El Tram de la selección francesa

Opinión

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VALS PARA HORMIGAS
Publicado: 15/07/2026 · 06:00
Actualizado: 15/07/2026 · 06:00
  • Imagen de archivo del TRAM d'Alacant
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Tantos años después de su puesta en marcha, me doy cuenta de que Alicante debe de ser la única ciudad con una red de tranvías urbanos diseñada para escapar de ella. Y lo hago durante un trayecto de la única línea pensada para dar servicio a los ciudadanos, la L2, que une Luceros con San Vicente del Raspeig. En un vagón en el que encuentro más diversidad que en la selección francesa de fútbol. Que en la española. O que en cualquier país de Europa, por mucho que haya gente que quiera que la UE sea una, blanca y católica. Hay ruido de fondo, una muchacha con unos apuntes subrayados en el regazo empeñada en contarnos al resto de viajeros sus problemas con otra. Y también nos avanza el duelo a primera sangre virtual que tiene planeado en TikTok o Instagram (suelo confundir las redes que no uso), con frases de Jorge Bucay o Paulo Coelho como finos estiletes. Pero cuando uno es capaz de abstraerse de la tormenta y disfrutarla con detenimiento, un relámpago se convierte en una iluminación. Veo turbantes, chilabas, pañuelos y una gama de colores más completa que la de Jackson Pollock. Ríen los niños y niñas. Y sonrío cuando pienso que a Europa le queda mucho aliento.

La L2 del Tram rinde pleitesía al Marq, claro. Pero deduzco que es precisamente así como consiguió enhebrar el paso por barrios que necesitaban una conexión que permita que sus vecinos se sientan parte del conjunto. Por el Garbinet, por las Mil Viviendas –Hospital mediante-, por la Virgen del Remedio, por la Colonia Santa Isabel. También merecen estos vecinos las vistas al mar que se estampan contra las cristaleras cuando el vagón sale de la parada de la Goteta en dirección al centro. Un lujo que ya casi nadie puede permitirse. El resto de tendidos viarios están ideados para quien puede huir a las playas. A una viajera que llevo a mi lado le resulta insuficiente el aire acondicionado y agita con fuerza un abanico. Un joven subsahariano con toda la carga atlética de sus genes llena el vagón de palabras que se dibujan en el aire como jeroglíficos. Y sonrío cuando constato que vivo en la Torre de Babel.

Vuelvo de la universidad y su campus arbolado, su silencio entreverado y su juventud en flor, como diría Proust. En la línea de asientos opuesta a la mía, me fijo en un chaval con camiseta jamaicana, pelo revuelto y cejas hiperactivas que, en vez de encerrarse en un móvil, abre de par en par las puertas de un libro y lee como se debe leer. Primero, hacia adentro, con la vista. Después, eleva el tomo como si fuera la calavera de Yorick y repite el mismo párrafo, el mismo verso –desde la distancia no distingo el título ni el autor- en voz baja, para no molestar. Ahora faltan los viajes por Benalúa, por San Blas, por la Ciudad de Asís, por la Florida, mascullo mientras cedo mi asiento a una señora que se apoya en una muleta para andar. Se baja en la parada siguiente. Este uso mínimo de la gratuidad para mayores de 65 años también es un servicio social. Fin de trayecto. Los viajeros formamos una fila de hormiguero para salir. Y sonrío con la coincidencia: ya sé a qué voy a dedicar este vals.

@Faroimpostor

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