Europa se encuentra en un momento decisivo. La aceleración de la transformación digital, el auge de la inteligencia artificial y la creciente relevancia de los datos como activo estratégico han puesto sobre la mesa una realidad incómoda: la Unión Europea depende en gran medida de tecnología desarrollada fuera de sus fronteras. Esta dependencia afecta a ámbitos tan diversos como la computación en la nube, los semiconductores, los grandes modelos de lenguaje (LLM) o los agentes de inteligencia artificial (IA agentiva). Si Europa quiere preservar su autonomía económica, industrial y política, debe convertir la soberanía tecnológica en una prioridad estratégica.
No hace falta mirar muy lejos para ver que los recientes acontecimientos han demostrado que el acceso a determinadas tecnologías puede verse condicionado por decisiones comerciales, geopolíticas o regulatorias. La concentración de capacidades tecnológicas en Estados Unidos y China genera una vulnerabilidad que no puede ignorarse. Cuando una región depende de terceros para acceder a herramientas esenciales para su competitividad, su margen de decisión se reduce y su capacidad de innovación queda condicionada.
Por ello, Europa necesita impulsar una estrategia coordinada que combine inversión, cooperación y visión a largo plazo. Iniciativas como los proyectos de infraestructuras digitales comunes representan pasos en la dirección correcta. Sin embargo, el verdadero desafío consiste en escalar estos esfuerzos y convertirlos en una política estructural capaz de generar un ecosistema tecnológico propio y competitivo.
En este contexto, proyectos como EU LDT Toolbox, que han materializado la creación de una infraestructura europea de código abierto para facilitar a las administraciones locales europeas el análisis y la simulación de diferentes escenarios urbanos, conocidos como gemelos digitales locales (local digital twins) y que se han presentado recientemente en València, adquieren una relevancia especial. Más allá de su dimensión técnica, representan una apuesta por el desarrollo de tecnologías de código abierto, interoperables y controladas desde Europa. Y puede convertirse en un ejemplo de cómo la Unión Europea puede construir soluciones compartidas que reduzcan la dependencia de proveedores externos y fortalezcan la capacidad de innovación de sus territorios.
No obstante, para que iniciativas de esta naturaleza tengan éxito, es imprescindible garantizar una financiación estable y suficiente. Europa ha demostrado en numerosas ocasiones una gran capacidad para generar conocimiento e innovación, pero con demasiada frecuencia los proyectos terminan fragmentados o carecen de los recursos necesarios para alcanzar una escala significativa. La soberanía tecnológica no puede construirse únicamente mediante declaraciones de intenciones, requiere inversiones sostenidas, infraestructuras compartidas y mecanismos que permitan transformar la investigación en soluciones operativas.
Igualmente importante es la coordinación entre los Estados miembros. Uno de los riesgos más evidentes es la proliferación de iniciativas nacionales, regionales o municipales que avanzan de forma aislada. Aunque estas iniciativas suelen responder a necesidades legítimas, la fragmentación reduce la eficiencia de las inversiones y dificulta la creación de estándares comunes.
La respuesta pasa por reforzar los mecanismos de cooperación europeos y consolidar estructuras comunes capaces de actuar como referencia para todos los actores implicados. Instrumentos como los Consorcios Europeos de Infraestructuras Digitales (EDIC) deben desempeñar un papel central en esta tarea. Estas entidades pueden proporcionar continuidad institucional, gobernanza compartida y entornos seguros para la experimentación y el despliegue de nuevas tecnologías.
Al mismo tiempo, es fundamental avanzar hacia una interoperabilidad real basada en estándares abiertos y ampliamente aceptados. Plataformas comunes como EU LDT Toolbox permitirían crear un auténtico mercado digital europeo. En ese escenario, las soluciones desarrolladas en una ciudad podrían reutilizarse fácilmente en otra, reducir costes, acelerar la innovación y favorecer la aparición de proveedores europeos competitivos.
La historia reciente demuestra que Europa ha perdido posiciones en sectores tecnológicos clave debido a la falta de escalado y coordinación. La inteligencia artificial, la computación en la nube o las plataformas digitales son ejemplos evidentes. No debería ocurrir lo mismo con los gemelos digitales locales ni con las nuevas infraestructuras digitales que definirán las ciudades inteligentes del futuro.
La soberanía tecnológica europea significa disponer de capacidades propias, desarrollar tecnologías estratégicas bajo estándares abiertos y garantizar que Europa pueda decidir su futuro digital sin depender exclusivamente de actores externos. Compartir recursos, compartir conocimiento y construir un núcleo tecnológico común es una decisión inteligente desde el punto de vista económico, industrial y político.
Europa dispone del talento, la capacidad científica y el mercado necesario para liderar esta transformación. Lo que necesita es voluntad política, coordinación efectiva y una apuesta decidida por proyectos comunes. La independencia tecnológica no llegará de forma espontánea. Debe construirse, y el momento de hacerlo es ahora.
Vicent Botti es director del Instituto Universitario Valenciano de Investigación en Inteligencia Artificial (VRAIN) de la UPV