Cine

¿Y TÚ QUÉ MIRAS?

¿Qué os pasa con 'El diablo viste de Prada' y su apología del maltrato laboral y el turbocapitalismo?

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VALÈNCIA. “Ya está aquí la chica que necesita validación”, le dice Nigel (Stanley Tucci) a Andy (Anne Hathaway) cuando esta última comenta el desprecio con que Miranda (Meryl Streep) la acaba de tratar. Y no, no es un diálogo de la película de hace veinte años, sino de la segunda parte recién estrenada, esa en la que Andy es una mujer hecha y derecha de 42 años, una periodista premiada y de prestigio que ha recorrido medio mundo cubriendo todo tipo de conflictos y crisis y a la que han llamado para que salve Runway, la revista de moda y estilo que dirige Miranda. 

Y ese es también el punto exacto en el que empecé a cabrearme con la secuela, exactamente igual que me había cabreado con la película original. El enfado no procede de que en la ficción alguien una diga una burrada terrible, otra sea despreciable o fulano se dedique a insultar. Como he dicho muchas veces, y esto hay que grabarlo a fuego, nunca hay que confundir el punto de vista de un personaje con el de la película. El problema con El diablo viste de Prada, original y secuela, es, precisamente, que ese, el de justificar y hasta es el punto de vista de la película. Parece que no, porque intenta disimularlo, pero es lo que hay.

Veamos las primeras secuencias del film. Es un montaje paralelo que muestra a Andy preparándose para empezar el día e ir al trabajo alternado con planos de otras mujeres haciendo lo mismo. Esas mujeres son como las de esas revistas, esto es, altas, bellas, estilizadas, fabulosamente peinadas y maquilladas y vestidas de lujo. Por supuesto, no van en metro, esa vulgaridad, solo cogen taxis. A Andy la vemos con vaqueros y camiseta de confección, pelo suelto tras haberle aplicado un poco el secador, tan normal como usted y como yo, y va en metro. Podríamos pensar en ese inicio que lo que se contrapone es la realidad frente a un mundo falso y glamouroso de revista de moda y publicidad de lujo, pero es que el aprendizaje de Andy es que esa ha de ser la realidad, porque lo otro es indeseable, un mundo de pobres sin estilo ni personalidad, loosers.

Me dirán que, en la evolución del personaje en la peli original, acaba emporándose y librándose del yugo de Miranda, pero quiá, nada de eso. Ella ya está emporada cuando comienza la película, y es la soberbia y el egoísmo de Miranda, que todo el mundo acepta como una especie de signo de genialidad (sí, ya sé que en la vida real esto también pasa, desgraciadamente), y la pleitesía con que todo el mundo la trata, los que la hacen dudar de sí misma hasta llegar a pensar que es una fracasada porque no puede resolver una situación, en realidad un capricho de su jefa, por algo que no depende de ella, nada menos que un huracán en Miami. Aunque se va de la revista, lo hace tras resolver problemas que siente como suyos, aunque no lo son. Y, por supuesto, muy orgullosa de a) haber rebajado alguna talla, tras ser llamada gorda y desaliñada de todas las formas posibles, y b) tras haber pulido su imagen vulgar e ir vestida como una triunfadora según el modelo que fomentan las revistas femeninas como la que ha dejado atrás, porque esa es la única forma de empoderarse que la película defiende. Bueno, la única no, la otra es ser un bicho y una mala persona, y ejercer el poder de forma despótica, despiadada y arbitraria mostrando sin tapujos el asco que da la clase trabajadora. Todo muy chic.

Confieso que nunca he podido entender el éxito de El diablo viste de Prada y que haya acabado convertida en una especie de obra de culto, especialmente para una generación de mujeres o varias. Pero ¿qué os pasa con esta peli? Es una apología del maltrato laboral, una oda al turbocapitalismo más feroz y al consumo desaforado y no, no es un ejemplo de feminismo por todo lo que aquí estoy contando. Y para que quede claro, no lo digo desde el gafapastismo, como algunos pueden estar pensando, ni es un desprecio por la frivolidad, que cuando es inteligente nos proporciona momentos de gran deleite. Para que conste en acta: uno de mis placeres cinematográficos es la comedia romántica y veo muchísimas, incluidas pelis de tarde, incluidos telefilmes alemanes o incluso navideños. Hala, ya lo he dicho. Por supuesto, esta querencia mía me cuesta grandes disgustos porque el género, no hace falta subrayarlo, está en estado comatoso, ay. 

Que sí, que Meryl Streep está perfecta como jefa y persona odiosa, pero convengamos en que, con toda su sabiduría actoral y su condición de icono, le basta con subir una ceja y mirar con desdén para clavar un personaje tan unidimensional como ese. Vamos, que lo puede hacer dormida. Y los trajes son fabulosos, y Hathaway, Blunt y Tucci (algún día le harán justicia a este gran actor todoterreno) cumplen sobradamente y qué bonito París.

Y ahora, veinte años después, la segunda parte no hace más que insistir en lo mismo, con el agravante de que Andy es una triunfadora, solo que de otra especie, con un éxito conseguido como periodista de investigación y mujer informada y culta, preocupada por el mundo y los derechos humanos… que vuelve a no ser nada cuando llega, otra vez, a Runway. Sí, al final todo se arregla, según las reglas de la comedia, y su capacidad e inteligencia sirven para que Miranda, el ejemplo tóxico y perverso de lo que produce la sociedad capitalista, acabe ganando otra vez. Todo ello sin ironía ni crítica social alguna, que no va de eso. Va de esto: el triunfo en la vida asociado a lo laboral y a una imagen perfecta, solo accesible para ricos o psicópatas. El maltrato en el trabajo como práctica completamente aceptada y hasta ensalzada: “es que ella es así, ese es su carisma y es admirable lo que ha conseguido”. El lujo y el dinero como horizonte vital. De verdad, basta. 

 

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