El origen de la eugenesia

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El eurocristiano tibio

"Todo empezó con la teoría de la selección natural, publicada en 1858 por el inglés Charles R. Darwin y el galés Alfred R. Wallace"

Publicado: 16/08/2026 · 06:00
Actualizado: 16/08/2026 · 06:00
  • Foto: BBC
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En los Tibios anteriores he comparado los distintos tipos de propuestas eugenésicas en España: la socialista de Madrazo, la franquista de Vallejo-Nájera y la liberal de Marañón. Las tres compartían la característica de referirse al conjunto de los españoles, mientras que la catalanista de Vandellós establecía una diferencia entre la "raza catalana" y los españoles. Puesto que sería reiterativo exponer la eugenesia vasca (básicamente racista, como la catalana), he preferido cerrar este ciclo escribiendo sobre el origen de la eugenesia moderna, que se remonta al siglo XIX.

Todo empezó con la teoría de la selección natural, publicada en 1858 por el inglés Charles R. Darwin y el galés Alfred R. Wallace. Dicha teoría afirmaba que continuamente se producían en las poblaciones de animales variaciones hereditarias, algunas las cuales deterioraban la adaptación de sus portadores al ambiente y otras la mejoraban. Como los animales portadores de las variaciones perjudiciales eran menos viables, tendían a dejar menos descendientes, con lo que las frecuencias de esas variaciones disminuían en las poblaciones; en cambio, los portadores de mutaciones favorables, que eran más viables, tendían a dejar más descendientes y sus frecuencias aumentaban paulatinamente. A la larga, esos cambios poblacionales podían conducir a que se formasen nuevas especies y a que las especies divergiesen unas de otras. Así, la combinación de las variaciones hereditarias aleatorias con la selección natural constituía el motor de la evolución de las especies. Ese proceso era parecido a la selección artificial mediante la cual se habían obtenido las diferentes razas de animales domésticos, solo que el agente selector, la Naturaleza, carecía de la intencionalidad propia de los selectores humanos.

La teoría de la evolución fue aceptada masivamente a partir del libro Sobre el Origen de las Especies, publicado por Darwin en 1859. En cambio, muchos discreparon de la idea de que la selección natural fuese el motor de la evolución. Entre los que confiaron en la tesis de la selección natural figuraba a Francis Galton, que compartía uno de los cuatro abuelos con Darwin. Aunque por entonces se ignoraba el mecanismo de la herencia biológica, eso no le impidió indagar sobre la base hereditaria de las características humanas. Sin limitarse a los rasgos corporales, como la altura, incluyó los mentales, como la inteligencia. Así, publicó en 1869 Genialidad Hereditaria, donde sostenía que las capacidades intelectuales se heredaban en buena medida. Sin mencionar la palabra “eugenesia”, en la introducción decía que sería “completamente practicable producir una raza de hombres altamente dotados mediante juiciosos matrimonios durante varias generaciones consecutivas". De hecho, comparaba esa propuesta sobre la reproducción humana a la cría selectiva de animales practicada por los ganaderos: elegir generación tras generación los individuos con las características deseadas y restringir la reproducción de los que exhibiesen las indeseadas. Insistió en que cada generación disponía de una gran influencia sobre las características de la siguiente generación y que teníamos el deber de ejercer ese poder en beneficio de los futuros habitantes del planeta.

 

Darwin se había percatado de que la prisión permanente era un buen modo de evitar que los criminales se reprodujesen, una forma suave de eugenesia"

 

Dos años después, conociendo ya la opinión de su primo, Darwin publicó La ascendencia humana y la selección en relación con el sexo. Proponía que nuestra especie provenía de un primate mediante una evolución promovida por la selección natural y la selección sexual. No obstante, no comentó nada de la posibilidad de implantar ningún programa de selección artificial en nuestra especie. En cambio, lo hizo en una carta dirigida a Henry Keylock Rusde el 27 de marzo de 1875. Ese inglés afincado en Australia sostenía que lo que llamábamos justicia solo era utilidad. Por ejemplo, ahorcar a un asesino no devolvía la vida al asesinado, pero evitaba que asesinase más gente. Pues bien, Darwin le escribió lo siguiente: “He pensado durante mucho tiempo que los criminales reincidentes deberían ser confinados de por vida, pero no he hecho suficiente énfasis hasta leer sus ensayos (los de Rusde) en las ventajas de extinguir de ese modo sus linajes.” En suma, Darwin se había percatado de que la prisión permanente era un buen modo de evitar que los criminales se reprodujesen, una forma suave de eugenesia. En esa carta también le decía: "La locura me parece un punto mucho más difícil por su carácter gradual: hace algún tiempo mi hijo, el señor G. Darwin, abogó a favor de que la locura fuese un motivo al menos tan válido de divorcio". O sea, no era fácil decidir si debíamos dejar que los lunáticos se reprodujesen, pero parecía razonable divorciarnos de ellos.

Con esos antecedentes podemos fijar el nacimiento oficial de la eugenesia moderna en 1883, año en el que Galton publicó sus Investigaciones sobre la Facultad Humana y su Desarrollo. Basándose en el éxito de la selección artificial aplicada a los animales, proponía ampliarla a los humanos bajo el nombre de “eugenesia”. En concreto, sugería incentivar económicamente los matrimonios entre hombres y mujeres apropiados y desalentar lo matrimonios indeseables. En su opinión, convenía registrar las genealogías humanas con el objetivo de puntuar los méritos familiares. Entre las características deseables figuraban la salud, la longevidad, la moralidad y la inteligencia. ¿Y cómo identificarlas? Mediante el éxito profesional. Privilegiando a los exitosos se lograría un linaje humano superior que desplazaría a los inferiores. Más pacato que el socialista Madrazo, no llegó a proponer las esterilizaciones forzosas, ni la poligamia eugenésica (desviándose así de la costumbre de los ganaderos de que los mejores sementales fecundasen muchas hembras).

Por su parte, Wallace rechazó la propuesta de Galton porque se temía que fuesen los poderosos y los adinerados los que decidiesen quiénes tendrían derecho a reproducirse. Y propuso que lo más eficaz sería promover la educación y los empleos de las mujeres, que así no se verían obligadas a casarse con hombres indeseables. Por el contrario, Darwin no objetó nada a Galton. No se calló por su habitual cautela, sino porque había fallecido el año anterior.

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