La playa sirve para que los que no sabemos dibujar distribuyamos marcos entre lo que nos rodea. Esta tarde, detrás de una pareja del Este que ha confundido la cerveza con el aire salado, unas adolescentes sacan un balón como el que no sabe que se está jugando un mundial. Una de ellas, morena con la melena recogida en una coleta, demuestra su dominio de la pelota con solo un chut. La otra, teñida de un rubio oscuro desmadejado, juega por el mero placer de compartir tiempo y roces con su amiga. Que levante la mano quien no ha hecho lo mismo alguna vez. Una señora que aprovecha los últimos rayos de sol las mira desde su tumbona y parece alegrarse de que los tiempos hayan cambiado. Un señor maduro con sombrero se desplaza unos pasos hacia el sur para evitar la sombra de los edificios más cercanos. Lejos del sol hace fresco.
Unas niñas buscan en el agua unas gafas rosas de natación que han perdido. Las acaba encontrando un niño que se ha metido a nadar con una camiseta de Spiderman. Cuesta encontrar el lugar exacto en el que se deja de hacer pie, así que la orilla hierve repleta de familias, de colchonetas hinchables en las que cerrar los ojos, de gente mayor que aprovecha para ejercitar en el mar una prótesis de rodilla que aún le da algún que otro quebradero de cabeza en tierra firme. En algún punto cercano del fondo arenoso se dejan descubrir los restos de un bote pesquero que no supo defenderse de una tormenta. El último explorador marca el emplazamiento del tesoro. Un pequeño juega con su padre a levantar castillos de arena en la orilla; varias galaxias más allá, otro hace lo mismo, pero con la cara de quien elegirá en algún momento ser Rimbaud y aún no lo sabe. Dos jóvenes escapan del atardecer bajo una pequeña tienda de campaña. Una de ellas va vestida de Sherezade y la otra dormita como un sultán.
Se acerca la hora de la merienda para las palomas, los gorriones y un surtido variado de gaviotas. A estas horas, son las únicas a las que les quedan fuerzas y ganas de gritar. Un polluelo de gaviota, enorme, pero aún con su plumaje salpicado de marrón, parece jugar, aprender y comer al mismo tiempo. Algo se le ha enganchado en una pata, las únicas basuras posibles son humanas, pero es mejor no acercarse para evitar la ira de sus padres. Los espacios que antes ocupaban las familias van dejando huecos en la arena idénticos a las marcas que dejan los cuadros descolgados en las paredes. Un muchacho de facciones magrebíes esboza en un cuaderno el trazado viario de una mina de sal que concluye poco antes del horizonte. Un hombre con gafas y barba lee un libro voluminoso y alguien bromea con que parece un predicador. La tarde se va acabando con la prisa de todos los atardeceres, que siempre corren a última hora a esconderse tras las laderas. Una madre joven, con bikini rojo, un vestido ligero de ganchillo blanco y la mirada de quien todavía tiene mucho por aprender acarrea a su bebé en un carrito diseñado como una vagoneta. El reloj de las sombras ya marca la hora del relevo nocturno. La playa es ese lugar lleno de asombros para los que no sentimos nostalgia.