A Olvido le asustan las tormentas. Dice que a todas las personas que han pasado una guerra le dan miedo los truenos. Pero esa noche, el estruendo que la despertó no venía del cielo, sino del único puente de Rescoldos, derrumbado por la tormenta y arrastrado por la riada de aquel día. El pueblo quedó entonces totalmente aislado e incomunicado del resto.
No sería, sin embargo, el único ruido que alteraría la calma de la anciana. A partir de ese momento comenzaron a aparecer golpes nocturnos, presencias inexplicables y recuerdos que Olvido creía haber perdido para siempre. Unos recuerdos que marcaron su vida y la del pueblo en el pasado, y que ahora reclamaban ser escuchados.
Confiesa Pedro Paradís que hasta este 'thriller' psicológico y rural llegó “casi por accidente”. El escritor castellonense empezó a escribir la novela desde el impulso, sin saber muy bien hacia dónde se dirigía la historia, hasta que ese desconcierto inicial acabó convirtiéndose en la propia materia del libro. También aclara, ya que se lo han preguntado en alguna ocasión, la novela que acaba de publicar es muy anterior a la Dana. En su caso, lo que le interesaba es explorar cómo la memoria individual y la colectiva se pierden casi de manera paralela. “El aislamiento y la pérdida de memoria son dos elementos que se refuerzan mucho, una cosa casi provoca la otra. Pero como se ve en el libro, hay quien decide no recordar, y hay quien no puede”.
Sobre el proceso de escritura, el peso de la memoria y los silencios del mundo rural, Pedro Paradís reflexiona en la siguiente entrevista.
-Han pasado diez años desde Zacarías. ¿Qué necesitaste que pasara -personal o literariamente- para volver a la ficción con Olvido?
-Realmente no he dejado de escribir. Doy clases de escritura creativa en Benicàssim y he seguido escribiendo, sobre todo relato. Lo que ocurre es que esta historia me ha costado mucho terminarla. Olvido es un 'thriller', y el 'thriller' necesita una planificación muy precisa para que todo encaje. Yo empecé a escribirla por impulso, sin saber muy bien hacia dónde iba; salió una historia que acabó siendo un 'thriller' y, a partir de ahí, tuve que hacer que todo cuadrara.
Además, quienes no vivimos de lo que escribimos tenemos una vida que nos reclama y un trabajo que a veces lo complica todo. Pero, más allá de eso, me di cuenta de que escribir por impulso no es la mejor manera de afrontar un 'thriller', y por eso he tenido que reescribirlo bastante y reintentarlo hasta encontrar la estructura adecuada.
-¿Qué diferencias notas hoy en tu manera de escribir o de mirar la ficción respecto a entonces?
-En cuanto al estilo, Zacarías fue una historia totalmente planificada: sabía adónde quería llegar y por qué puntos tenía que pasar. Además, estaba escrita muy desde el personaje, y escribir desde ahí suele dar personajes más redondos, aunque a veces la trama se resienta un poco.
En Olvido ha sido al revés. La escritura ha sido más impulsiva y el peso ha recaído más en la trama que en el personaje. Son dos extremos muy distintos, casi opuestos, de afrontar la ficción. Esto de dar clase te hace que quieres probar lo que explicas, también.
-¿Hubo un lugar o una experiencia concreta que activara el primer impulso de Olvido?
-Los primeros impulsos de escritura, el primer tirón fuerte, surgieron en un pueblo muy parecido a Rescoldos. Me dejaron una casa y estuve allí una semana, y fue uno de esos primeros empujes que acabaron construyendo las bases de la historia. Era curioso porque ese ambiente -los paseos y las calles con casas derrumbadas, ese aire de pueblo casi vacío- se parecía mucho a la parte vieja de Rescoldos. Había muy poca gente por la calle y ese contexto casi te llevaba solo a escribir ese tipo de historias.
-Olvido no recuerda su infancia y esa ausencia de recuerdos la descoloca casi tanto como los fenómenos inquietantes de la casa. ¿Te interesaba explorar el miedo que produce no recordar?
