Es solo fútbol... ¿o no?

Opinión

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EL BILLETE
Publicado: 19/07/2026 · 06:00
Actualizado: 19/07/2026 · 06:00
  • El árbitro somalí Omar Artan, ausente en el Mundial por el veto de EEUU y la indignidad de la FIFA.
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Tenía varios temas en cartera para mi columna de este domingo, pero me di cuenta a tiempo de que nadie iba a leer, el día de la final del Mundial, una reflexión sobre la prioridad nacional, ni sobre los presupuestos de unos y otros, y mucho menos sobre las bajadas de impuestos a los ricos, la tasa turística, el supuesto lawfare de los jueces que no amaban al PSOE o la constatación, con cifras del Ministerio de Hacienda, de que el reparto del impuesto a la banca que aprobó la izquierda no es ni progresivo ni progresista.

Hoy toca ponerse la camiseta y hablar de este Mundial que no ha dejado indiferente a nadie. Porque, como diría Rajoy, esta noche es la final, juegan España y Argentina, que son dos países hermanos, y esperemos que gane España porque nos levantaría la moral y porque sería su segundo Mundial.

España-Argentina es para un servidor la final soñada. La albiceleste es para muchos españoles como una segunda selección. Más aún para los valencianistas, como yo, que desde Mario Kempes en 1978 —y tantos argentinos que vinieron después— tuve una querencia por esa Selección que me permitía mantener cierta ilusión cuando España era eliminada, generalmente en cuartos. Gracias a eso hemos vivido en cincuenta años seis finales y no solo la de Sudáfrica.

Dicen que este año Argentina no cae tan bien a la afición porque se ha convertido en el equipo del régimen y porque da muchas patadas. Cada uno tiene su estilo. En cualquier caso, no nos dará más que Países Bajos en la final de 2010.

En cuanto al favoritismo arbitral, el mayor escándalo que nos ha servido la FIFA no fue el arbitraje del Argentina-Egipto. Tampoco la sanción por tarjeta roja que le quitaron a la estrella estadounidense Balogun, cacicada que tiene un precedente en la liga española cuando Florentino hizo de Trump y le quitaron la roja a Vinícius Jr. por una agresión en Mestalla. A casi todos los que ahora critican a la FIFA les pareció bien. Hipocresía futbolera.

Lo más ruin de Gianni Infantino ocurrió justo antes de empezar el Mundial y fue permitir, sin un mínimo gesto que pudiera parecer una protesta, que Estados Unidos prohibiera la entrada en el país del árbitro somalí Omar Artan, quien viajó a Miami con todos los papeles, permisos y acreditación de la FIFA y que, tras once horas de interrogatorio policial en el aeropuerto, fue devuelto a su país porque, dijeron, no pudieron comprobar su falta de antecedentes policiales. Es decir, por negro. Un acto de racismo mucho más vergonzoso que el chiste de Rajoy.

Y no solo Infantino miró para otro lado. También el máximo responsable arbitral de la FIFA, Pierluigi Collina, así como sus 169 compañeros, que deberían haberse negado a pitar en Estados Unidos si no contaban con Artan. En el colmo de la sinrazón, cuando Canadá ofreció darle alojamiento y que pitase algún partido de los previstos allí, la FIFA lo rechazó con el patético argumento de que todos los árbitros debían estar concentrados en la sede habilitada al efecto, que estaba en Miami, por lo que esa excepción rompía los protocolos de igualdad y logística establecidos para el cuerpo arbitral del Mundial.

Es decir, que Omar Artan no arbitró porque a la FIFA no le dio la gana. Y por ser negro. Y al mundo entero le dio igual porque cuando empezó a rodar el balón se olvidaron de él. Solo la UEFA estuvo a la altura al designarlo, inmediatamente, como árbitro de la final de la Supercopa este mismo verano.

Lo de esta noche es solo un partido de fútbol que obra el milagro de unir a los españoles por una causa común, algo que hoy por hoy solo parece al alcance del deporte. Por unas horas, discutiremos sobre el partido, y olvidaremos los cansinos debates políticos. Pero tampoco nos hagamos ilusiones. La historia nos enseña, 16 años después, que este momento dulce en el que los españoles parecen unidos por una camiseta —más blanca que roja— terminará pocas horas después del pitido final.

Y ganemos o perdamos, no cambiará nada, más allá de que se vendan más o menos alcohol en la celebración. En 2010 estabamos peor que ahora, cuesta abajo en la mayor crisis que podemos recordar, y la victoria no nos sacó de pobres. Es solo un partido de fútbol.

¡Suerte a España!

PS: en homenaje a Tip en su centenario, la próxima semana hablaremos del Gobierno.

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