Polarización mundialista

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LA OPINIÓN PUBLICADA
Publicado: 18/07/2026 · 06:00
Actualizado: 18/07/2026 · 06:00
  • Aficionados a la selección española de fútbol.
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La selección española de fútbol ha conseguido el hito de llegar a la final de un Mundial, por segunda vez en su historia. Y esta vez le ha tocado jugarse el campeonato contra la vigente campeona, Argentina. Una selección con la que prácticamente no se ha cruzado nunca en la historia de los Mundiales. Un país con muchos vínculos con España, no sólo por el idioma, la cultura o la historia, sino también por los flujos de inmigración en sendas direcciones: primero, en los siglos XIX y XX, hacia Argentina; y más recientemente, hacia España, como cualquier ciudadano de Valencia pudo constatar escuchando las celebraciones de la comunidad argentina cuando su selección alcanzó la final del Mundial en la noche del miércoles.

  • Pedro Porro tras la victoria en la semifinal del Mundial 2026 frente a Francia. 

Como es lógico, dados estos antecedentes, Argentina es un país que tradicionalmente “cae bien” en España, un país cercano y con cuyos ciudadanos hay buena relación. Y eso se filtra a todos los ámbitos, también al fútbol. De hecho, históricamente, dado el patetismo en los Mundiales inherente a la Selección Española de Fútbol anterior a 2010 y su frontera de los cuartos de final (frontera que, hay que aclarar, no era lo habitual, sino lo más lejos que se lograba llegar, salvo el lejano antecedente de 1950), Argentina era a veces el “segundo país” de la afición española, una vez el nuestro hacía el ridículo, y se seguía con interés su devenir en los Mundiales. Así fue, sin duda, en los años 80 y 90, en la edad dorada de Diego Armando Maradona, sobre todo en el Mundial del 86 (cuando la Argentina de Maradona se vengó de Bélgica, verdugo en cuartos de final de una de las mejores Españas previas a 2010). Y también después, especialmente en los Mundiales posteriores a la victoria española de 2010, en los que Argentina jugó dos finales y ganó una mientras España parecía volver por sus fueros.

Particularmente seguido en esas últimas actuaciones de la selección argentina era su capitán, Leo Messi, y no sólo por su calidad, sino por su vinculación con el FC Barcelona. Todo confluyó en el absurdo Mundial de Qatar de 2022, un Mundial disputado en invierno en estadios con aire acondicionado que ganó Argentina, con el apoyo de la mayoría del público español frente a la histórica némesis española desde la derrota en la Eurocopa de 1984: Francia.

Cuatro años después, Argentina se ha convertido en un rival casi universalmente odiado en todo el mundo, y ha dejado de ser un “equipo simpático” en España. Algo que llama mucho la atención por la rapidez con la que se ha producido el giro, y que creo que obedece a un cúmulo de circunstancias. La primera, fundamentalmente, que es evidente que en este Mundial Argentina ha tenido un cuadro bastante fácil, enfrentándose a equipos asequibles hasta las semifinales (y viendo lo que hizo Inglaterra en la semifinal, me permitiré añadir: ¡especialmente asequibles en semifinales!). Hay quien ha visto ahí una manipulación de la FIFA, dados los evidentes vínculos de Gianni Infantino con la federación argentina de fútbol (vínculos que, si me permiten, a la vista de los antecedentes de ambas partes, no están exentos de toda sombra de duda al respecto de su acrisolada honradez).

  • Imagen del enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra en la semifinal del Mundial 2026. 

A mí me parece que las circunstancias del torneo les han beneficiado y es absurdo hablar de manipulación. En cambio, no lo es tanto destacar el favoritismo arbitral que ha recibido Argentina en algunos partidos de este Mundial, particularmente claro en el caso de Egipto. Un favoritismo consistente en no hacer nada para cortar el juego marrullero de Argentina mientras se anulaban goles perfectamente legales o se expulsaba a jugadores contrarios a las primeras de cambio. Esta dinámica arbitral se ha repetido partido tras partido, con mayor o menor intensidad, pero siempre en la misma dirección, y mucha gente ha podido verlo.

Además, a ello se ha sumado la dinámica de polarización que generan las redes sociales en un acontecimiento que es un festival del nacionalismo más absurdo, como es un Mundial. Desde que comenzó el Mundial, han saltado a la fama del fango de las redes sociales una serie de insólitos personajes cuyo propósito es excitar las bajas pasiones de su audiencia contra los rivales con los que les tocaba jugar. Y ahora hemos llegado al éxtasis de esa situación, con la final España – Argentina del domingo, que está generando más y más mensajes y vídeos virales para asentar en la mente del público que nada hay más despreciable que los seguidores de la nación contraria.

  • Aficionados de la selección argentina durante la semifinal. 

Pocas noticias más eficaces, al respecto, que los vídeos que mostraban a los argentinos residentes en Madrid celebrando en la Plaza Mayor la victoria de Argentina mientras coreaban cosas como que “España tiene miedo”, “español el que no bote”, etc. Una actuación que, como cabe suponer, no ha sido muy bien recibida por parte de la afición española.

Convendría, sin duda, desdramatizar. Las redes sociales y el éxtasis patriotero de un Mundial, combinados, son el caldo de cultivo ideal para generar potentes dinámicas de polarización que pueden sacar lo peor de nosotros al mostrarnos lo peor de los otros. Pero estas dinámicas -afortunadamente- no se corresponden con la realidad, siempre más compleja, y más apacible, de lo que parece si nos fijamos en los peores individuos de una sociedad intentando captar nuestra atención a base de basura discursiva

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