Alcoy tiene una formidable capacidad para convertir su pasado en espectáculo. Lo difícil parece ser conservarlo. Pocos lugares hay en los que se recree tanto la memoria del pasado a la vez que se dejan caer sus restos en el presente.
Solo hay que echar un vistazo al castillo de Barxell, fortaleza del siglo XII declarada Bien de Interés Cultural, y comprobar cómo avanza su deterioro. La misma ciudad que cada primavera monta un castillo de madera para rememorar la Edad Media permite que se deteriore la única fortaleza medieval que queda en su término municipal. Y la paradoja se hace todavía mayor: a diferencia de lo que sucedía hace unos años, ya nadie reivindica que Alcoy actúe para salvar el castillo. Mientras, la fortaleza sigue en manos privadas, y la escasa inversión realizada apenas ha retrasado la degradación del edificio.
La contradicción se repite dentro del propio casco urbano. La más flagrante, sin duda, es la reticencia del Ayuntamiento a formar parte de la fundación creada para hacer visitable la Casa del Pavo, una de las joyas de la arquitectura modernista alcoyana. El consistorio mira hacia otro lado ante una iniciativa cívica para recuperar un inmueble icónico mientras se enfunda el traje de principios del siglo XX para celebrar la Semana Modernista. La fiesta vuelve a ganar a la realidad.
Esta paradoja se mantiene pese a los ejemplos de éxito que ha tenido la recuperación de patrimonio en la ciudad. El caso más significativo es el de los antiguos edificios industriales de Ferrándiz y Carbonell, actual sede del campus de la Universidad Politécnica de Valencia. Hay otros ejemplos, a la espera de que la manzana de Rodes pueda unirse a ellos como caso de éxito.
La misma contradicción aparece cuando el patrimonio deja de ser una fachada y se convierte en paisaje. La ciudad está patas arriba estas últimas semanas a consecuencia de los informes que alertan de la posible afección de nuevo suelo industrial sobre los terrenos colindantes a la Font Roja. Al tiempo, el corazón del parque natural agoniza ante la aparente desidia de la administración: el paraje carece de servicios, está limitado por restricciones de acceso y los antiguos chalés que quedan languidecen en estado de ruinas.
Estos ejemplos demuestran que, a la hora de la verdad, Alcoy prefiere la fiesta al trabajo. Opta por el disfrute antes que por ofrecer soluciones a sus problemas reales, tan antiguos que amenazan con convertirse ya en patrimonio histórico. La ciudad se afana en crear aquellos paraísos artificiales que cantaba Baudelaire.
El problema es que un decorado puede reproducir el pasado durante unos días. Una ruina, en cambio, muestra la realidad durante todo el año.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor.