Tecnofascismo a altas temperaturas: vamos a morir todos

Libros y cómic

SILLÓN OREJERO

El género ensayístico de que se acerca el fin del mundo cada vez cuenta con más lanzamientos y en pocos de ellos se pueden encontrar propuestas realistas para escapar

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VALÈNCIA. En 2022, el periodista Héctor G. Barnes publicaba un excelente ensayo, Futurofobia, en el que recogía el malestar social por diversos motivos, como a la falta de perspectivas económicas, la poca  autonomía que tienen los jóvenes hoy, ya se sabe que la libertad sin dinero es muy relativo, y todas las noticias que recibimos cada día sobre la destrucción del planeta que habitamos en un universo donde no se conoce otro lugar en el que podamos depositar nuestros clubes de fútbol. 

Decenas de olas de calor después, está claro que la tendencia que apuntaba el autor ahora mismo está desbocada y si algo se respira en el ambiente es la sensación de que vamos a morir todos. Podría ser una nueva pandemia, podría ser un fenómeno climatológico; podría pegarnos un tiro en la nuca un rival político hasta antes de ayer de ilustrado y moderado o podríamos acabar en la guerra como nuestros hermanos ucranianos… No hay noticia en la que, tirando del hilo, no aparezca el apocalipsis al final. 

Qué tiempos cuando entramos en la CEE. Recuerdo que nos hicieron entrega en clase de unas reglas con todas las banderitas europeas y el nombre de cada país. Era para que los niños viésemos que ya por fin pertenecíamos al futuro de las grandes naciones de nuestra era, sin embargo, la regla era flexible y no servía para gran cosa en comparación con las de plástico duro con las que deslizábamos los Rotring. Sirva como metáfora catastrofista. Ahora, a la vista de que la mitad de la UE ya tiene gobiernos abiertamente fascistas, cuando no traidores; mientras Alemania –fabricante de los Rotring- se va a la ruina industrial, la UE es nuestro único futuro posible al mismo tiempo que constatamos que la UE tiene un futuro crudo. 

La periodista del New York Times Sarah Wilson también ha captado muy bien la sensación que flota en el ambiente en su I eat the stars (Hay House UK, 2026). Estamos bombardeados con noticias sobre que la IA nos va a mandar a la pobreza extrema, donde moriremos ahogados por una inundación, abrasados por el fuego o de sed en una sequía devastadora que dejará sin alimentos a los que sobrevivan, pero la autora dice que no hay que alarmarse, que lo que está sucediendo no es la primera vez que ocurre y es muy normal. Se llama colapso de la civilización. 

En una entrevista en The Guardian, explicó que una civilización es un sistema complejo de sistemas complejos y que todos los modelos precedentes, sin excepción, han colapsado por su complejidad. Basta algo que prenda la mecha como, decía, una ola de calor, para que se desestabilice todo. Mientras tanto, firmamos muchos papelitos, pero se siguen consumiendo combustibles fósiles a mansalva y la inercia de la religión del crecimiento infinito no hace más que ir aumentando más y más la tensión sobre el sistema. 

También sostiene que, claramente, la vida va a ir a peor. La vida se va a volver extremadamente incómoda en las próximas décadas y, en ese tránsito, viviremos el colapso. El cual, por otra parte, los gazatíes, por ejemplo, pueden asegurar que ya lo han experimentado. 

Al final de la entrevista, ponía en duda que los que estamos trabajando a destajo para llegar a la jubilación vayamos a tener un periodo de tiempo en el que poder tocarnos un poco salva sea la parte y descansar, sino que nos espera un infierno y más vale que tengamos una vida bonita ahora, cuando todavía se puede. 

Sin embargo, la autora, observando la situación en perspectiva, no cree que haya una conspiración de ultrarricos. Considera que forman parte de las dinámicas que estamos sufriendo, pero no son los artífices. Por otro lado, el aislacionismo tampoco conduce a nada. Dice que menos de un 5% de las comunidades que se forman al margen de la sociedad con la intención de ser autosuficientes duran más de cinco años. 

Este punto de vista contrasta con el de Jordi Gracia en La izquierda ante el tecnofascismo (Anagrama, 2026), un ensayo en el que se queja del extravío de las socialdemocracias e izquierdas alternativas ante la alianza del dinero y la tecnología en Estados Unidos. 

No son poco conocidos los argumentos que va deslizando. La izquierda europea ha parecido olvidar cuál es la razón  de su existencia. El estado del bienestar –uno de los mayores logros de la humanidad- se cae a pedazos, mientras “las empresas con los beneficios más exorbitantes del planeta simplemente no tributan, o lo hacen en condiciones extraordinariamente favorables en Irlanda o Luxemburgo”. 

Esos "empresones" tienen un plan, denuncia, eliminar cualquier tipo de autonomía intelectual en la mayoría de la población y conducirla al estrecho callejón de sus intereses más inmediatos. Ahora que hay discusiones teológicas sobre nuestros orígenes religiosos o nacionales, Gracia afirma: “La civilización occidental ha crecido desde el humanismo y, sobre todo, desde la ilustración gracias a la capacidad del individuo de cuestionar lo que sabía y descubrir lo que ignoraba, romper con las inercias de la tradición, desobedecer enérgicamente las tonterías de sus padres y de sus madres (y ya no te cuento de los abuelos) y a las presuntas autoridades inatacables para desbordarse a sí mismo: eso es la emancipación civil de la historia y ha sido Occidente quien la puso en marcha contra cualquier sacralización”. 

Pero no solo estamos perdiendo la capacidad de juicio, sino que se nos ha olvidado el papel del Estado, lo cual es especialmente sangrante en un país como este, dice Gracia, que salió del subdesarrollo no hace mucho. Pero la conclusión final es una alusión a Machado y el “Haced política porque si no alguien la hará por vosotros” y ninguna propuesta concreta para enfrentarse al monstruo que controla nuestras comunicaciones y pensamientos con su magia algorítimica. Va a hacer falta algo más que voluntad.

 

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