Para mí la democracia no es un sistema. O no solo. Ni solo uno.
Es una promesa. Una que requiere un ejercicio constante de democratización.
Con las mismas instituciones y normas se puede vivir en escenarios más y menos democráticos. Puede funcionar o entrar en fallida. Y, por tanto, a la democracia podemos exigirle.
Simplificándolo mucho a la democracia le aplicamos la misma fórmula que a los amigos. Solo las personas de las que esperamos algo son capaces de decepcionarnos.
El caso es que el sistema, cuando no se aplica como término peyorativo, es un cómo. Pero, sobre todo, es un por qué. Un para qué.
A base de radiografiar el fascismo Antonio Scuratti se ha convertido en uno de los mejores analistas de la democracia. Por eso hay que atender al autor italiano cuando dice que ‘tener una historia no significa necesariamente tener un destino, en el sentido en el que el pasado decide irremediablemente tu futuro. Aunque es cierto que no puede borrarse y no se puede devolver el billete de entrada a la vida’.
En esa escala de democratización una sociedad merece más esa etiqueta en función de cuanto pesa el billete de entrada a la vida.
En aquellos lugares donde el lugar de nacimiento es el de destino la democracia es una estructura hueca. Una apariencia. Un disfraz que legitima.
Y donde, sin caer en la utopía de borrar por completo las desigualdades, la llegada a meta depende menos de la posición de salida, el término sistema pasa a ser una palabra valiosa. Incluso bonita.
En principio de lograrlo va la actuación de los poderes públicos. De estrechar las diferencias entre salida y destino. De acercarlas a una distancia que nos parezca justa. Fracasa cuando no lo logra.
Pero esta semana hemos comprobado como el fracaso en el intento, no es el peor de los escenarios posibles. Hay quienes tienen éxito en el fracaso de todos. Pongamos que hablo de Alicante y vivienda de protección pública.
De lo de todos al servicio de aumentar las distancias entre los que tienen apellido reconocible y quienes forman parte del pelotón de los apellidos corrientes. Apellidos, patrimonios, sagas, cargos, puestos de responsabilidad… determinantes de una sociedad que siempre ha tratado de imponerse a la democratización de la democracia española.
Siempre ha existido esa tensión. La de quiénes creen que su posición natural les sitúa en una situación de derecho, frente a las personas que hemos entendido que no. Que los privilegiados debían asumir el riesgo de no ser los primeros, a cambio de la oportunidad de que los últimos no lo fueran por decreto. Ni para siempre.
¿Acaso no es eso la meritocracia que tanto se menciona en los foros que habitan frecuentemente estos primeros?
La única explicación para que no se vea claro es que este país se saltó la revolución liberal.
Por eso no me extrañaría nada que los beneficiados por el escándalo de la VPP en Alicante hubieran criticado, entre amigos y familiares, lo dañinas que son las paguitas para la cultura del esfuerzo. Tampoco me sorprendería escucharlos decir que el problema de la vivienda tiene que ver con la okupación y el miedo que tienen los propietarios. Por supuesto que, para ellos, la intervención en el mercado del alquiler o los precios de compra será una medida liberticida y propia de dictadores.
En realidad, es algo que ocurre en Holanda, Alemania o Austria, pero el acento les suena venezolano.
Sin embargo, cuando el sistema es algo que trabaja para ellos; eleva los límites de renta para que puedan acceder, multiplicando por cuatro el sueldo medio, a un piso con pádel y piscina, a mitad de precio. Permite que esas viviendas las adjudique sin controles una empresa privada. Y, además, les ofrece pasarelas para que puedan alquilarlas o venderlas con beneficios millonarios. Ahí ni paguita, ni okupa, ni intervencionismo… ahí las cosas están en su sitio. Donde toca. Y para quien toca.
La España de la escopeta nacional se agazapa, pero no desaparece. Ni mucho menos se rinde. Y a veces, demasiadas veces, triunfa.
Lo que ha ocurrido no es un accidente. Es lo que algunos entienden y pretenden que sea el sistema. Y si me apuran lo que entienden por España.
Por eso la política, muy especialmente la nuestra, es la disputa por el significado de la palabra sistema. Por ver para quien trabaja lo que es de todos. Para ver a quien le cumple sus promesas la democracia.
Y lo más grave no es que haya un número ilustre de sinvergüenzas que se aproveche de lo de todos. Ni siquiera que formen parte quienes usualmente dan lecciones a quienes no han tenido ese camino privilegiado al éxito que la vida les ha regalado.
Lo verdaderamente preocupante es que una mayoría entienda que las cosas solo pueden ser así. Que como el sistema es suyo, quienes no lo poseemos debemos adaptarnos a él. Que muchos piensen en sobrevivir un punto mejor a costa de los últimos, siendo los penúltimos.
Por eso lo necesario no es solo destapar que estas cosas ocurran, sino dar una señal creíble de que es posible que no existan. Que es posible que la democracia no sea una trampa como la de la meritocracia.
En España eliminar los privilegios que sobre el papel no existen, pero todos asumimos como vigentes, es una necesidad democrática. Se pasan el tiempo diciendo que corremos el riesgo de parecernos a Caracas, pero el verdadero riesgo para la democracia en España es parecerse a este Alicante.
Los radicales en este país son hijos de notario.