lugares disponibles para el desarrollo de las larvas, mientras que el tipo de hábitat, la gestión del agua, la abundancia de aves, las especies de mosquitos presentes y la circulación previa del virus forman parte de una ecuación que puede variar considerablemente entre territorios.
Por ello, no existe una relación automática entre un otoño cálido y un aumento de enfermedades transmitidas por mosquitos. Las temperaturas favorables pueden contribuir a prolongar la actividad vectorial, pero por sí solas no permiten predecir un brote.
La vigilancia entomológica permite conocer qué está sucediendo sobre el terreno mediante la captura de mosquitos, la identificación de especies y, cuando corresponde, su análisis para detectar la presencia del virus.
Desde 2025, España dispone además de un protocolo específico de vigilancia entomo-virológica frente al virus del Nilo Occidental, elaborado por la Estación Biológica de Doñana-CSIC y el Centro Nacional de Microbiología del Instituto de Salud Carlos III. El documento recoge procedimientos para la localización de trampas, captura e identificación de mosquitos Culex, conservación de muestras y análisis molecular para detectar el virus.
Qué cambia para administraciones y ciudadanía
El escenario actual refuerza la necesidad de abandonar una visión exclusivamente estacional del control de vectores. Los programas de vigilancia deben poder adaptarse a lo que muestran las temperaturas, las lluvias, las capturas de mosquitos y los indicadores epidemiológicos, manteniendo o intensificando las actuaciones cuando el nivel de riesgo lo justifique.
La respuesta tampoco consiste únicamente en realizar tratamientos frente a mosquitos adultos. La gestión integrada prioriza la vigilancia, la localización y reducción de focos de cría, el control de las fases larvarias cuando está indicado, el seguimiento de las poblaciones y una respuesta rápida ante cambios en el nivel de riesgo. En aquellos territorios donde existe circulación del virus del Nilo Occidental, estas medidas deben acompañarse de una información clara a la ciudadanía.
Para la población, las recomendaciones siguen siendo sencillas: evitar pequeñas acumulaciones de agua en patios, jardines y terrazas; mantener adecuadamente piscinas y depósitos; utilizar mosquiteras cuando sea posible y emplear repelentes autorizados siguiendo siempre las indicaciones del fabricante.
El verano meteorológico ha terminado. La temporada de vigilancia, en cambio, la determinan la actividad de los mosquitos, las condiciones ambientales y los datos epidemiológicos y entomológicos disponibles. En un año marcado por temperaturas sin precedentes y una circulación intensa del virus del Nilo en Europa, septiembre y octubre siguen formando parte de la ecuación.