Escudos verdes frente al calor: de la Presa Verde argelina al Gran Murallón africano

Opinión

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Publicado: 01/11/2026 · 06:00
Actualizado: 01/11/2026 · 06:00
  • Gran Muralla Verde para impedir el avance de la desertización.
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¿Quién de nosotros no recuerda el sofocante rigor del pasado verano, un calor que aún persiste —siquiera con mayor benevolencia— en estas latitudes mediterráneas? 

A las puertas del invierno, la anomalía térmica continúa nutriendo las conversaciones de quienes asistimos atónitos al impacto de unas temperaturas que sobrepasaron lo humanamente soportable.

Estos episodios recurrentes constatan que las sucesivas olas de calor que azotaron con crudeza ambas orillas del Mediterráneo han dejado de ser una perturbación meteorológica estacional para convertirse en la manifestación tangible de una crisis climática acelerada. Atravesamos semanas en las que el asfalto parecía fundirse y el aire se volvía irrespirable, un severo recordatorio de que la inacción ambiental repercute de forma directa sobre nuestra salud, nuestra economía y nuestros ecosistemas. Precisamente este impacto insostenible ha reactivado el interés estratégico por iniciativas de restauración a gran escala como las que se abordaremos a continuación.

Pero antes, conviene recordar que África no siempre fue un vasto manto de aridez. Como documentan los estudios paleoclimáticos del Lamont-Doherty Earth Observatory y las investigaciones de la UNESCO sobre el arte rupestre del Sáhara, durante el denominado Periodo Húmedo Africano esa misma franja desértica albergaba un entramado de gigantescos mares interiores como el Lago Mega-Chad —que llegó a cubrir cerca de 1.000.000 de km², casi el doble de la superficie de España—, arterias fluviales colosales como el desaparecido Río Tamanrasset —con más de 2.500 kilómetros de longitud y una cuenca comparable a la del Amazonas o la del Ganges-Brahmaputra—, sabanas frondosas y las verdecidas cumbres del Tassili n'Ajjer o el Ahaggar, por citar solo algunos ejemplos emblemáticos. En este sentido, la regeneración ecológica actual no busca crear algo artificial, sino reconectar con la memoria hídrica y vegetal que el propio continente custodia en sus entrañas.

Sin embargo, frente al pesimismo estival y la resignación ante los termómetros desbocados, la geopolítica de la supervivencia verde sigue abriéndose paso en el continente africano con proyectos de una escala colosal. A menudo centramos la mirada en la gran iniciativa continental de la Gran Muralla Verde (la Grande Muraille Verte africaine)—coordinada por la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULCD) y respaldada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)—, proyectada para abarcar desde Senegal hasta Yibuti. Tras constatar que la idea inicial de plantar árboles en líneas rectas chocaba con la alta mortalidad vegetal y la escasez hídrica, la iniciativa se ha replanteado por completo: hoy prioriza un modelo en mosaico basado en arbustos, agricultura tradicional y saberes locales. Pese a reajustes tan prometedores y al objetivo de restaurar 100 millones de hectáreas para 2030, el proyecto avanza a trompicones arrastrado por la burocracia internacional —según datos de la propia CNULCD, en 2023 apenas se había desembolsado de forma efectiva el 13 % de los 19 000 millones de dólares prometidos inicialmente— y por el deterioro de la seguridad en el Sahel, que deja inaccesible cerca de la mitad de las tierras económicamente viables para su restauración. 

Fuente: Vert. Le média qui annonce la couleur.

Carte d’Hervé Tronchère extraite de "Image à la une : jardins féminins aux portes du Sahel", de Léa Billen, Géoconfluences, mai 2016.

Pero se suele olvidar que, mucho antes de que este concepto se popularizara en los foros internacionales, Argelia ya emprendió una de las mayores hazañas de ingeniería ecológica de la historia moderna: la Presa Verde (Le Barrage Vert— السد الأخضر(As-Sadd al-Ajdar).

Iniciado a principios de la década de 1970 bajo el impulso del gobierno del entonces presidente Houari Boumédiène, este ambicioso plan nacional nació con el propósito exacto de frenar el avance del desierto del Sahara mediante una barrera forestal y vegetal de aproximadamente 1.000 a 1.500 kilómetros de longitud y unos 20 kilómetros de ancho, extendiéndose de oeste a este por las zonas de transición entre las altas mesetas y las estepas presaharianas (desde la frontera con Marruecos hasta la frontera con Túnez). Históricamente, el diseño de la Presa Verde argelina, gestionada sobre el terreno por la administración forestal y apoyada en fases clave por el cuerpo técnico nacional, sirvió de inspiración directa y modelo de estudio para las posteriores iniciativas continentales.

Concebido en sus orígenes para proteger los recursos hídricos y regenerar unos suelos gravemente amenazados por la erosión, el proyecto no es en absoluto una reliquia del pasado. Hoy en día, la Presa Verde se reinventa y amplía su alcance con una visión moderna e integral impulsada por la Direction Générale des Forêts (DGF) de Argelia —dependiente del Ministère de l'Agriculture et du Développement Rural (MADR)— y respaldada por organismos internacionales como la Food and Agriculture Organization (FAO) y el Green Climate Fund (GCF). Muestra de este vigor renovado es el programa estatal 2023-2026 dotado con 75.000 millones de dinares, que ya ha logrado repoblar más de 42.000 hectáreas e introducir millones de árboles frutales —como olivos y algarrobos— al servicio de los agricultores rurales. Como señalan las evaluaciones técnicas de la United Nations Convention to Combat Desertification (UNCCD / CNULCD), estas actuaciones abandonan el monocultivo tradicional para apostar por la agroforestería, la recuperación de cuencas hidrográficas, la retención de agua mediante microcuencas en media luna y la revitalización del saber ancestral de los oasis. Es la constatación de que la lucha contra el cambio climático requiere "plantar agua antes de plantar árboles", tejiendo una red de resiliencia que involucra directamente a las comunidades rurales.

Fuente: Algérie Eco

La Presa Verde (Le Barrage Vert Algérien)

Las olas de calor de este verano son un aviso urgente de que la orilla norte y la orilla sur del Mediterráneo compartimos el mismo destino ecológico. El calentamiento global no entiende de fronteras marítimas ni de muros geopolíticos. Así como la gran iniciativa africana y la histórica Presa Verde argelina buscan devolver la vida a las tierras de fricción entre el desierto y el mundo cultivable, nuestras sociedades urbanas y estamentos políticos están obligados a mirar hacia ese mismo horizonte.

Invertir en la regeneración de nuestros suelos, proteger los bosques existentes, repoblar las franjas esteparias y restaurar el ciclo del agua ya no es una opción estética o un capricho ecologista: es la mejor línea de defensa que nos queda. La naturaleza, cuando se le devuelve su papel articulador, actúa como un potente escudo térmico y amortiguador ambiental.

Desde África nos están demostrando que existen vías ambiciosas para contrarrestar el empuje del Sahara. En definitiva, tal y como nos enseñan los estudios paleoclimáticos sobre la antigua verdor del continente, el paisaje no es una condena inmutable: en la multiplicación de estos gigantescos colchones verdes y en la recuperación de la memoria vegetal del suelo puede encontrarse la clave para amortiguar las extremas olas de calor que nos acechan verano tras verano.

Naima Benaicha Ziani profesora de la Universidad de Alicante y vicepresidenta de CIHAR

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