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VALS PARA HORMIGAS

Marilyn: reina de Instagram, víctima de Tiktok

Publicado: 03/06/2026 · 06:00
Actualizado: 03/06/2026 · 06:00
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Los niños de mi generación llegábamos a Marilyn Monroe enredados en los pliegues de su falda blanca y plisada revoleada por un respiradero del metro de Nueva York en La tentación vive arriba. Aún no éramos capaces de comprenderlo, hechizados por la sonrisa descomprimida y desinhibida de la actriz, por sus rizos rubios, por los muslos que quedaban al descubierto, pero aquella falda era una bandera de república independiente, de atolón tahitiano, de comuna pirata.

Marilyn y King Kong eran, sin duda, los mayores iconos del cine universal; luego supimos que también estaban emparejados por el desamor y un corazón rasgado a jirones. El niño que fui no supo interpretarlo, pero estaba ante su primer amor, tan efímero como todos los amores eternos. Pasado el flechazo inicial, uno acababa quedándose con la melena morena y la mirada enturbiada por las historias que aún tenían que llegar de Ava Gardner. Y era entonces cuando descubrías que ellas dos también compartían el mismo puzle: los hombres se acostaban con ambas no por el deseo, sino para contarlo.

La pasión daba paso al cariño. A Marilyn, a la Marilyn de los posters de mi habitación, nunca se la deja de saludar, como el que pregunta cómo estás a la primera chica a la que besó, cuando te la cruzas por la calle con su primer hijo, una bolsa con la compra del supermercado y una carrera de magisterio en el currículo. Comprendías por fin que Con faldas y a lo loco era una genialidad de Billy Wilder, rebuscabas entre la biografía un momento en el que pareciera haber sido feliz, te extasiabas con su interpretación en Vidas rebeldes y sostenías ante cualquiera, con sables cruzados al amanecer en un bosque de arces, si era necesario, que no había ni habrá nadie con la fotogenia de tu primer amor.

No eran sus papeles de rubia ingenua. No era el cumpleaños feliz de Mr. President. No eran sus vestidos, sus retoques, sus esfuerzos por cortar sus etiquetas. No era su voz susurrada ni su pupupidú, pooh pooh bee doo si la disfrutabas en versión original. Bastaba para explicar lo inexplicable aquella foto en la que aparece de espaldas en su camerino, maquillándose frente al espejo, sin peinar, con la falda arremolinada en torno a la cintura y la faja a la vista. No es fácil de encontrar, así que intento recordar si buscaba o no la cámara en el reflejo. Y aparece perfecta. Tan diosa como ella nunca quiso ser. En el centenario de Marilyn, uno imagina que habría sido la reina de Instagram. Indiscutible. Sin necesidad de filtros, sin maquillaje, sin pretenderlo. En la foto fija, no tenía rival. TikTok, en cambio, la habría devorado, con esa incomprensible saña con que los usuarios acribillan a quien no se siente seguro de sí mismo. Vuelve ahora el pellizco de mi última niñez, de la frontera con mi adolescencia. Y al adulto que soy le habría gustado despertarla con un susurro: Norma, se te enfría el café. Sin estar seguro de que fuera eso lo que ella necesitaba.

@Faroimpostor

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