-Ella ha vivido así toda la vida, así que no siente miedo por la falta de recuerdos: es su naturaleza. El miedo aparece más adelante, cuando empiezan a aflorar esos recuerdos. Entonces lo que da miedo es recordar.
Para escribir sobre este tema estuve leyendo sobre la memoria y sobre cómo personas que han sufrido traumas muy duros pueden perderla, especialmente niños como Olvido, que no tienen recuerdos de la infancia. En muchos casos, la manera de recuperarlos es a través de la terapia. Puede ser muy duro recuperar estos recuerdos sin acompañamiento y sin estar preparado. Si el cerebro decide borrar algo, lo hace. Por eso, a veces, lo que da miedo no es no recordar, sino recordar, aunque sea algo que haya que hacer.
-En la novela, la recuperación de los recuerdos llega en la vejez. ¿Qué supone ese momento para la protagonista?
-Normalmente se dice que las personas mayores se instalan en los recuerdos de la infancia, y aquí ocurre lo contrario: es un personaje que no ha tenido recuerdos de la infancia y los recupera en la vejez. En ese momento parece que incluso lo agradece.
Lo que me interesaba mostrar es que una persona sin recuerdos no sabe muy bien quién es. Hay un momento en el que Olvido se da cuenta de que alguno de los recuerdos que tiene no son reales. Además, ella siempre se ha sentido diferente, porque aunque nuestra mente borre recuerdos, el trauma sigue ahí. El miedo y el dolor permanecen.
-Aunque Olvido es mayor, muchos recuerdos se cuentan desde la mirada de la niña que fue. ¿Por qué?
-Sí, porque cuando una historia la cuenta una niña puedes jugar mucho con ese tipo de cosas. Los narradores falibles, o no del todo fiables, cuentan las cosas casi sin darse cuenta de lo que están contando. Es un mecanismo muy potente. En este caso, el lector tiene más información que el personaje. Es algo que me gusta mucho utilizar. Pero también es muy propio de la vida: a veces recuerdas algo años después y lo lees de otra manera, con otra conciencia.
-Olvido no recuerda ni siquiera el origen de la cicatriz que le cruza el antebrazo. ¿Te interesaba trabajar la memoria también desde el cuerpo?
-Claro, la memoria es muy sensorial. La recuperamos o la reactivamos a través de los sentidos. Nos ha pasado a todos, oler algo y acordarte de un guiso de tu abuela. Según lo que estuve leyendo, la recuperación de la memoria suele pasar primero por la terapia y después por los sentidos, por todo lo que está ligado a lo sensorial. Esa es una de las maneras de acceder a los recuerdos.
-En la novela, “barrer” se convierte en un gesto cargado de significado: recordar y remover el polvo del tiempo. ¿Cómo surgió esa asociación tan concreta entre lo cotidiano y lo traumático?
-Me gusta esa comparación, no la había pensado así y quizá ahora la pondría en el libro. A veces escribimos e imaginamos cosas sin saber muy bien por qué están ahí. En este caso quería retratar la rutina de Olvido y cómo esa rutina se va alterando. Ella tiene una vida muy marcada: se levanta, barre, da de comer a los animales… y poco a poco todo eso se va deteriorando. También está ese olor del valle, de la tierra mojada, que despierta ciertos recuerdos; ahí aparece el primero. Y como ella estaba barriendo, ese gesto se conecta con un momento de la infancia, cuando también barría de niña. Siempre hay una asociación, aunque no sea consciente.

-La memoria individual de Olvido y la memoria del pueblo avanzan en paralelo. ¿Qué ocurre cuando no es solo una persona, sino un pueblo entero, el que decide no recordar?
-Bueno, la diferencia es justamente esa: el pueblo decide no recordar, mientras que ella no puede recordar. Al principio hay un “no queremos hablar de esto”, un silencio voluntario. Pero con el paso del tiempo, ese “no quiero” acaba convirtiéndose en un “no puedo”. Cuando pasan los años y las generaciones se pierden, la memoria colectiva también se va diluyendo.
