La línea que separa el optimismo del pesimismo es tan fina como la que divide la ficción de la realidad, la verdad del sueño, la genialidad de la locura o lo sublime de lo ridículo. Lo comprobamos cada mes cuando se publican las cifras del paro, que son convenientemente reinterpretadas por los responsables políticos hasta convertirse en material de propaganda partidista. De ahí que un mismo dato pueda revelar, al mismo tiempo, un éxito o un fracaso, según quien lo observe.
Estas posiciones se alejan de un análisis sereno y objetivo de la situación, más aún cuando se trata de un indicador utilizado para medir la salud de la economía a escala local. Y más en municipios medios, como puede ser el caso de Alcoy. En primer lugar, conviene recordar que el dato del paro refleja el lugar de residencia de la población activa sin empleo. Por tanto, cuando un municipio celebra el descenso del desempleo, pasa por alto que lo que realmente indica la estadística es que un vecino ha encontrado trabajo, lo cual es, sin duda, una buena noticia. Sin embargo, el dato no especifica dónde trabaja esa persona: si lo hace en el propio municipio o en otro distinto.
Así, la disminución del desempleo no basta, por sí sola, para describir el estado económico de una ciudad. Es más, puede convertirse en una cifra engañosa que sugiera un dinamismo inexistente. A escala nacional ocurre algo similar con la figura de los fijos discontinuos que, según el Ministerio de Trabajo, no computan como parados porque mantienen un contrato en vigor. Permanecen inactivos entre llamamientos de la empresa, pero no figuran como desempleados. Y así, todos satisfechos.
En el caso de Alcoy, el paro sigue situándose por encima de los niveles previos a la crisis financiera de 2008. La serie histórica muestra un estancamiento que evidencia serias dificultades de recuperación. Incluso suponiendo que todas las personas que abandonan las listas del paro encuentren empleo en la ciudad -lo cual ya es mucho suponer-, la realidad es que Alcoy presenta la tercera tasa de desempleo más alta de la provincia, un dato que debería activar las alarmas de cualquier administración responsable.
Para evitar percepciones erróneas -cuando no directamente ilusorias- en el ámbito municipal, resulta más significativo analizar, por ejemplo, el número de empresas que operan en la localidad. Este indicador sí señala la ubicación efectiva de la actividad económica, fuente generadora de riqueza. En el caso de Alcoy, el tejido empresarial también permanece estancado desde hace más de una década. La ciudad mantiene prácticamente el mismo número de empresas que en 2012, primer año con datos disponibles del Instituto Nacional de Estadística: 3.765 en 2025 frente a 3.720 en 2012.
Más preocupante es la evolución del sector industrial, que en ese mismo periodo ha perdido 116 empresas. En 2012, la industria representaba el 11,5 % del total empresarial de la ciudad; actualmente, apenas alcanza el 8,3 %. Algo no funciona cuando el sector que, según los analistas, genera empleo más estable y de mayor calidad reduce su peso de forma tan significativa. Los datos -tanto los más discutibles del paro como los más sólidos del censo empresarial- coinciden en señalar la parálisis que padece la economía local. Esa es la conclusión, se mire por donde se mire.
Alcoy sufre un freno estructural ante el que no cabe adoptar una actitud ni optimista ni pesimista, sino realista. Ello exige analizar adecuadamente el contexto y priorizar la adopción de soluciones eficaces. Como señaló William George Ward a mediados del siglo XIX: “El pesimista se queja del viento; el optimista espera a que cambie; el realista ajusta las velas”. Cuando el pensador inglés formuló esta reflexión, hace casi dos siglos, Alcoy era una auténtica potencia económica.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia