Rodrigo Sorogoyen, director de ‘El ser querido’: "El éxito es poder seguir dedicándote a lo que quieres"

Entrevista

Murcia Plaza Cultura

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El cineasta estrena El ser querido, un drama protagonizado por Javier Bardem y Victoria Luengo que lleva al interior de un rodaje el reencuentro entre un padre ausente y su hija. No hay ninguna película de la filmografía del director español que se parezca a este drama crudo, de una tensión por momentos apabullante, donde importa tanto lo que dice el guion como los silencios sostenidos. Una obra que fue seleccionada para el Festival de Cannes donde se cuenta la historia del director de cine Esteban Martínez (Bardem) y su hija Emilia (Luengo),, actriz de bajo vuelo, quienes más de diez años después se reencuentran para trabajar juntos en la nueva película que dirigirá el padre. Esa primera reunión revelará el deseo de redención del director y las heridas aún latentes que guarda la hija.

Pregunta. He leído que tus amigos y la gente cercana te llaman Rui. ¿Prefieres que te llamen así?

Respuesta. Sí. Como cada vez tengo más entrevistas, me acostumbro más a Rodrigo, pero mis amigos y la gente querida me llaman Rui.

P. El ser querido coincidió en la competición de Cannes con La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo, y Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar. Hablabas de unas 5.000 películas aspirantes para solo 24 seleccionadas. ¿Qué supone que tres fueran españolas?

R. Es increíble. Es una alegría y un orgullo. Está muy bien que nos lo repitamos y lo recordemos, porque la vida va tan deprisa que hay que detenerse en estas buenas noticias. Es un ejemplo de lo bien que va el cine español, de las grandes películas que se hacen, de los grandes equipos humanos que las hacen, del enorme talento que hay y de lo bien que se están desarrollando las políticas en este sentido. Este año ha sido como el culmen —ojalá el año que viene se supere—, pero es algo que viene de varios años atrás.

  • Sorogoyen con los dos protagonistas. -

P. La película acaba de llegar a las salas y ya habéis participado en algunos coloquios. ¿Cómo está siendo la respuesta del público y de tus compañeros de profesión?

R. Muy bien. Estoy muy contento. Estamos recibiendo mensajes muy entusiastas y muy generosos, tanto de gente de la profesión como de espectadores que no pertenecen a ella. Es muy bonito compartir el trabajo que has hecho durante tanto tiempo y notar de repente que llega al espectador.

Me gusta que llegue la historia en sí, porque, en el fondo, estamos contando la historia de este padre y esta hija. Pero también me satisface que se valore una película exigente, compleja, que no es sencilla. Es una doble satisfacción. A veces acostumbramos tanto al espectador a lo fácil, a lo facilón, como esas películas de Marvel que cuestan millones y cuentan una historia que has visto 18.000 veces, sin ninguna complejidad, que luego se utiliza la excusa de que eso es lo que quiere el público. No es lo que quiere: es que solo le estamos enseñando eso.

Es como quien come McDonald’s todo el rato. Dices: "Es lo que come la gente". Ya, coño, porque el marketing es increíble y porque le das algo adictivo y fácil de consumir. Pero una persona prefiere un chuletón a McDonald’s. Cuando haces una película —en este caso puede ser la nuestra, pero hay mil ejemplos— y un espectador valora esa complejidad, ese trabajo y esa profundidad, se agradece mucho. Es muy satisfactorio.

P. La larga escena inicial podría sostener por sí sola una película. Hay mucha contención tanto en el personaje de Victoria Luengo como en el de Javier Bardem. ¿Ha sido uno de tus rodajes más exigentes?

R. Me parece la película más compleja y más arriesgada que hemos hecho. Eso es así. Ahora bien, si le hubieras preguntado al director que acababa de terminar As bestas, te habría dicho que aquella era igual de difícil; y al de Que Dios nos perdone, igual.

Cada película y cada rodaje tienen sus reglas, sus desafíos y sus retos. Si nos ponemos a leer la letra pequeña, todos son distintos, pero, desde una visión más amplia, todos se parecen mucho: en todos lo pasas mal, en todos puedes llegar a pasarlo bien, en todos estás muy nervioso y muy inseguro, y en todos tienes que trabajar mucho. En ese sentido, tampoco quiero diferenciarlos tanto.

En cuanto a la contención, consiste en trabajar con los actores. Hay un guion que ya te dice algo, que te guía, y un actor lo lee y piensa: «Vale, creo que esto va por aquí». Pero luego tienes que ensayar, entenderte con ellos y encontrar la película. La vas construyendo día a día, y eso también es muy bonito.

