El pasado 22 de mayo se celebró la I Gala del Viverismo en el Palacio de Altamira. Se dieron premios y se aplaudieron las cifras de un sector que mueve el 10% de la facturación nacional. Es innegable que el sector es potente y que exporta el nombre de nuestro municipio a medio mundo. En la gala tampoco faltó Pablo Ruz para hacerse un reel. Sin un pelo fuera de su sitio, con el pantalón de pinzas bien marcado y sonriendo a cámara como si estuviera en un anuncio perpetuo, al lado de los que más tienen y del postureo infinito…
Señor alcalde, detrás de los discursos oficiales hay otra realidad en el campo que no está para celebraciones.
Tengo 41 años y llevo desde los 18 metido en los viveros. Me gusta mi trabajo. Desde fuera se podría pensar que es algo bonito pasar el día entre árboles, cuidarlos y verlos crecer. Y parte de eso existe. Pero la realidad del día a día y la precariedad hacen que muchas veces ese orgullo se vaya perdiendo.
Saber podar una palmera a quince metros de altura, injertar un olivo, o manejar bien el riego exige experiencia y un conocimiento que cuesta años aprender. Pero luego todo eso apenas se reconoce en las nóminas y en la calidad de vida de los trabajadores del sector. Queremos poder vivir de nuestro oficio con dignidad, no ser mano de obra barata a la que se exprime hasta que no puede más.
Yo, dentro de todo, todavía tengo suerte. Trabajo encima de una máquina, organizando camiones o moviendo material, y no estoy tantas horas a pleno sol como otros compañeros. Pero veo todos los días a gente que está mucho peor que yo. Personas que pasan jornadas enteras cavando, cargando peso o limpiando campos bajo el calor, cobrando poco y tragando porque no les queda otra.
Esa precariedad la sufre especialmente el motor invisible del campo: los trabajadores migrantes que vienen del Magreb y de África subsahariana. En Elx los vemos cada mañana por los caminos rurales, yendo al tajo en bicicleta o en patinete. Son ellos quienes hacen las tareas más duras y quienes soportan las peores condiciones, muchas veces dentro de una escala injusta según el color de piel: a más oscura, más precariedad.
El modelo actual nos impone una cultura laboral donde parece que tu vida tiene que girar solo alrededor del trabajo. Jornadas de nueve o diez horas, casi siempre partidas, que te atan al vivero desde la mañana hasta la noche y te quitan tiempo para descansar o estar con tu familia.
Y ahora volvemos a entrar en el verano, que en el Camp d’Elx significa trabajar bajo temperaturas extremas durante horas. Da igual que estemos a más de cuarenta grados; muchas veces el ritmo y los horarios siguen siendo los mismos. Se habla de prevención y de protocolos, pero muchos tenemos la sensación de que aquí no se cambiarán de verdad ciertas condiciones hasta que ocurra una desgracia. Ya ha pasado en otros sectores, como con los barrenderos de Barcelona. Tiene que morir alguien para que la salud de los trabajadores empiece a importar de verdad.
A eso se suma el secreto a voces de las horas extras pagadas en negro; dinero en mano que no cotiza y que también nos roba el futuro a las clases populares.
Y lo peor es que muchos estaríamos orgullosos de verdad del sector si se cumplieran cosas tan básicas como los derechos laborales. No estamos pidiendo ningún lujo ni nada imposible; solo que las horas se paguen como toca, que lo trabajado cotice y que la gente tenga unas condiciones dignas. Algo tan simple como eso, que debería ser normal, aquí la mayoría de las veces no pasa.
Por eso falta relevo generacional. Los jóvenes no huyen de la tierra; huyen de unas condiciones que no son dignas.
Mientras tanto, cabría reflexionar sobre cómo el avance del viverismo ornamental también está arrinconando la agricultura tradicional del Camp d’Elx. Cambiamos la producción de alimentos por plantas de lujo para el extranjero. Desaparecen nuestros olivos y granados autóctonos mientras luego cuesta encontrar alcachofas o habas a un precio razonable.
Celebrar el éxito del sector está bien, pero el verdadero orgullo no está en los palacios, ni en las galas, ni en el Instagram del alcalde. El viverismo d’Elx solo será un éxito real cuando la riqueza se reparta de forma justa, se dignifique el oficio y se respete la vida de quienes están cada día en el bancal.
Porque sin las manos que nos manchamos de tierra todos los días, los que vamos con mono y no con traje, y los que vienen de fuera buscando un futuro mejor, el sector estaría seco.
* Alberto Boix es responsable d’Acció política d’Esquerra Unida Elx