La dimisión de Óscar Puente ha provocado reacciones que, aunque previsibles, no dejan de resultar sorprendentes. De un lado, la satisfacción entre aquellos que creen haberse cobrado una buena pieza en la cacería del sanchismo. De otro, el incomprensible aplauso de quienes pretenden presentarla como un ejemplo de integridad política en un país donde el verbo es inconjugable. Resulta insólito que ni unos y otros, es decir, nadie, pongan el foco en el hecho de que el ya ex ministro haya acabado haciendo todo lo contrario de lo que prometió.
En las horas inmediatamente posteriores a la tragedia ferroviaria de Urda, Puente detalló por qué no dimitía. Literalmente dijo: “Lo fácil para mí es salir. Pero ni es eso lo que va con mi carácter ni tampoco es lo que el presidente del Gobierno me ha pedido (…) Voy a seguir adelante tratando de cumplir con mi deber, que en este caso es dar la cara, explicar, esclarecer y pensar en cómo mejorar el sistema, cómo ofrecerle confianza a la ciudadanía que quiere coger un tren y que quiere hacerlo con sensación de tranquilidad y de seguridad”.
Tras aquella primera declaración, apenas cinco días después, su razonamiento viró por completo durante su comparecencia ante la diputación permanente de la Cortes: “Un ministro de Transportes de un país como España no puede continuar en su cargo después de dos accidentes de esa gravedad en menos de un año, por muy distintos que sean, tenga o no responsabilidad directa en ellos. Es una cuestión de responsabilidad política, de decencia y de empatía con las víctimas”.
Este cambio de criterio solo se entiende desde una perspectiva electoral. Habida cuenta de la obsesión del equipo de Pedro Sánchez por controlar el relato, cabe pensar que la dimisión -casi en diferido- de Óscar Puente responde a una estrategia de campaña en la que, lejos de representar un lastre, se convierte en material de ataque al Partido Popular. En este punto de la ecuación entra en juego -y, por lo tanto, en campaña- el nombre de Carlos Mazón.
El PSOE va a confrontar la salida del ex ministro de la vida política con la presencia de Mazón en las Cortes Valencianas una vez que dimitió como presidente de la Generalitat. De hecho, ya han comenzado a hacerlo los medios afines al gobierno, siempre dispuestos a aferrarse a un clavo ardiendo antes que ofrecer un análisis objetivo y honesto de los escenarios que colocan al PSOE en situación crítica.
Los socialistas y sus altavoces advierten ventaja en este terreno. Una ventaja avalada por la incapacidad del PP para articular un discurso mínimamente coherente para argumentar por qué Mazón siguió al frente del Consell el año posterior a la Dana. Y por qué una persona que no no es apta para ejercer la Presidencia de la Generalitat sí lo es para seguir en la vida pública, representando, como diputado autonómico, a la misma sociedad que ha mostrado un amplio rechazo a su gestión de los trágicos acontecimientos de octubre de 2024.
La falta de explicaciones obliga a los populares a recurrir a circunloquios y a esbozar una sonrisa tan incómoda como reveladora al ser preguntados por la continuidad de Mazón. Eso le sucedió a Miguel Tellado ante las previsibles preguntas de La 1, empecinada en demostrar que con el PP también se producen tragedias. El “y tú más” encierra una conclusión mucho más incómoda: un “yo también”.
Con todo, lo verdaderamente importante ahora no debería ser Mazón, por incomprensible que resulte su permanencia en Les Corts. La clave en un país razonablemente normal debería ser por qué después de dos gravísimos accidentes ferroviarios en diez meses, el presidente del Gobierno no ha destituido al ministro responsable del servicio. Y cabría preguntarse, además, por qué Puente dimite ahora y no después de la catástrofe de Adamuz. ¿Qué diferencia hay entre el primer y el segundo accidente? Resulta sonrojante plantear que el primer accidente pudiera interpretarse como un aviso y que la respuesta llegara únicamente después del segundo.
Este razonamiento resulta tan poco convincente que refuerza la sospecha de que la dimisión responde, fundamentalmente, a intereses electorales. Puente puede haberse convertido en un estorbo para el PSOE, pero su salida también ofrece munición para explotar las contradicciones del PP en la gestión del caso Mazón. Tiene narices que, por una vez que la política valenciana puede marcar el rumbo de la política nacional, sea precisamente para mostrar lo peor de sí misma.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor