Hubo un tiempo no tan lejano -y haréis bien en creerme- en el que Alicante no necesitaba reivindicarse porque se mostraba como una evidencia deslumbrante a los ojos de los demás, sin plásticos, dopaje ni espejitos brillantes.
Antes de que el fatalismo se convirtiera en marchamo del carácter local y de que la decepción colectiva campara a sus anchas en este territorio que no conoció nunca el término medio, este rincón de fenicios era contemplado con esa mezcla tan española de admiración y prevención que siempre despiertan los lugares donde parece que las cosas funcionan con una naturalidad sospechosa. Éramos la novia en la boda, una California sin americanos, y no tanto por lo que contábamos de nosotros como por lo que los demás suponían que éramos capaces de hacer y conseguir, con la misma facilidad con la que el viento de Levante refresca una terraza frente al mar.
Hablo del tiempo -ya vencido- de ese Levante Feliz que ahora nos afean los columnistas medianos, esa patria chica donde la economía, el dinero y la alegría de vivir parecían fluir y enredarse con la misma naturalidad con que la luz del verano lo tiñe todo de un color reconocible y donde la vida transcurría bajo la despreocupación luminosa de un cuadro de Sorolla. Una tierra habitada, de lunes a viernes, por gentes razonablemente trabajadoras y disciplinadamente emprendedoras, por seres hospitalarios y generosos, extravagantes en su manera de celebrar y de estar en el mundo pero a los que resultaba fácil perdonarles sus petardos, sus monumentos ardiendo, el limón en el café con hielo que no soporta -ay- mi amigo Guillermo C., o haber alumbrado esa estirpe rumbosa de líderes públicos, los faraones crecientemente arrogantes y pintorescos a los que luego supimos que el espejo de Dorian Gray se les rompió en mil pedazos.
Fueron esos años en los que tu fontanero se hacía millonario y en los que un encofrador normalito ya iba por su segundo Cayenne. Aquí uno venía a hacerse un arrocito sin preocupaciones, a pillar color, a cerrar un negocio con dos abrazos o a comprarse, en una sobremesa larga, un apartamento sobre plano con la sensación confortable de que las cosas eran, de algún modo, más sencillas, más rentables y disfrutonas. Y llegamos a pensar que aquella felicidad expansiva y ruidosa, que aquel modo fecundo y acometedor de abrazar la vida era una ley física tan estable como el ciclo de las olas o la feracidad de nuestros huertos de naranjos. Hasta que, de repente, dejó de serlo.
Cinco minutos antes de que empezaran a sonar las alarmas desembarcó la épica con todo su aparato y su ruido de cachivaches, esa necesidad impostada de trascender y competir, de exhibir músculo y cartera, de deslumbrar y disputar liderazgos territoriales y capitalidades, de acoger acontecimientos irrepetibles y proyectos destinados a cambiar para siempre nuestra posición en el mundo, agarrados como íbamos al cuello de un potro alazán nutrido de quimeras por el imprudente entusiasmo institucional que aquellos gobiernos regionales ponían en todo lo que hacían.
Muchos sumarios judiciales después supimos que lo que inicialmente pareció una consecuencia natural de aquella prosperidad, un pacto tácito por el espectáculo entre pueblo y gobernantes pronto terminó alumbrando una fauna local singularísima, personajes tan dotados para la propaganda como temerarios para la gestión, cuya ambición desmedida acabaría saltando de las inauguraciones y los grandes eventos a las Audiencias Provinciales.
A aquellos años de champán, gambas y aprovechados sin fondo siguieron los del crack reputacional y la fama ensuciada, la década de plomo institucional y la interesada explotación -por ajenos y por propios- de un relato que reducía esta tierra alicantina a la caricatura de una isla mediterránea plagada de filibusteros, a un parque temático de la picaresca donde la prosperidad ya no podría ser consecuencia del trabajo, del comercio o de la iniciativa empresarial, sino un subproducto de la trampa y un modo de hacer las cosas importado desde la provincia de Corleone.
Y, como sucede siempre después de los excesos, pronto llegaron los predicadores y los regeneracionistas inmaculados.
Y despertaron y agitaron los guardianes locales de las esencias, los soñadores de patrias pequeñitas y los fabricantes de agravios, los que hablaban de "las Comarcas del Sur" y otras hierbas aromáticas, convencidos de que todo aquello que nos pasaba por aquí, era, en fin, un castigo merecido, una pena alicantinísima en la que la permanente expiación colectiva habría de representar una forma superior de inteligencia política y social. Así, lo que comenzó como una reflexión sobre la glucosa del exceso y el empacho de la épica terminó degenerando, rápidamente, en una cómoda deriva ideológica convenientemente desviada hacia los huertos electorales de la intelligentsia denunciante y, a la vez, en una liturgia del austericidio y la contrición, construidas desde la empalizada del tenemos lo que nos lo merecemos, el Madrid nos roba, y todas esas consignas que tan bien dan a cámara en una camiseta en Les Corts y en las barras libres de las Diadas.
Y con esa caída estrepitosa vino también el desamparo y el síndrome de abstinencia colectivo, la necesidad de regresar de manera discreta al trabajo y a la disciplina, la hora de sostener a las empresas y a sus trabajadores, de refugiarse en el orden y la sobriedad, la obligación de ensanchar la espalda sin descubrir el pecho y la coherencia de hacer como provincia lo que sabíamos, desprendidos ya de toda épica y maquillaje.
