Eduardo Monfort, un alcalde de los que ya no cunden

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Publicado: 11/10/2026 · 06:00
Actualizado: 11/10/2026 · 06:00
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El domingo pasado fallecía Eduardo Monfort, el que fuera alcalde de Xàbia en dos etapas (1999-2001 y 2005-2011). No se trata de un alcalde más en la historia democrática de Xàbia. Monfort fue un edil de los que ya no abundan, porque siempre antepuso los intereses de su municipio a las siglas, algo que hoy en día se paga muy caro. Y creo que toca ponerlo en valor, porque el fallecido Monfort fue, junto con algunos concejales de las corporaciones que compartieron gobierno con él, el artífice de algunos logros (o privilegios) de los que hoy disfrutan sus vecinos.

Xàbia es uno de esos municipios de la Comunitat Valenciana que nunca ha tenido suerte con el color político del Gobierno de la Generalitat, y mucho menos con el del Gobierno central. Solo la inercia de los primeros gobiernos socialistas le permitió dotarse de algunas infraestructuras básicas. Pero el PSPV perdió la Alcaldía en 1991 en favor de un joven Juan Bautista Moragues, aunque el PSOE todavía gobernaba en València y Madrid. Después llegó la etapa de la fragmentación política y, por tanto, de la inestabilidad, que el propio Monfort vivió en primera persona. Accedió a la Alcaldía con un pacto hoy imposible: PP, PSPV y Bloc respaldaron a su formación, Centristes, la menos votada. Fue apeado del cargo por una moción de censura dos años después, con el objetivo de reunir a todo el centro-derecha local, pero el partido de Monfort optó por alinearse con el Bloc Nacionalista. Otra moción de censura le llevó a la Alcaldía en 2005, y su mandato se prolongó hasta 2011.

Más allá de los vaivenes políticos, que los hubo, durante su etapa como alcalde y también antes —el PP lo quería como candidato a la Alcaldía en 1999, después de que Moragues se convirtiera en un verso suelto y se presentara por Unió Valenciana—, Monfort fue un alcalde que siempre puso los intereses de Xàbia por delante y que tuvo que hacer frente al desinterés que tanto el PP como el PSPV mostraron entonces por el municipio. El PP, que gobernaba en aquella época, porque Xàbia no era un gran feudo, a diferencia de Calp, Teulada-Moraira y Benissa. Para el PSPV no lo fue hasta mucho después, cuando José Chulvi tomó la Alcaldía en 2011. Pero tampoco es que el Botànic se volcara en demasía en los grandes proyectos a partir de 2015: la esperada piscina cubierta pudo acabarse —aunque la ha inaugurado la actual alcaldesa del PP— y el auditorio se ha quedado en un solar, fruto de las contradicciones de la Ley de Contratos, que se inunda cada vez que llueve.

Así que, con ese panorama, Xàbia es uno de esos municipios que han tenido que asumir (o casi) todo con sus propias corporaciones. El hecho de ser un municipio turístico, con grandes patrimonios y alto poder adquisitivo, le ha permitido tener casi siempre una hacienda boyante —es el único municipio que no está en la red de Suma—, para lo bueno y para lo malo. Pero nunca hubo ningún gran partido que viniera a salvar a Xàbia. Todo se lo tuvieron que hacer sus representantes públicos, con más o menos acierto. De ahí el mérito de Monfort y también el de otros alcaldes. No todo salió siempre bien. Ahí está el caso de los aparcamientos que construyó Ecisa y que tuvo que rescatar el consistorio.

Pero en otras cuestiones, Monfort y sus corporaciones tuvieron que guisárselo todo ellos solos. Por ejemplo, a finales de los años noventa, Xàbia todavía sufría restricciones de agua durante los meses de verano. El ayuntamiento apostó por construir una desaladora, entonces denostada por algunos. Y lo hizo con sus propios recursos: 24 millones de euros. La planta se inauguró durante la segunda etapa de Monfort en la Alcaldía y hoy es el salvavidas de los municipios de la comarca cuando tienen problemas.

Por aquellos años noventa y los posteriores, Xàbia tuvo que hacer frente a otras amenazas: la ampliación del puerto deportivo, el urbanismo desenfrenado o el catastrazo, que disparó los valores de los inmuebles y, por tanto, los recibos del IBI. El pueblo de Xàbia tuvo que salir a la calle en varias manifestaciones para pedir la retirada de la ponencia. Quién sabe qué habría pasado con otros alcaldes y otros partidos, pero Monfort siempre antepuso los intereses del municipio. Lo hizo con argumentos, con talante negociador y haciendo gala de sus convicciones.

Esos argumentos encontraron aliados a lo largo de sus mandatos, incluso entre formaciones diferentes. Por ejemplo, en 2007, tras ganar las elecciones con la coalición que formaba con el Bloc, fue elegido alcalde con los votos del PSPV, pero acabó la legislatura pactando con el PP.

Es verdad que ese malabarismo y esa coherencia local acabaron por derrumbarse en 2011, víspera ya de otros tiempos: el PSPV de Chulvi ya empujaba y su coalición, Bloc-Centristes, desembocó en Compromís, ya alejado de aquellos postulados de moderación y diálogo. Monfort dimitió en 2013 y pasó a ser espectador de la vida política local.

Ahora, con perspectiva, cabe preguntarse: ¿seguiría Xàbia hoy tal y como la conocemos de haber tenido otro alcalde durante esos años? Nunca podremos saberlo. Monfort tuvo la posibilidad de encabezar la lista de un partido grande y optó por su modesto proyecto de Centristes. Llegó a la Alcaldía dos veces y presidió corporaciones que tomaron decisiones clave para el futuro del municipio que hoy conocemos.

Fue un alcalde de los que ya no abundan. Y, si no, que se lo pregunten a otros munícipes de la Marina Alta —véase el caso de Ana Sala, apeada del PP por no aceptar puestos de consolación— o de otros puntos de la Comunitat, como Jorge Rodríguez, en Ontinyent. Por citar dos ejemplos.

Y con esa conciencia, libre de toda hipoteca, pese a los errores que seguro que los hubo, puede ir Eduardo Monfort allí donde esté. Siempre hizo lo mejor para Xàbia, con sus aliados y pese a las presiones. Porque Xàbia, aunque nunca tuvo el peso que merecía ante los grandes —al menos, en inversión—, siempre fue un caramelo para las tentaciones de los poderosos.

Ahí reside su mérito: haber sido el contrapeso de esas tentaciones, que las hubo, y muchas, durante sus mandatos. Y haberlo sido con convicciones y argumentos. Es verdad que, con el tiempo, esos deseos amainaron. Ese es su gran legado, y el de las corporaciones que presidió: enfrentarse a los designios de los poderosos. Y sobre todo, que lo hiciera un hombre de centro.

DEP, Eduardo Monfort.

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