La reciente noticia, publicada en la sección de Economía de Europa Press, de que Vicky Foods -el grupo alimentario valenciano propietario de la marca Dulcesol que opera en Argelia a través de su filial Dulcesol Maghreb Sarl- ha invertido 19 millones de euros en ampliar su planta de Sig, en la wilaya de Mascara y a 35 km de Orán, es, sin duda, un excelente titular para la economía local argelina. La compañía explica que esta inversión permite duplicar su capacidad productiva, incorporar nuevas líneas y laboratorios, y contempla la creación de cerca de 100 nuevos puestos de trabajo "a corto y medio plazo". Es un anuncio que merece ser celebrado porque habla de confianza en el territorio, de apuesta industrial y de integración en cadenas de valor que van más allá de las fronteras argelinas.
Y es precisamente esta trayectoria la que invita a plantear una reflexión adicional: con doce años de actividad, ¿no sería el momento de pasar de hablar principalmente de creación de empleo a hablar también de consolidación de empleo estable, de calidad y con perspectivas de futuro? La trayectoria de la planta abre, además, el debate sobre el papel que las empresas consolidadas deben desempeñar en el desarrollo local y en la creación de alternativas reales para los jóvenes que, de otro modo, podrían verse empujados a emigrar de manera irregular.
De la expansión industrial a la madurez exigible
Una planta industrial con más de una década de actividad no es un experimento, ni una fase de prueba. Desde el punto de vista financiero, es un activo maduro, con procesos consolidados, mercados conocidos y una presencia que ya forma parte del paisaje productivo de la región. En ese contexto, el lenguaje habitual de "creación de empleo a corto y medio plazo" resulta insuficiente. No es falso, pero es parcial puesto que se centra en el incremento puntual de plantilla ligado a la ampliación, pero deja en la sombra la naturaleza de los empleos ya existentes y futuros.
A la luz de esta trayectoria, la sociedad argelina -y en particular los agentes sociales y la prensa- tiene derecho a preguntar cuántos de esos empleos son ya indefinidos, qué porcentaje de la plantilla está en régimen temporal, si existe un plan explícito de transformación de contratos a medida que la planta crece, y si se está apostando por carreras profesionales internas, formación continua y promoción desde dentro.
En definitiva, no se trata de desconfiar de la inversión extranjera -que hoy puede establecerse libremente o bajo fórmulas mixtas según el sector, como el esquema del 70% de capital español frente al 30% local en este caso concreto-, sino de exigir que, cuando una empresa lleva más de una década en el territorio, el debate público suba de nivel, pasando del "cuántos puestos se crea" al "qué tipo de puestos se crean y se consolidan".
Un ecosistema consolidado: más allá de un caso aislado
Este caso se inscribe en una dinámica más amplia, marcada por la presencia histórica de empresas españolas en Argelia, que han garantizado su continuidad al transitar de meras exportadoras a productoras y socias industriales locales. Al fabricar en el país e integrar tecnología e I+D, logran sortear las barreras arancelarias y responder a la apuesta de Argelia por reducir las importaciones y producir localmente bajo el lema Mantuj Bladi (producción nacional). Esta transformación estratégica les otorga liderazgo en sectores clave como la alimentación, la construcción, la energía y las infraestructuras, con estabilidad financiera y arraigo a largo plazo.
Junto a Vicky Foods operan otros grupos como GB Foods (Gallina Blanca, Avecrem), con más de 25 años de presencia y fábrica propia; Pinturas Isaval y Manufacturas Taberner en la construcción; o gigantes energéticos como Naturgy, Repsol y Cepsa. En conjunto, el censo del ICEX registra más de 120 empresas españolas con intereses en el país, configurando un ecosistema industrial muy diversificado.
Ante un tejido tan amplio, hablar de la calidad del empleo exige mirar más allá de un solo grupo. Cada una de estas empresas tiene ante sí la responsabilidad de demostrar cómo la inversión exterior puede impulsar un desarrollo industrial sostenible y socialmente justo.
El empleo de calidad como dique estructural frente a la migración
La migración irregular no nace de la nada. Detrás de cada joven que arriesga su vida en una ruta peligrosa hay, casi siempre, una combinación de falta de oportunidades, precariedad laboral y ausencia de perspectivas a medio plazo. Argelia conoce bien esta ecuación. Por eso, toda política seria de control de flujos migratorios debe incluir, de forma estructural, una política de empleo digno y estable para la juventud.
En este marco, las empresas industriales extranjeras con larga trayectoria juegan un papel clave. No se les pide que resuelvan solas el problema del desempleo juvenil, pero sí que asuman su responsabilidad social ofreciendo contratos estables, salarios justos y posibilidades reales de promoción. Una planta que lleva doce años en Orán y ahora duplica su capacidad tiene la obligación moral, contractual y fiscal de contribuir a crear un entorno en el que un joven pueda imaginar su vida sin necesidad de emigrar. Hablar de freno a la migración irregular mediante el empleo no es retórica porque cada contrato indefinido y cada plan de formación es un dique contra la desesperanza, más efectivo que cualquier medida disuasoria.
Empleo estable y movilidad: las dos caras de la misma moneda
Ahora bien, una política basada en el empleo estable debe ir acompañada de una reflexión sobre la movilidad. No basta con crear puestos en origen si, al mismo tiempo, se cierran las puertas a la circulación legal hacia Europa. La combinación de empleo precario y visados inaccesibles genera un círculo vicioso que deja a los jóvenes sin salidas. Reconocer esta realidad implica que empresas, Estados y la Unión Europea asuman su responsabilidad en la creación de un entorno donde la movilidad sea un derecho accesible para quienes buscan construir una vida digna.
¿Qué significaría en la práctica dar ese salto? En primer lugar, que los comunicados de grandes inversiones incluyeran compromisos concretos de estabilidad: porcentajes objetivo de contratos fijos, programas de formación profesional dual con institutos y universidades locales, o políticas de promoción interna.
En segundo lugar, que las autoridades utilizaran estas inversiones como palanca para negociar incentivos fiscales ligados al empleo estable o cláusulas de contenido local en las cadenas de suministro. Finalmente, se requiere un cambio en el relato público para dejar de medir el éxito solo por cifras cuantitativas de nuevos puestos.
Vicky Foods -cuyo nombre rinde homenaje en Argelia y España a su cofundadora Victoria Fernández- no es una startup que aterriza por primera vez, sino un actor con más de una década de recorrido. Por esa trayectoria, tiene la oportunidad de convertirse en referente, enviando un mensaje claro: "Aquí no solo creamos empleo; creamos empleo en el que vale la pena construir una vida".
Hacia un nuevo contrato social industrial
La ampliación de la planta de Sig es una excelente noticia. Pero las buenas noticias, cuando se repiten durante años sin evolucionar en calidad, pueden generar escepticismo. El reto actual para Argelia -en un esfuerzo compartido entre administraciones e industria- es pasar de la lógica del "más empleo" a la del "mejor empleo".
Doce años de experiencia industrial acumulada demuestran que el ecosistema ha madurado. Es hora de que el marco nacional impulse de forma explícita la creación de empleo fijo, digno y con futuro. Solo con esta alianza entre el impulso estatal y la responsabilidad empresarial la industrialización podrá ser, de verdad, una alternativa creíble a la migración irregular y una base sólida para el desarrollo local. Ahí lo dejo.
Naima Benaicha Ziani
Profesora de la Universidad de Alicante y Vicepresidenta de CIHAR