Tenía cierto recelo (cuarto y mitad) con La bola negra de Javier Calvo y Javier Ambrossi por varios motivos. Primero porque lo que había visto de ellos no me convencía, Paquita Salas, La Mesías... no pasé del primer capítulo en el primer caso y del segundo en el otro. No conecté a pesar de que Los Javis me caían y me caen genial, espontáneos y frescos como la vida misma, colaboradores necesarios para rebajar mucha de la caspa que aún queda en España (como Pedro Almodóvar en sus mejores momentos) y exhibir la diversidad sin mayores pasmos (cosa que sí hace Marc Giró, adrede, y con muchas ganas de provocar, lo cual me parece estupendo). Y en segundo lugar me producían cierta prevención los consensos absolutos, que es lo que ha ocurrido con La bola negra; y sin embargo roza casi la categoría de una obra de arte.
Fui el otra día a verla en unos multicines que la proyectaban en tres salas. La que yo escogí estaba abarrotada al completo. Las otras supongo que también y eso que ya habían pasado varios días desde su estreno. Con las prevenciones que he expresado confieso que me he rendido: es una obra de culto que desde mi punto de vista ya está en el top 10 de lo mejor en la historia del cine español. Comparable a mis hitos favoritos que pasan por Pa Negre de Agustín Villaronga, La Piel Quemada de José María Forn, El Extraño Viaje de Fernando Fernán Gómez y Furtivos de José Luis Borau. Y, por supuesto, Viridiana de Luis Buñuel. Se me olvida La Tía Tula de Miguel Picazo. Es que si me pongo no acabo y convierto el top 10 en 20.

- Penélope Cruz en una escena de 'La bola negra'
Los Javis, con Alberto Conejero de coguionista, han conseguido lo que nadie hasta el momento: dirigirse a públicos heterogéneos, de distintas edades, de distintas adscripciones sexuales y de diferentes olas culturales, y supongo que también políticas (excluyendo a los ultras). Ya es difícil. Algunos, o muchos la enmarcarán en el contexto de la memoria histórica, un ajuste de cuentas con el pasado y con la guerra civil: craso error. Otros la etiquetarán como película 'queer', otro craso error. La película trasciende determinados encasillamientos y eso se ve desde los primeros planos, cuando en la obra inacabada de Federico García Lorca que da título a la cinta (apenas escribió 5 o 6 folios) el protagonista, un veinteañero guapo, señorito de provincias, gay, se deleita en la contemplación de unos marineros que bien podrían haber salido de un anuncio de Jean Paul Gaultier o de Querelle de Brest de Jean Genet. O un mix.
La bola negra es una oda a la belleza, al amor, a la esperanza, a la melancolía... Y encima construye una yuxtaposición de tres historias, de distintas épocas: una cosa que es extremadamente difícil. Por eso es una película -o tres- muy compleja. Y por eso me sorprende su enorme éxito, pisándole los talones al torrentismo de Santiago Segura. Pudiera ser que este país ha avanzado mucho más de lo que nos pensábamos, o muchísimo más de lo que piensan los ultramontanos.
Papelazo el que ejecuta Guitarricadelafuente. Sorpresón; igual que las breves actuaciones de Penélope Cruz, cabaretera libertaria exhibiéndose ante falangistas, 'nacionales' y fascistas italianos (dudo que en 1940 la censura tolerara eso). Los Javis se han tomado muchas licencias, incluida la muerte de Rafael Rodríguez Rampún, uno de los grandes amores de Lorca, el mismo Rampún que le inspiró los Sonetos del Amor Oscuro. ¿Y qué más da? En ningún momento la película pretende ser una hagiografía histórica: más bien todo lo contrario. Por eso es inclasificable. Algunos ha reducido el personaje que interpreta Guitarricadelafuente como militante del bando nacional, incluso como falangista: rotundamente no; como a miles de españoles la guerra le tocó donde le tocó, no por elección propia. La conversación entre Penélope y Guitarrica es crucial.
La bola negra es, en síntesis, hermosa y contundente. Y Lorca solo aparece, brevemente, en unas secuencias.
- Rangún a Lorca tras el Golpe de Estado del 36: Federico, en Madrid ya no podemos protegerte.
- Respuesta de Lorca que ya planificaba su viaje a Granada: ¿Y quién me protegerá de tu belleza?