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CRÍTICA DE CINE

'No hay otra opción': La gran sátira sobre el capitalismo de Park Chan-wook

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VALÈNCIA. Una vuelta de tuerca al cine satírico surcoreano ha llegado de la mano de, como no podía ser de otra manera, el gran Park Chan-wook con No hay otra opción, una apuesta que profundiza en la formulación de la comedia negra para abordar cuestiones de desesperación social y crisis de identidad masculina. 

La película, que tuvo su estreno en el Festival de Venecia, parte de la novela The Ax de Donald Westlake, previamente adaptada por Costa-Gavras en 2005, y se ha interpretado como el regreso más radical y afilado del cineasta surcoreano. 

Inspirándose en un contexto de despidos masivos y precariedad laboral, el film narra el descenso a los infiernos de Man-su, interpretado por Lee Byung-hun, un antiguo encargado de una fábrica de papel que es despedido repentinamente tras 25 años en la empresa. 

La disolución de las idílicas ideas del cabeza de familia y las consecuencias económicas devastadoras para su entorno impulsarán una espiral tragicómica de violencia. Man-su, enfrentado a la amenaza de perder la casa familiar por impagos de la hipoteca y sin opciones en un mercado laboral saturado y cada vez más competitivo, tomará la decisión de eliminar físicamente a sus rivales profesionales como forma desesperada de conseguir trabajo. 

Esta loca decisión, que combina elementos de sátira feroz y violencia desatada, se traduce en una de las sátiras más corrosivas y cómicamente crueles que se han hecho en el cine reciente. 

Park Chan-wook siempre había sido elogiado por su dominio de los registros del humor negro y la violencia estilizada pero, en esta ocasión, se acerca en ocasiones, a escenas que recuerdan al ‘cartoon’.  

La película comienza con una velada familiar aparentemente perfecta: una barbacoa en el jardín bajo una lluvia de pétalos, donde se encuentra la mujer de Man-su (Son Ye-jin), sus hijos y unos perros retriever. Sin embargo, este espejismo se rompe cuando los nuevos propietarios estadounidenses de la fábrica comunican a Man-su su despido, obsequiándole de forma insensible un pescado como parte del finiquito. 

El filme articula una crítica amarga al capitalismo contemporáneo y a la erosión de las seguridades materiales. La cámara se detiene en la precariedad emocional de su protagonista, que carece de herramientas para verbalizar su derrota y cae en la frustración, intentando restablecer su valía viril a través del empleo. Para ejecutar su plan, Man-su (en una de las vueltas cómicas del argumento) publica una falsa oferta de empleo en una revista del sector, solicitando que las solicitudes lleguen únicamente por correo postal, un método que le permite recopilar información sin dejar rastro digital y planear la eliminación de posibles competidores. Este mecanismo criminal se convierte en el motor de la historia, aunque Park Chan-wook se aleja del esquema clásico de asesinatos en serie para explorar otras prioridades narrativas: la dinámica familiar, el trauma infantil y la ansiedad ante la automatización. 

La presencia femenina adquiere en este relato un peso destacado. El personaje de Miri (la esposa de Man-su) no solo debe cargar con la inestabilidad financiera, sino que contribuye a sostener a la familia aceptando un empleo como higienista dental. Este giro añade otra capa de inseguridad y celos para el protagonista, que sufre incluso síntomas psicosomáticos ante la sospecha de que Miri pueda interesar a su jefe, un dentista que encarna la amenaza a su orgullo herido. 

Humor negro y crítica social se combinan en una sucesión de escenas que alternan la tensión psicológica con episodios abiertamente absurdos o slapstick, en la línea de las mejores comedias físicas. 

La banda sonora, que recurre irónicamente al Adagio del Concierto para piano n.º23 de Mozart y la escenografía subrayan la artificialidad de la felicidad familiar, mientras la historia pone en primer plano el empobrecimiento implacable de quienes caen fuera de la maquinaria corporativa. 

Además, la película no elude la relación entre la noción de masculinidad y la crisis del proveedor familiar, y añade una dimensión de advertencia sobre el futuro del empleo frente al avance de la inteligencia artificial, que se convierte en un protagonista simbólico en el desenlace. 

La sátira, lejos de limitarse a la violencia, se introduce en la propia configuración de la masculinidad y en la percepción de que solo la acción extrema puede rescatar a quienes han sido arrojados al margen por la lógica económica.

La película recurre a la ironía para mostrar que, en realidad, siempre existen otras alternativas, una verdad que parecen comprender únicamente los personajes femeninos frente a la obsesión autodestructiva de los hombres. Park Chan-wook presenta así un entorno donde la competitividad al estilo de El juego del calamar se impone, haciendo de la carrera laboral y existencial un “juego a la baja”. 

Más allá de la trama principal, diversos ‘subargumentos’ aportan dinamismo y complejidad al filme. El hijo adolescente de Miri, acusado de pequeños hurtos, y la inquietante relación de Man-su con el pasado familiar (la amenaza de perder su vivienda de infancia y el recuerdo traumático de su padre granjero) emergen como factores que profundizan en la alienación y el desconcierto del protagonista. 

Una secuencia onírica en el invernadero, cargada de simbolismo, encapsula la irrupción de lo extraño y el desmoronamiento silencioso de las certezas de Man-su. Este ‘tour de force’ interpretativo por parte de Lee Byung-hun logra dotar al antihéroe de un matiz humano insospechado pese a sus actos, sirviéndose tanto de la torpeza como de un patetismo latente. 

El contraste entre la magnitud de sus crímenes y la ridiculez de sus métodos acentúa el carácter de farsa y desolación de la cinta. Park Chan-wook, por su parte, evita reducir la película a una simple sucesión de asesinatos, centrándose en el fracaso de las promesas vitales y la transformación tecnológica que relega la acción humana al absurdo. I

Imágenes de devastación ecológica y producción automatizada de papel cierran la historia remarcando la pérdida de sentido en la vida de los personajes. Una exploración tan feroz como lúcida de las crisis contemporáneas, que pone en cuestión los relatos tradicionales de la familia, el trabajo y el poder.

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