P. ¿Cómo surge la idea de abordar el abandono de un padre y su deseo de redención?

R. Surge de hablar sobre paternidades y de querer contar algo más íntimo que As bestas, Que Dios nos perdone, El reino o Antidisturbios; algo más cercano. Nace del deseo de hablar de personajes más próximos a nosotros, en lugar de policías o políticos corruptos, y de contar un mundo más cercano. También de intentar escribir con otras reglas, de plantearnos otro desafío Isabel Peña y yo, y de querer hablar de sentimientos. Es mucho más difícil escribir una película de sentimientos que un ‘thriller’, está clarísimo. Surge de todo eso.

Un día nos pusimos a hablar de padres: del padre de Isabel, del mío y del de Victoria Luengo. Estábamos comiendo, porque somos amigos los tres, y de repente dijimos: "Padres... Aquí hay mucha tela que cortar". Había muchos recuerdos, relatos y sentimientos sobre la mesa. A partir de ahí nos inventamos una historia, pero surge de aquella conversación.

  • Sorogoyen con los dos protagonistas. -

P. ¿Qué aportaba a esa relación entre padre e hija situar la historia durante el rodaje de una película?

R. Aportaba muchísimo. Teníamos la historia de un padre y una hija y de un abandono, pero necesitábamos un contexto. Podrían haber sido abogados, obreros o zapateros. El mundo del cine nos ofrecía dos cosas fundamentales. La primera era hablar del relato, algo que nos interesaba mucho. Qué mejor que dos personas que se dedican a contar relatos. Un zapatero no se dedica a eso, pero dos cineastas —una actriz, un actor o un director—, si los sitúas en un rodaje, pasan los días contando una historia; en este caso, una historia en el desierto y en el Sáhara.

Ahí había un espejo muy rico e interesante. Ellos son dos personas que tienen que contarse sus propios relatos y escuchar el relato del otro, mientras se levantan todos los días a las siete de la mañana para contar otra historia. Eso nos interesaba.

La segunda razón era que, al hacer director al padre, le dábamos un aura de genio, de jefe, de alguien que manda y dirige a mucha gente. La hija podía admirar a ese padre y temerle al mismo tiempo. Y lo más interesante es que un director le dice a un actor cómo tiene que vestirse, maquillarse, andar, hablar o comer. La hija tenía que enfrentarse a algo que nunca había vivido: que su padre le dijera «vístete así, come así, maquíllate así, anda así, habla así».

Ahí entraban tanto las miradas como la validación. Una hija que no se ha sentido mirada va a pasar dos meses trabajando en una película bajo la mirada constante de su padre y, sobre todo, siendo validada, que es lo que necesitaba en su infancia. No lo tuvo y ahora, cuando ya es una mujer, tiene que estar pendiente de esa validación, con la inseguridad de preguntarse: "¿Me estará validando? ¿Lo estaré haciendo bien?". Había algo muy rico que no podía darse de la misma manera en otra profesión.

  • Sorogoyen con Raúl Arévalo. -

P. Aunque sea una visión ficcionada, la película también permite observar un rodaje desde dentro. ¿Puede despertar en el espectador una mayor curiosidad o cercanía hacia el cine?

R. No es algo que intentásemos exactamente, pero puede ocurrir con los espectadores curiosos. Hay todo tipo de espectadores porque hay todo tipo de personas y de seres humanos. Pero, evidentemente, si alguien tiene esa curiosidad y el relato está bien narrado, supongo que habrá muchos espectadores que se acerquen con más curiosidad y más amor hacia este oficio.

P. Eres uno de los directores más reconocidos y exitosos del cine español actual. ¿Ese éxito ha cambiado tu capacidad para levantar nuevos proyectos?

R. Sí, claro. Me siento un privilegiado y he sido muy afortunado. Para mí, el éxito no consiste en tener un coche más grande o más dinero. El éxito, bien entendido, es poder seguir dedicándote a lo que quieres. En mi caso, lo que me gusta es hacer películas y cada vez lo tengo más fácil.

También te digo que lo malo de las rachas —y hay miles de ejemplos que lo atestiguan— es que dentro de cinco años uno puede no estar en esta situación perfectamente. Pero, a día de hoy, estoy muy agradecido por este privilegio y esta fortuna. La prueba del éxito es esa: ahora es más fácil. Nunca es facilísimo hacer películas en este país, pero yo lo tengo más fácil que otros cineastas, para quienes levantar una película resulta mucho más complicado.

P. ¿También notas que la gente se dirige a ti de otra manera?

R. Mis amigos, no, y eso es lo que hace que sean amigos y que sean tan buenos amigos. Nos conocemos desde hace mucho, trabajamos juntos desde hace mucho, nos vacilamos, bromeamos, ellos se ríen de mí y yo me río de ellos. Ojalá siempre sea así. Si cambiara, seguramente dejarían de ser amigos o de formar parte de ese círculo. Pero, fuera de ahí, lo que tú me acabas de decir no me ocurría antes. Si te refieres a eso, sí, claro.

