En artículos anteriores he referido alguna anécdota de las primeras semanas de mis estudios universitarios en la Facultad de Económicas y Empresariales de la Universitat de Valencia, en los primeros años de la década de los 80 (¡del siglo pasado...!).
Y quiero referirme hoy a la primera clase de la asignatura de Estadística Económica (I), nada más comenzar el curso y, como digo, recién llegado a la Facultad.
Vivía ese primer curso en un Colegio Mayor, y los alumnos de los cursos superiores nos habían advertido a los novatos sobre dos materias especialmente duras en la carrera: la Estadística (había una asignatura en primero y otra en segundo de carrera), y la Econometría (una asignatura de cuarto). Además, a mi grupo le tocó el catedrático, con fama de profesor duro y chapado la antigua.
Con estos antecedentes me presenté en la primera clase, en un aula con gradas y capacidad para unas 300 personas, y donde durante las primeras semanas era fácil quedarse a más de 10 metros del profesor y de la pizarra, salvo que te presentaras en el aula con diez minutos de antelación sobre la hora de la clase.
Y es en este contexto donde recuerdo que el catedrático se presentó brevemente e inició la asignatura con la siguiente “definición” de Estadística: imagínense ustedes un país de dos habitantes, en el que uno de ellos cada día se come un pollo, y el otro habitante no come nada. La Estadística es la ciencia capaz de afirmar que, en ese país, sus habitantes, de media comen diariamente la mitad de un pollo.
Y concluía el catedrático: y ahora vayan, y se lo cuentan al habitante que no come nada...
Los números no 'engañan', son precisos. Como ciencia, quizá junto con la física teórica, es la más pura"
En las Matemáticas del bachillerato (mi BUP) había estudiado algún tema de estadística, y desde luego esa salida del catedrático me pareció genial porque consiguió -al menos conmigo- quitar hierro a toda la prevención con que la mayoría de los alumnos veníamos. Además, como luego nos demostró a lo largo del curso, ese comienzo de la asignatura no estuvo reñido con el rigor en la enseñanza, ni mucho menos con transmitirnos la importancia que la Estadística tiene en una ciencia social como la Economía.
También tengo la suerte de conocer desde que éramos niños a un catedrático de Matemáticas de la Universidad de Murcia. No digo la materia para no “desvelarlo”, aunque si lee estas líneas sabrá que me refiero a él.
Durante los últimos años he asistido a varias conferencias suyas. Resulta fácil perderse cuando se “eleva” e intenta transmitir conceptos matemáticos que influyen en nuestro día a día pero que son muy poco intuitivos para quienes no tenemos esa formación.
Lo que sí transmite de maravilla, y me parece fácil de captar, es la “exactitud” de la ciencia matemática (no en vano los estudios son conocidos como Ciencias Exactas): los números no “engañan”, son precisos. Como ciencia, quizá junto con la física teórica, es la más pura, en el sentido de que únicamente depende del razonamiento lógico a partir de axiomas y postulados.
Y por eso, una demostración matemática valida la veracidad de una proposición de manera absoluta.
Muchas veces me he preguntado cómo es posible que -como sociedad- seamos tan dúctiles, tan fácilmente manipulables"
¿Nos engañan entonces los números cuando los “cocinamos”?
Muchas veces me he preguntado cómo es posible que -como sociedad- seamos tan dúctiles, tan fácilmente manipulables. Y lo somos por la desinformación sesgada que nos hacen llegar.
Utilizo conscientemente la expresión “desinformación sesgada” porque, volviendo a esos dos catedráticos, me parece que algo tan preciso como un número se puede convertir en el mayor de los engaños.
Cuántas veces hemos oído decir: “¡Esto son datos y, como tales, son irrefutables!”
Qué gran falacia esconde esta afirmación. Basta pensar un poco en el ejemplo que he puesto al principio sobre la comida en el país de dos habitantes para darnos cuenta de que la gran mentira de los datos está precisamente en su simplificación: en presentar una parte de la información como si fuera el todo.
¿Les suenan recientes afirmaciones (soflamas las llamaría yo) como “tenemos el mayor crecimiento de la Unión Europea”, “nuestra economía va como un cohete” o “somos el país de Europa que más empleo crea”?
Los que me han leído en alguna ocasión anterior saben que soy muy aficionado a respaldar mis ideas con enlaces donde contrastar lo que afirmo, pero me van a permitir que hoy, en aras de la brevedad no me exceda.
De cualquier manera, lleva pocos minutos contrastar en Internet que:
-Tener el mayor crecimiento de Europa es -desgraciadamente- compatible con ser también el país de Europa con el poder adquisitivo (la capacidad de compra) más estancado, y que entre 2019 y 2025, el coste de los precios avanzó en torno a un 22%, muy por encima del avance del salario medio. Y eso sin contar el efecto que actualmente está teniendo el incremento del precio de los combustibles y las materias primas.
- -Nuestra economía NO va como un cohete. Como ya escribí hace más de un año, si acaso es el cohete del coyote.
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-Nuestro gobierno es capaz de compatibilizar (y lo digo con ironía) ser el país de Europa que más empleo crea, con haber llevado a su máximo histórico el déficit de la Seguridad, con tener que utilizar fondos de la Unión Europea para pagar pensiones, o con poner el riesgo el propio sistema creando un régimen clientelar de subsidios que no podemos permitir (¡a ver cuándo nos enteramos de que no somos un país rico!), y que es absolutamente contrario a la solidaridad intergeneracional que predican.
Recordaba al principio la anécdota de mi catedrático de estadística. Él, junto con la media, nos explicó también otra serie de fórmulas que la complementan y completan la información (la moda, la mediana, la desviación típica, …). Y, aun así, el conjunto de todo eso NO es la realidad.
A ver si algún día aprendemos como ciudadanos responsables a tener un poco de espíritu crítico, y no quedarnos con la boca abierta ante un número que, descontextualizado, no es que no diga nada, sino que miente, y además con esa intención se trae al debate público.
Javier Giner Almendral
Economista