¿Queda algo por decir de Messi?

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ANÁLISIS | LA CANTINA
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VALÈNCIA. Se marchó. Como hacían las cigüeñas cuando los inviernos eran inviernos. Lionel Messi jugó su último partido con la casaca albiceleste y se despidió para siempre. Un adiós monumental en el Monumental. Más de 85.000 fanáticos llorando como niño y niños llorando como adultos. Y un país entero detrás en shock. Pura conmoción. Sus compañeros le cantaron “No te vayas…” en el autobús, de camino al estadio, pero esa decisión está muy masticada. Nada que ver con aquella renuncia cuando los trofeos le daban la espalda de manera cruel a Argentina. Messi se va -aunque sigue jugando en Estados Unidos- con la admiración y el respeto absoluto del mundo entero.

Nunca dejó un desplante, un feo gesto, una artimaña sucia o un desprecio por el rival o el aficionado. Solo respondió, en contadas ocasiones, a los bocazas. “¿Qué mirás, bobo?”, le soltó a un contrincante que se le quedó mirando desafiante en la zona mixta. Messi ha firmado una carrera modélica. Sin la soberbia de otros. Como si no le estuviera discutiendo el trono a Maradona o Pelé. Su talento nunca lo empujó hacia la soberbia. La supo mantener a raya y eso, ahora que ha llegado la hora, como en el juicio final, de hacer balance, le eleva más alto todavía.

¿Qué decir de Messi? ¿Queda realmente algo por decir? Ya solo queda por desvelar lo que cada uno lleva dentro. Como en esos spots que se han rodado en Buenos Aires en los que la gente, espontáneos, se paraban delante de un micrófono o un teléfono y le dejaban un mensaje. Por allí pasaron viejos y pibes que le agradecieron su fútbol, majestuoso, su fidelidad a unos colores y a una nación, innegociable, y su comportamiento, ejemplo para todos. “Nos hiciste mejores”, le dijeron muchos. “Nos enseñaste a no rendirnos”, señalaron otros. Un niño, emocionado, le decía que de él había aprendido a ser bueno en la cancha, pero también fuera de ella.

¿Qué más se le puede pedir a un deportista?

Lionel Scaloni, a quien admiro profundamente, tiene la gracia de condensar en una sola persona al entrenador, el excompañero y el hincha. Al seleccionador argentino lo hemos visto llorar en infinidad de situaciones. En el banco, en la banda y en la sala de prensa. La víspera, al ver llorar a un periodista mientras formulaba su pregunta, volvieron a saltarle las lágrimas. Creo que nadie ha sabido calibrar con más tino la importancia y el impacto de Messi. El último día dejó una frase para la posteridad. “La sensación de tenerlo a tu lado es algo inigualable”, dijo.

O los más jóvenes, que de chicos hacían cálculos para ver si algún día llegarían a compartir vestuario con el astro. Y cuando llegó el momento mordieron por él y se acabaron convirtiendo en mejores jugadores. Messi les hizo mejores, como a casi todos.

Quiero pensar que Pep Guardiola fue una persona crucial en su vida. El entrenador supo canalizar ese talento brutal para que brillara como ningún otro. Explotó su calidad, enriqueció su sabiduría táctica y, después de darle muchas vueltas, le encontró el sitio perfecto para que fuera más letal todavía.

Su irrupción, junto a la de aquel equipo maravilloso con Valdés, Puyol, Busquets, Xavi e Iniesta, me reconcilió con el fútbol cuando ya le había dado la espalda. Recuerdo que cuando ponían los partidos en la televisión de la redacción del periódico, yo me entretenía haciendo otra cosa. No me interesaba. Hasta que apareció ese fútbol volcánico, salvaje, hermoso, y, en el centro de todo, Leo Messi.

¿Cómo no contemplar esa obra de arte?

Ya he contado alguna vez que en Catar, de manera espontánea, nada impostada, llámenme antipatriótico si les viene bien, fui con Argentina. Deseaba con todas mis fuerzas que Messi ganara una Copa del Mundo. Al menos una. Uno de los primeros partidos que vi, el Argentina-Países Bajos, lo viví, para hacer un reportaje, en un bar de València, El Holandés, Errante, junto a Pablo Folgueiras y toda su banda de cuervos -así se llama a los hinchas de San Lorenzo-. Era lo que me faltaba. Ahí vi muy de cerca, casi lo palpé, lo que representa Messi para los argentinos.

¿Esta España preparada para querer, alentar y admirar de esta forma a Lamine Yamal si algún día se aproxima a Leo Messi? Tengo mis dudas.

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