Terapia vecinal

Opinión

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VALS PARA HORMIGAS
Publicado: 21/10/2026 · 06:00
Actualizado: 21/10/2026 · 06:00
  • La desembocadura del Barranco de las Ovejas de Alicante, en imagen de archivo.
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Empiezo la semana como el tiempo. Tan triste como enfurecido. Afortunadamente, los efectos de mi estado de ánimo no generan más caos que el de mi propia confusión, como escribió Jack Kerouac. Y, afortunadamente también, coinciden con la invitación a una mesa de debate coordinada el pasado lunes en la SEU de Alicante por José Ramón Navarro Vera y Jorge Olcina y perpetrada por Lorenzo Pérez, presidente de la Federación de Asociaciones Vecinales del Sur de Alicante. Allí, tres colectivos tuvimos ocasión de sacar a relucir nuestras miserias: los activistas vecinales, los periodistas y, de manera un tanto tangencial, los políticos. Lo que Carlos Arcaya, jefe de contenidos de la SER en Alicante, describió con tino como una terapia colectiva. Freud dándose de cabezazos contra el muro de las administraciones. Woody Allen tratando de conseguir una cita online con un concejal desde su diván neoyorquino. Kafka convertido en un autor costumbrista. 

La raíz del encuentro germinó en la figura del periodista Rafael González Aguilar, un histórico de la edición alicantina de La Verdad. Su hijo, el escritor Rafael Balanzá, recordó su figura y su trabajo durante el franquismo y la transición. Su conocimiento de la legislación. Su toma de partido por el bando de los ciudadanos de a pie. El desarrollo de una trayectoria encorsetada entre los límites de la honradez profesional, que suelen ser estrechos. Después intervinimos algunos de sus herederos, Pepe López Marín, Arcaya, Carolina Pascual y un servidor. Y todos confluimos en un mismo punto, como la perspectiva que nos enseñaban en clases de Dibujo. El oficio está hecho unos zorros, al movimiento vecinal le urge sangre fresca y Alicante sigue siendo esa ciudad funcionarial, como Bonn antes de la Perestroika, en la que es tan imposible acceder a un despacho del Ayuntamiento como a una vivienda en propiedad o de alquiler entre el traqueteo de las maletas de los turistas, como en Berlín después de la Perestroika.  

Cundió el desánimo, desde luego. Principalmente, porque, según contaron representantes de los distintos colectivos, el PP local está empeñado en fortalecer su desvinculación ciudadana, sinónimo de participación con el que me acabo de topar en la RAE. No les escuchan, no les hacen caso, no les dan más oportunidad de intervenir que tras las políticas de hechos consumados, como en el Parque Central o la Variante de Torrellano. Es decir, cuando las huestes de Barcala, las autonómicas o las estatales, que también se llevaron lo suyo, les enseñan lo que han diseñado sin haberles pedido opinión ni haber tenido en cuenta sus deseos y necesidades. Por fortuna, tres desalientos son capaces de generar un aliento. Y también cundió la esperanza, desde luego. El evento sirvió para recordarnos, a vecinos, periodistas y parte de la oposición –allí se encontraba la plana mayor de Compromís- que con tres patas ya se puede estabilizar un taburete. Los tres colectivos nos nutrimos unos a otros y somos capaces de alimentarnos de pequeños logros, que generan otros pequeños logros y otros pequeños logros. Y que, en lontananza, se ve la llegada de nuevas generaciones locas por incordiar, aunque no hayan oído jamás a Rosendo. En un clima social triste y enfurecido, como el climático, los altos cargos van a seguir necesitando paraguas, botas de agua y escobas para achicar el lodo. 

 

@Faroimpostor 

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