Si existe algo peor que ser un náufrago es, sin duda, navegar sin rumbo. No saber para qué, por qué ni hacia dónde se navega dibuja un escenario peligroso. A esa situación se aproxima el conjunto de ciudades medias del interior de las comarcas centrales valencianas ante la sorprendente pasividad de sus autoridades, del Gobierno autonómico y, lo que resulta más preocupante, de buena parte de la sociedad. Los discursos grandilocuentes, repletos de lugares comunes, ocultan la ausencia de iniciativas capaces de aprovechar el potencial que atesora este territorio y frenar una deriva sobre la que ya alertan algunos indicadores.
Ante la fuerza que ejercen los dos grandes núcleos urbanos de la Comunitat Valenciana —Valencia y Alicante-Elche—, las comarcas centrales apenas disponen de dos salidas. La primera, ya apuntada en esta columna, pasa por la reindustrialización del territorio con el objetivo de convertir el eje Xàtiva-Ibi en uno de los grandes espacios industriales valencianos. Sin embargo, a la vista del creciente ruido de una parte de la sociedad, especialista —a través de los “salvem”— en demonizar al empresariado, abominar del desarrollismo y erigirse en supuesta salvadora de un desierto en el que acabará por no vivir nadie, convendría analizar una segunda opción.
Esa alternativa consiste en integrar estas ciudades en las grandes áreas metropolitanas valencianas. El concepto de área metropolitana lleva sobre la mesa de expertos e investigadores desde los años treinta del siglo pasado. Define una gran aglomeración urbana compuesta por una ciudad central —la metrópoli— y una serie de municipios vinculados funcionalmente, que comparten dinámicas económicas, sociales, demográficas y territoriales. En resumen: engancharse a una gran locomotora capaz de ofrecer rumbo, destino y velocidad.
Se trata de un modelo distinto al de subsistir exclusivamente por medios propios, aunque también persigue una mayor vertebración valenciana. Permitiría rebajar la presión sobre el precio de la vivienda al hacer atractivos municipios con costes residenciales más bajos que los de las grandes capitales. También ayudaría a atraer población a localidades que, en muchos casos, no solo crecen por debajo de la media valenciana, sino que directamente pierden habitantes. Un ejemplo: pese a las últimas subidas demográficas de las que tanto presume el gobierno local, Alcoy ha perdido un 7% de su población en los últimos cuarenta años.
¿Pueden las ciudades medias de las comarcas centrales asumir esa función? Sí, pero para ello necesitan un factor del que hoy carecen: infraestructuras de transporte modernas y eficientes. Integrarse en un área metropolitana exige disponer de conexiones fiables, rápidas y frecuentes, similares al TRAM de Alicante o al metro de Valencia.
Hoy, esa posibilidad se parece más a una quimera que a un verdadero proyecto de futuro. A excepción de Xàtiva, conectada por ferrocarril con Valencia y Alicante, el resto de las comarcas centrales apenas dispone de la vetusta línea Alcoy-Xàtiva. La remodelación actualmente en marcha apenas reducirá unos pocos minutos un trayecto que sigue rozando la hora y media entre ambas ciudades. Ni siquiera una inversión de 160 millones de euros logra ocultar otro problema estructural: la ubicación de estaciones como las de Cocentaina u Ontinyent, demasiado alejadas de los núcleos urbanos y convertidas, por tanto, en un obstáculo añadido para fomentar el uso del tren.
Integrarse en el área de influencia de una gran ciudad también implica riesgos evidentes. El principal es convertirse en ciudades dormitorio, un concepto que despierta no pocos temores. El modelo exclusivamente residencial reduce las posibilidades de generar empleo local, limita los servicios y vacía de actividad las calles durante buena parte del día. Además, la experiencia demuestra que los precios de la vivienda terminan disparándose en poco tiempo, diluyendo así su supuesta ventaja competitiva. En unas comarcas históricamente industriales, supondría también una progresiva pérdida de identidad.
Toda decisión implica riesgos. Pero al menos marca un rumbo. La inacción, en cambio, equivale a vagar sin objetivo alguno, limitándose a sobrevivir al margen de cualquier propósito compartido. Y ese sí es un peligro mayor. Ya lo escribió Gabriel García Márquez en Relato de un náufrago: “La razón comienza a embotarse cuando se pierde la noción del tiempo y del espacio”.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia