Vivimos rodeados de imágenes.
Cada día vemos fotografías, vídeos y titulares que nos hablan de guerras, desplazamientos forzados, fronteras y crisis humanitarias. Las personas refugiadas aparecen ante nuestros ojos convertidas en cifras, estadísticas o debates políticos. Vemos embarcaciones, campamentos o largas filas de personas caminando, pero rara vez llegamos a conocer las vidas que existen detrás de esas imágenes.
La repetición constante de estas escenas corre el riesgo de producir algo profundamente peligroso: acostumbrarnos. Acostumbrarnos a mirar sin ver.
Sin embargo, ninguna persona abandona su hogar por capricho. Detrás de cada desplazamiento existen historias atravesadas por el miedo, la pérdida, la violencia y la supervivencia, pero también por el amor, los vínculos, los proyectos de vida y la esperanza.
Las personas refugiadas no huyen únicamente de las guerras. También escapan de la persecución política, religiosa o étnica. Huyen de conflictos armados, de violaciones graves de derechos humanos y, en muchos lugares del mundo, de la persecución por motivos de orientación sexual, identidad de género o pertenencia a determinados grupos sociales.
Detrás de cada solicitud de protección internacional existe una historia que merece ser escuchada.
El derecho al asilo constituye uno de los pilares fundamentales de los derechos humanos. Reconoce que toda persona que huye de la persecución o del peligro tiene derecho a buscar protección y reconstruir su vida en condiciones de seguridad y dignidad. No se trata de una concesión ni de un privilegio, sino de una garantía reconocida por el derecho internacional y construida a partir de algunas de las experiencias más dolorosas de la historia reciente.
Sin embargo, vivimos un momento en el que este derecho enfrenta importantes desafíos. El endurecimiento de las políticas migratorias, la externalización de fronteras y la creciente normalización de discursos excluyentes amenazan con debilitar principios que durante décadas han constituido una referencia ética y jurídica para la protección de las personas más vulnerables.
Cuando una sociedad comienza a cuestionar la dignidad de unas personas, acaba debilitando los derechos de todas.
Frente a esta realidad, resulta más necesario que nunca generar espacios que nos permitan recuperar la mirada humana. Espacios donde las personas refugiadas dejen de ser una categoría abstracta para convertirse de nuevo en personas concretas, con nombres, recuerdos, afectos y sueños.
Elche es una ciudad diversa, construida también por quienes llegaron desde otros lugares buscando seguridad, oportunidades o simplemente un futuro mejor para sus familias. A lo largo de los años, entidades sociales, administraciones públicas y ciudadanía han contribuido a construir una comunidad donde la convivencia intercultural y la defensa de los derechos humanos forman parte del patrimonio colectivo de la ciudad.
Defender el derecho al asilo significa también proteger esa capacidad de acogida y solidaridad que nos define como comunidad.
En este contexto nace "Trazos de Coraje", una iniciativa impulsada con motivo del Día Mundial de las Personas Refugiadas que propone una experiencia sencilla pero profundamente necesaria: detenerse. A través de la ilustración, el micro-cine y la escucha individual, la campaña invita a acercarse a historias reales de desplazamiento forzado desde la empatía y la reflexión.
Porque quizá el problema nunca fue mirar. Quizá el problema fue no detenernos.
En una época marcada por la inmediatez y el exceso de información, dedicar un minuto a escuchar una historia puede parecer un gesto pequeño. Sin embargo, es precisamente en esos pequeños gestos donde comienzan a construirse las sociedades más humanas.
Detenerse a mirar no resolverá por sí solo las guerras, las fronteras o las desigualdades del mundo. Pero puede ser el primer paso para reconocer la humanidad compartida que existe al otro lado de cada historia.
Porque nadie debería tener que abandonar su hogar para poder vivir sin miedo. Y porque toda persona merece encontrar un lugar donde sentirse a salvo.
* Angeles Rodes Lafuente es psicóloga y forma parte del Área de Igualdad de la Fundación Elche Acoge