Solo es fútbol, estúpido

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Publicado: 24/07/2026 · 06:00
Actualizado: 24/07/2026 · 06:00
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El triunfo de España en la Copa del Mundo ha disparado el número de oportunistas que han aprovechado el hito para realizar su particular lectura política. Proliferan las más variopintas interpretaciones que pretenden trasladar el éxito futbolístico al modelo de país que cada cual tiene en su cabeza. Despojados de toda pasión, es pertinente versionar la célebre frase con la que James Carville, asesor de Bill Clinton, impulsó al candidato democráta hasta la Casa Blanca en la campaña de 1992: Es la economía, estúpido.

La consecución de la Copa del Mundo es, para algunos analistas, un ejemplo de la unidad que echan en falta en España. Repiten lugares comunes como que unidos somos más fuertes o que, como país, somos imparables cuando perseguimos un objetivo compartido. Esta interpretación bebe del ideario conservador, que añade a ese discurso una exaltación del trabajo, el esfuerzo y la competitividad como vías para alcanzar el éxito.

Para otros, en cambio, la victoria de España demuestra que la diversidad del país constituye la verdadera clave del triunfo: diversidad territorial, social, económica, étnica y religiosa. Una España diversa, heterogénea y plural; en definitiva, plenamente democrática. Esta visión encuentra mayor eco entre los sectores progresistas. No en vano la idea de la España plural cobró fuerza durante el primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Siguiendo el símil futbolístico, estas visiones partidistas —y reduccionistas— sirven tanto para defender posiciones propias como para atacar al adversario. Unos acusan a otros de querer romper España; los otros reprochan a los primeros resucitar el viejo lema franquista de “una, grande y libre”. Los primeros, hablemos claro, miran con suspicacia a Lamine Yamal. Los segundos hacen lo propio con el españolísimo y creyente Luis de la Fuente.

Incluso la final del campeonato ha sido objeto de lecturas políticas. Para unos, la ejemplar España —único país europeo con la izquierda radical en el Gobierno— frente a la pendenciera Argentina, cuyo comportamiento sobre el terreno de juego parecería explicar el respaldo electoral a la ultraderecha. Desde otra perspectiva, la España presentada como abierta, moderna y europeizada se enfrentaba a una Argentina a la que ese mismo relato situaba aún lejos de los estándares occidentales. La xenofobia subyace, curiosamente, en ambas interpretaciones.

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Entre tanta lectura interesada —en la que, con solo rascar un poco, siempre aparece el enfrentamiento— se pierde de vista el verdadero referente: veintiséis chavales multimillonarios con una capacidad extraordinaria para jugar al fútbol y, al mismo tiempo, con notorias dificultades para articular un discurso mínimamente coherente ante decenas de miles de aficionados. Insisto: atribuirles una significación política no deja de ser una forma de instrumentalizar un acontecimiento extraordinario para reforzar las propias convicciones.

Resulta irracional pensar que las hazañas de un puñado de futbolistas puedan convertirse en el espejo en el que deba mirarse todo un país. Como si, siguiendo su ejemplo, pudiéramos aspirar a ser campeones en cualquier ámbito. O reyes del mundo, según proclamaba el autobús que recorrió Madrid. Reyes de una jerarquía internacional imaginaria en la que Estados Unidos apenas sería un participante más y China ni siquiera figuraría, como suele recordar el periodista británico Simon Kuper.

Sin embargo, el triunfo en la Copa del Mundo sí permite una interesante lectura sociológica. La primera tiene que ver con el deporte —y especialmente con el fútbol— como uno de los grandes bastiones del sentimiento nacional. Decía Eduardo Galeano que el fútbol es “un ritual de sublimación de la guerra”. Cuesta imaginar otro ámbito en el que miles de ciudadanos se pinten la cara, ondeen banderas y entonen cánticos combativos o, simplemente, un ¡Viva España! En muchos otros contextos, esos mismos gestos serían inmediatamente etiquetados de fascistas.

El éxito, como la felicidad o la ilusión, une. Durante unos días, esos sentimientos se condensan bajo una misma bandera gracias a veintiséis futbolistas. Su triunfo despierta emociones, que son el verdadero combustible que mueve el mundo. Para unos, un sentimiento de pertenencia al país y, por tanto, el orgullo de ser español. Para otros, el deseo de formar parte del bando vencedor, como el niño que cambia de equipo porque lo único que quiere es ganar. No le faltaba razón a Serrat cuando decía que el fútbol contenía la infancia.

En definitiva, lo trascendente de esta victoria no son los supuestos modelos de país que proyecta ni los valores que algunos atribuyen a la selección. Lo verdaderamente relevante es que nos ha hecho felices. Porque a todos nos gusta sentirnos los mejores y presumir de nuestras excelencias. A fin de cuentas, todo es mucho más elemental que cualquier rocambolesca interpretación. Al fin y al cabo, esto solo es fútbol, estúpido.

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