P. Hace poco decías en una entrevista con ‘Vanity Fair’ que estás bastante harto de las series, pese a haber dirigido dos magníficas como ‘Antidisturbios’ y ‘Los años nuevos’. ¿Te ha cansado la enorme oferta o es que ahora ninguna te llama la atención?

R. Tiene que ver con eso. Nunca he sido un gran espectador de series, pero siempre he tenido ese radar —porque es difícil no tenerlo— que te dice: «Esta serie está bien». Aunque tú no la veas, todo el mundo habla de ella. Hace mucho que no detecto esas grandes series que te hacen pensar: «Hostia, esto merece la pena verlo». Al menos, yo ya no lo detecto.

Y, sobre todo, enciendes la televisión, entras en las plataformas y dices: "Hostia, tío, hay tantas, tantas, tantas...", pero ninguna me llama demasiado la atención. Y las consideradas buenas... Por ejemplo, The Bear: me cansé bastante de esa serie. Bastante, bastante. No me parece en absoluto una gran serie. Está bien rodada, el actor mola mucho y el mundo puede resultar atractivo, pero ¿tres, cuatro o cinco temporadas de eso? No sé cuántas son.

A eso se suma que hay que defender siempre el cine. Si las series estuvieran heridas de muerte y el cine viviese un momento brillante, a lo mejor estaría diciendo otra cosa, pero no es así. Las salas están heridas de muerte. Se gastan millonadas en películas de Marvel que, con perdón, no me parecen interesantes, mientras cuesta muchísimo que cineastas interesantes cuenten su historia, lleguen a los cines y alcancen a la gente joven. En mi postura hay incluso algo parecido a una decisión política.

Pero no es solo eso. Si encuentro una historia que me parece interesante, que debe ser contada y que tiene que ser una serie, haré una serie, por supuesto.

  • Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen. -

P. ¿Qué diferencia encuentras entre escribir y rodar una serie o una película? ¿La serie permite desarrollar mejor a los personajes?

R. Por supuesto. Igual que una película de cuatro horas permite desarrollar más a un personaje que una de 90 minutos. La gran diferencia es el metraje. Lógicamente, ese metraje lo puedes invertir en lo que quieras. Hay gente que no desarrolla a los personajes por muchos millones de minutos que tenga, pero cuentas con esa posibilidad. Y cuando una historia lo permite, está muy bien.

En una serie como Mad Men, que es un pedazo de serie, la complejidad de los personajes se va sumando capítulo a capítulo. Por lo demás, encuentro muy pocas diferencias: yo me lo tomo igual. Recuerdo que mis procesos de escritura de Antidisturbios se parecían muchísimo a los de El reino o As bestas, y el rodaje de Antidisturbios también se parecía mucho al de As bestas. Al menos en mi forma de afrontarlo, veo pocas diferencias.

P. ¿Fantaseas con una segunda temporada de Antidisturbios o de Los años nuevos, aunque sea a medio o largo plazo?

R. Son series a las que tengo tanto cariño que fantaseo con segundas temporadas. Eso no significa que vayan a hacerse; es muy difícil. Pero fantaseo con una segunda temporada de ‘Los años nuevos’, por supuesto. Me encantaría retomar a esos personajes dentro de diez años, quizá. Lo hablo con las guionistas, pero luego hay que cuadrar las agendas.

Y lo mismo ocurre con Antidisturbios. Está perfectamente preparada para una segunda temporada. Pero hay que dedicarle mucho tiempo y no sabemos si lo haremos.

P. ¿Qué películas has visto últimamente que te hayan gustado especialmente? No tienen que ser estrenos recientes.

R. Hay una película de hace unos años que tenía pendiente y no había visto: Quo Vadis, Aida?, una película bosnia sobre la matanza de Srebrenica. De hecho, ayer murió Ratko Mladić, conocido como el 'carnicero de los Balcanes'. Es un personaje que aparece representado en la película. Me gustó muchísimo y la recomiendo mucho.

También vi en Filmin Pillion, que es del año pasado y la tenía pendiente. Me pareció buenísima, la verdad. Y otra película que todavía no se ha estrenado, y que vi en dos festivales —uno en Luxemburgo y otro en Cartagena de Indias, en Colombia—, es Blue Heron. Muy buena.

 

P. El miércoles puede conocerse si ‘El ser querido’ entra en la carrera como precandidata española a los Oscar. ¿Estás nervioso?

R. Ojalá. Todavía no estoy nervioso; cuando se acerque la fecha lo estaré. Ojalá sea así pronto.

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