'Panorama desde el puente': donde la humanidad se enfrenta a sí misma

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ALICANTE. En los primeros años de la década de 1940, antes de llegar a ser el dramaturgo que marcaría para siempre el devenir de la tragedia moderna, Arthur Miller trabajó reparando barcos en el Astillero Naval de Brooklyn. Allí, su amigo Vinny Longhi le relató un suceso: dos hermanos habían sido denunciados a Inmigración por un estibador de Red Hook. De aquella historia real —y de todos los temas transcendentales que, de por sí, ya encerraba: la otredad, la frontera entre lo legal y lo ético, la delación, etcétera— terminó naciendo uno de los más célebres títulos del teatro del siglo pasado: Panorama desde el puente.

Estrenada en el Broadway de 1955, y con Marilyn Monroe entre los espectadores del Coronet Theatre, la obra fue un fracaso. Un año después, la estrella, ya casada con Miller, también lo acompañó en su segundo intento con el texto, que, tras ser sometido a una profunda revisión, se volvió a poner en escena, esta vez en Londres. Fueron muchos los cambios que el escritor llevó a cabo en esta nueva versión: pasó de uno a dos actos, cambió el verso por la prosa, profundizó en el desarrollo de los personajes y sus conflictos… Con todo ello, llegaron el éxito y la fijación de este último texto como el definitivo. A partir de entonces, la escena universal le otorgó a Panorama desde el puente un reconocimiento que, probablemente alimentado por la triste vigencia del drama que retrata, nunca ha desaparecido. Llamado por la innegable actualidad de este título, el pasado viernes 23 de octubre, el público alicantino llenó hasta la bandera el Teatro Principal, que acogió el reciente montaje de Secuencia 3.

En este acercamiento al clásico de Arthur Miller, tanto la respetuosa versión textual de Eduardo Galán como la inteligente dirección de Javier Molina —codirector artístico del Actors Studio de Nueva York— se caracterizan por enriquecer la producción con sus propias visiones y perspectivas, sin nunca alejarse, por ello, del referente original; algo que, en una escena como la actual, es más que de agradecer. Hacia esta misma dirección apuntan el preciso diseño de vestuario de Emilio Sosa —presidente del American Theatre Wing— y la escenografía, que, diseñada por Elisa Sanz, supone un gran acierto, al no olvidarse de ninguno de los espacios originalmente establecidos en la propuesta de Miller: el salón de la casa de Eddie Carbone, las calles cercanas y la oficina de Alfieri. Así, este último, dignamente interpretado por Francesc Galcerán, puede permitirse saltar de un lugar a otro, llevando a cabo su clásica función doble de narrador y personaje.

Siguiendo con la dimensión de las interpretaciones, es especialmente destacable la transparencia con que los tres actores que dan vida al núcleo familiar de los Carbone son capaces de hacer explícitas aquellas realidades humanas que, en un texto tan complejo como este, nunca quedan del todo a la vista, sino soterradas bajo un subtexto que requiere del trabajo de un buen intérprete. En este sentido, la conmovedora Beatrice de María Adánez queda atrapada en la tragedia, pero, a la vez, se muestra lo suficientemente fuerte como para reconocer y afrontar el dudoso vínculo tío-sobrina que, genialmente dibujado por los trabajos de José Luis García-Pérez y Ana Garcés, une a Eddie con Catherine. Junto a todo esto, se ha de resaltar el sugerente modo en que queda retratada la oposición del cabeza de familia al personaje de Rodolfo, caracterizado por una masculinidad disidente que Pablo Béjar defiende con gran energía.

Completan el reparto Rodrigo Poisón (Marco), Manuel de Andrés (Tony y agente de Inmigración) y Pedro Orenes (Mike y agente de Inmigración). Todos ellos realizan, de igual modo, una muy buena labor en la que es la siempre exigente tarea de retornar a una obra tan reconocida como Panorama desde el puente. ¿Pero qué tiene este título, que nos hace volver a vernos reflejados en él una y otra vez? Como decíamos, gran parte de su eternidad ha de hallarse en lo terriblemente actual que aún resulta el drama migratorio que plantea. Sin embargo, hay algo más; algo que, quizás, resulta más difícil de admitir: la tragedia de Eddie Carbone, ese hombre que termina cayendo por no ser capaz de lidiar con sus prejuicios y sentimientos, no se aleja tanto de la tragedia propia a que el ser humano, en caso de no saber estar frente al otro y frente a sí mismo, se expone cada día. Ya lo dijo Arthur Miller: "El teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma".

 

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