-¿Crees que el silencio en los pueblos pequeños se vive de una forma distinta al de las grandes ciudades?
-En los pueblos, donde todos se conocen, el silencio pesa mucho más. Puedes no querer sacar un tema o no recordar, hacerte un poco el despistado u olvidarlo, pero todos saben que eso está ahí. Es un trabajo colectivo. En la ciudad, en cambio, puedes hacerte el despistado y casi nadie se dará cuenta. En un pueblo, para sostener ese silencio hace falta un pacto… o mucho miedo.
-Alba -la joven que regenta un supermercado- llega a la vida de Olvido como alguien ajeno, pero acaba ocupando un lugar fundamental en su soledad. ¿Te interesaba explorar una relación de cuidado que no fuera familiar?
-Sí, y además un cuidado mutuo. No es solo Alba ayudando a Olvido: están las dos, y cada una cuida de la otra a su manera. Desde un punto de vista narrativo, Alba era necesaria porque hay escenas que Olvido no puede asumir por sus limitaciones físicas. Pero esa necesidad inicial acaba transformándose en otra cosa. La relación se convierte en una historia de complicidad y de cariño que enriquece mucho la novela, y ese vínculo va creciendo a lo largo del relato y adquiere un peso propio.
-El lector avanza tan a ciegas como la protagonista, sin saber si lo que ocurre es real o fruto de su mente. ¿Buscabas que la lectura fuera también una experiencia de desconcierto compartido?
-En realidad, el desconcierto es compartido por tres partes: los personajes, el lector y el propio escritor. Mientras lo escribía iba tan a ciegas que en muchos momentos no sabía en qué iba a desembocar la historia. No sabía si estaba escribiendo una historia de fantasmas, de asesinos… Eso se nota en la novela. El lector avanza a ciegas porque yo iba igual, o incluso más, a ciegas que él. En las primeras páginas no tenía ni idea de hacia dónde iba todo.
-¿Cómo trabajaste el equilibrio entre sugerir y explicar, entre dejar huecos y cerrar el sentido de la historia?
-Me daba miedo que no se entendiera la historia. Para eso lo que hice fue pedir ayuda. Cuando alguien escribe, lo que más cuesta es saber si algo se entiende o no, porque como tienes toda la historia en la cabeza, corres el peligro de dar por sentadas cosas que no están en el texto y dejar al lector perdido. Por eso necesité lectores externos, gente que lo leyera y me fuera diciendo cómo avanzaba, qué entendía en cada momento. A partir de ahí, el lector va a ciegas durante buena parte de la historia, pero siempre hay pistas que lo ayudan a sostenerse. Si fuera completamente a ciegas, no tendría sentido.
-A lo largo de la novela no hay respuestas cerradas sobre cómo afrontar el pasado. ¿Te interesa más que la literatura formule preguntas que ofrecer soluciones?
-Es complicado. Respuestas categóricas tampoco estoy seguro de estar dándolas. Afrontar el pasado puede ser algo positivo, aunque duela, pero al final siempre es una decisión. En la historia, y en el caso del personaje, es una elección que tiene que tomar ella: si seguir con su vida y encerrarse en casa, o irse a casa de Alba e intentar protegerse de otra manera. No estoy tan seguro de querer dar respuestas cerradas. El personaje toma una decisión, pero podría haber tomado otra distinta.
-Después de este 'thriller' psicológico, ¿te apetece seguir explorando el género o es un libro muy ligado a un momento concreto de tu vida?
-Olvido ha sido un 'thriller' casi por accidente. Ha sido muy gratificante, pero también un esfuerzo grande. Ahora mismo creo que voy a quedarme con el cuento, que es lo que siempre he hecho y lo que más alegría me da. Con mis circunstancias actuales, siento que el cuento es el formato en el que mejor encajo y con el que me encuentro más cómodo.