VALÈNCIA. En uno de los primeros episodios de la serie El asombroso mundo de Gumball, los protagonistas inundan la casa. Cuando están a punto de ahogarse, salen disparados al cielo por el agua a través de la chimenea. Aún en el aire, Gumball saca un pañal mojado de su bolsillo y les dice a sus hermanos: “Tranquilos, podemos usar este pañal como paracaídas y”. Corto la frase ahí porque con la conjunción copulativa terminaba abruptamente su discurso: el gag consiste en que, mientras el pequeño gato protagonista explicaba su estrategia para no estamparse contra el suelo, efectivamente se estampaba contra el suelo.
Vi esta escena el otro día con mi sobrina de ocho años, que se meaba de la risa. El golpetazo puro y duro, la frase interrumpida por la severidad física del suelo y la cara deformada de los protagonistas tras la hostia, la hacían reír de una forma que pocas veces he visto en ella. Su madre, mi hermana, miraba atenta la tele, algo escandalizada precisamente por la explicitud de la violencia. Y es normal, porque hasta que empezó a ver El asombroso mundo de Gumball conmigo, mi sobrina solo veía Bluey, La casa de las muñecas de Gabby y, cuando era más pequeña, Peppa Pig o La patrulla canina —la propaganda de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado más sibilina de la animación reciente.
Todas ellas, series buenas en lo suyo, repletas de moraleja, discurso y mensaje —si acaso la más compleja de ellas Bluey, una serie que merece un libro—. Y sin embargo, todas carentes de la perspicacia y el ingenio, la picardía, de acercar la mente en creación de los más pequeños a las crueles leyes de la física… o de la economía. Las series más populares de la animación actual, al menos aquellas para niños de hasta 8 o 10 años, son todas bienintencionadas y está bien que así sea. Pero de alguna forma, son series que les protegen del mundo. Son más pacíficas y menos caóticas que el mundo real. E insisto en que está bien que así sea, aunque ello esconda en el fondo una contradicción: dejamos muy pronto a los niños enfrentarse al mundo e interactuar con quien lo habita en guarderías y en la educación infantil y primaria —y no hablemos de Internet—, pero le pedimos a la ficción que sea responsable y compasiva, sensible y empática, apolítica, higiénica, para nada cruel, desigual o violenta. Precisamente sobre crueldades e injusticias del mundo de hoy versa, dentro y fuera de la pantalla, Coyote VS Acme.

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- Foto: Beta Fiction Spain
Un estreno contra una injusticia
Coyote VS Acme casi no se estrena. Y no por razones artísticas ni por problemas en la producción, ni siquiera por diferencias creativas entre cineastas y productores, creadores y trajeados ejecutivos. Sino porque la que había sido la casa de los Looney Tunes desde siempre, Warner, desahució al Coyote y al Correcaminos al decidir que no estrenaría la película que protagonizaban, aunque ya estaba totalmente terminada.
La película, que mezcla animación y acción real, dirigida por Dave Green y producida por James Gunn estaba terminada en 2023. De hecho, había realizado pequeños pases para un público seleccionado, que la había alabado y recibido con entusiasmo. Pero el director ejecutivo de Warner Bros. Discovery, David Zaslav, decidió que lo mejor para la película era guardarla en un cajón porque así la declaraba como una pérdida financiera que podía deducir en impuestos. Según The Hollywood Reporter, Warner tenía previsto recuperar 30 millones de dólares en deducciones y exenciones fiscales siempre y cuando la película no se estrenase nunca.
Pues bien, aquello indignó a los fans de la animación. Entre ellos, algún trabajador de la casa, pues el actor de doblaje Eric Bauza, que había puesto voz a varios Looney Tunes, clamó públicamente contra el archivo de la película durante el festival Annecy (el más importante del mundo de la animación) de 2024. La comunidad de creadores y animadores, los fans, las redes sociales y la prensa hicieron el resto. Pronto Coyote VS Acme pasó de ser una piedra en el zapato de Warner a un pedrusco que podía aplastarles reputacionalmente: Warner decidió vender su distribución. Y tras poner palos en las ruedas en negociaciones con grandes distribuidoras como Netflix, finalmente la vendió por 50 millones de dólares a la distribuidora independiente Ketchup Entertainment que había estrenado Looney Tunes. El día que la Tierra explotó. La película, que llega a los cines cuatro años después, lleva recaudados 96 millones de dólares en todo el mundo y ha recibido las mejores críticas posibles.

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- Foto: Beta Fiction Spain
Otros ‘dibujitos’ son posibles
Curiosamente, Coyote VS Acme narra una historia con fuertes ecos de lo ocurrido con la película en sí misma. Coyote denuncia a la empresa de productos y servicios Acme por venderle durante años productos defectuosos que siempre, invariablemente, terminaban estallándole en la cara, provocándole daños y lesiones constantes. Y sin ninguna compensación. Por supuesto, sin estar más cerca de zamparse al Correcaminos, que es lo único que ha deseado el hambriento cánido siempre. Pero Acme, un gigante corporativo e industrial con una caterva de abogados dispuestos a defender los intereses de la empresa, tiene todos los medios y se sabe todas las triquiñuelas para no perder el juicio.
Un enfrentamiento de David contra Goliat que pronto se convierte en una causa por los derechos de los personajes animados. Y es aquí cuando el filme de Dave Green se pone realmente interesante. Coyote VS Acme ofrece una película para todos los públicos que tira de la nostalgia de quienes crecieron viendo aquellos golpes y porrazos clásicos de los Looney Tunes, pero que es consciente de que siempre fueron muchísimo más que slapstick. Y los utiliza, no como recurso corporativo como lo hizo Space Jam, sino como celebración de la picardía y la inteligencia de energía infantil, transformando lo que podría haber sido una comedia blanca en una sátira corporativa que hila más fino que muchas películas de juicios.
El primer resultado del diccionario para la palabra ‘picardía’ son todos sinónimos: astucia, viveza, disimulo y engaño. La segunda la define como travesura infantil o burla inocente, aunque la tercera definición contradice aquello de ‘inocente’ al describirla como intención o acción deshonesta o picante. Pillería, granujería, trastada… todas ellas son palabras que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en el singular humor de los Looney Tunes.
La película recupera la perspicacia de Bugs Bunny y sus afiladísimos razonamientos, la irritación depresiva del Pato Lucas y la tendencia al arma frente al argumento de Yosemite Sam y Elmer Gruñón —maravillosas parodias del norteamericano conservador, convertido hoy en juez del tribunal supremo—. Y en cierto modo ofrece un descargo emocional tanto al Coyote como al Correcaminos. Pero, con todo y con eso, trasciende la nostalgia apelando a un presente en el que es inevitable pensar que las grandes corporaciones gobiernan el mundo a través de la injusticia y la impunidad. Una oportunidad de ver una película tan bienintencionada como pícara con tus hijos.