Y en ese preciso momento llegó, también, la hora del cuestionamiento de los modelos y los rumbos, las grandes preguntas sobre el presente y el futuro del territorio, el tiempo en el que algunos empezaron a mirar con cierto desdén la economía que nos daba de comer, a hacer de menos al turismo y el ocio, a criticar la actividad industrial especializada y la construcción, como si fabricar y exportar componentes industriales y desarrollar una potente logística fuera incompatible con la promoción de viviendas, llenar hoteles o hacer feliz a la gente mientras el PIB crecía, incapaces de inventar la rueda por segunda vez.
Como no hay un tránsito natural desde la economía del montadito a la de los semiconductores, ni nadie ha logrado pasar del forjado y las heladerías al silicio por decreto -por más que nos hayamos desfondado últimamente persiguiendo estas quimeras- pronto empezamos a escuchar a los expertos más coherentes afirmar que las economías serias no sustituyen unas fortalezas por otras, sino que evolucionan y se diversifican conscientemente sobre ellas, y que más que nuevos yacimientos económicos a golpe de brujulazo, nuestras empresas necesitaban tamaño, innovación y especialización, ergo, más productividad.
Y fue en este momento de lucidez colectiva cuando empezó a hacerse visible una realidad menos aparatosa que los grandes diagnósticos y bastante más persistente que las recomendaciones doctrinales, un lunar que crecía discreto en nuestro vientre, disuelta la épica y los artefactos. Y fue entonces cuando empezamos a mirar a los dineros, y a preguntarnos cómo podía una de las provincias más dinámicas de España crecer sistemáticamente con menos recursos públicos de los que objetivamente le correspondían, como obstinados en sobrevivir, en producir bastante más de lo que luego recibíamos, teníamos que resignarnos a merecer una financiación insuficiente y unas inversiones públicas que nunca, desde Primo de Rivera hasta hoy, han acompañado nuestro peso económico y demográfico en el país.
Inspirándonos en las formas de hacer de otros territorios que siempre han tirado de reivindicaciones históricas, genealogías heroicas y complejas arquitecturas sentimentales sobre las que sostener su relato, hemos caído, no pocas veces, en la tentación de acabar enredados en un juego autorreferencial y en la mueca del agravio colectivo, marcos interpretativos tan seductores como incapacitantes para la acción, y de los que -por alguna razón- nos cuesta tanto salir sin renunciar al papel de ciudadanos sollozantes y tolerantes con esa dieta magra y desgrasada que desde las capitales y los centralismos territoriales en escala se nos administraba.
Por eso, los más audaces aquí, -de los Ineca de ahora a otras personas de fuera que bien nos quieren- huyendo de esa epidemia de melancolía, y asumiendo que la infrafinanciación endémica no es sólo una anomalía presupuestaria sino una escuela del carácter provincial, han empezado a moverse y organizarse, a buscar respuestas y soluciones sin perder esa desconfianza instintiva hacia los dogmas y el poder, ni la localísima cautela frente a los redentores y los salvapatrias, sabedores de que las explicaciones, los datos y la constancia resultan ya más útiles que los manifiestos, los pleitos de honor o el capricho de permitirnos el lujo de vivir de por encima de nuestras posibilidades.
Y porque la escasez acaba moldeando las instituciones igual que ahorma a las personas, y puesto que tener razón nunca ha garantizado que a uno le hagan caso, Alicante empieza por fin a comprender que su verdadero problema no ha sido sólo recibir menos recursos de los que le correspondían, sino haber dedicado poco esfuerzo a hacerse notar e influir allí donde esos recursos se deciden. Curada de espanto y cifras, nuestra provincia empieza a entender que los territorios no solo compiten por inversiones, sino también por la atención, la agenda pública, el liderazgo coral y por esa capacidad de influir y fijar prioridades, recuperando el privilegio de sentarse en las mesas decisorias donde se escribe el orden del día antes de que empiece la reunión, y en las que cualquier esfuerzo y ayuda son imprescindibles.
Refractaria ya a la lógica de las epopeyas, la provincia de Alicante está aprendiendo a vivir sin héroes ni paladines, a buscar y encontrar el tiempo para pensar y programar, a organizarse para tener voz en los debates, a pedir más de los políticos y las instituciones, a cuidar los mensajes y las explicaciones, a practicar y gestionar de manera profesional y organizada la influencia, a construir complicidades, diplomacia territorial y redes exteriores y a colocar los asuntos propios en las agendas públicas, evitando ceder, a otras instancias y personajes menos inocentes, el trabajo de definir el marco desde el que se interpretan nuestros problemas y sus soluciones.
Tal vez por eso, nuestra tierra necesite ahora también reconocerse en la escuela del posibilismo, en la verba y la doctrina aplicada del alicantinísimo Eleuterio Maisonnave y esa tradición liberal que entendió que el progreso no consistía en esperar un golpe de fortuna, que se podía seguir trabajando con coherencia mientras se buscaba ampliar obstinadamente el perímetro de lo posible, construyendo influencia antes que victimismo, fortalezas antes que gestos y estrategias y alianzas mejor que titulares, dramas y frentismo.
Vivir sin épica ni héroes, pero con ambición serena de volver a ocupar el lugar que nos corresponde. No parece una mala tradición para empezar de nuevo.