La prueba de que la doctrina católica es como el manual de un vendedor de enciclopedias es que el Papa León XIV anda repartiendo granos de acíbar entre los concurrentes y a nadie se le ocurre pensar que les va a llegar también un paquetito. Durante su gira por España, Prevost reparte mandobles a todos los lados y nadie se agacha porque creen que la mejilla golpeada siempre es la de los demás. La izquierda no tiene por qué inmutarse con clásicos como la oposición al aborto, la eutanasia, los colectivos LGTBI o la incursión de la mujer en sus filas porque, en realidad, no le atañe. Los avances sociales se expanden como el liquen de los bosques, sin freno y orientados siempre hacia el mismo punto. Es el 18% de españoles que asegura ir al menos una vez al mes a misa el que debe atenerse a estos dogmas y preceptos. Que también son a lo que se aferra la derecha y más allá para no sentirse interpelados cuando el pontífice critica las políticas antimigratorias, la desatención de los más necesitados y el odio al diferente. Que, al contrario que la Inteligencia Artificial, sí aparecen ya en el Nuevo Testamento. Con ese talante, esa diplomacia o esa mano izquierda del Papa, que evita aludir directamente a quienes reconviene, sus discursos están solo un paso por encima de los guiones de Netflix: al menos, el Papa sabe que no se puede gustar a todo el mundo.
Tampoco disgustar a todo el mundo, que es lo que suelen hacer los que sienten que Dios engrosa sus filas. Francisco era un pontífice social (en el buen sentido de la palabra), bocazas (en el buen sentido de la palabra) y seguidor de San Lorenzo (hinchada que no es discutible, no tiene mal sentido). Ahora, León XIV es un político (sin título), observador (no hace falta título) y madridista (este año, también sin títulos). En resumen, el agente de la Continental sin nombre que protagoniza Cosecha roja, la estratosférica novela de Dashiell Hammett. Un infiltrado doble, triple o lo que haga falta que llega a un mundo sin leyes y trata de pacificarlo con la sencilla estrategia de hacer que los malos se enfrenten los unos a los otros. Y acaben por desaparecer hasta que llegue la siguiente tanda. Su Personville particular es el territorio invadido por la ultraderecha. Dadas las andanzas de Pío XII durante el auge del nazismo, bien está que alguno de sus seguidores vaya expulsando a los mercaderes del templo. Que los veinte siglos de historia tienen a la Iglesia encharcadita.
Uno no cree en dioses ni energías. Formo parte de ese 11% de españoles que se declaran ateos. Pero sí quiero creer que la fe ajena puede obrar milagros, como el del frenazo en seco de la ultraderecha en todo el mundo, la hermandad de los pueblos, la abolición de las fronteras, la prohibición de los planos circulares en las películas y la extinción de los mosquitos. Por eso me habría encantado entrevistar a Bergoglio y por eso me encanta que Prevost siga hablando a los que no quieren escucharle. En principio, no es ese su trabajo. Pero por eso merece tanta atención ver cómo cierra la boca a los que son más papistas que él.
@Faroimpostor