ALICANTE. La escritora Marta Sanz participa este jueves, 22 de octubre, a las 19 horas, en la Casa Bardin, dentro del ciclo La mirada oblicua, organizado por el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, en una charla dedicada a Franz Kafka y la búsqueda de la verdad. En esta conversación, la autora madrileña reflexiona junto a José María Pozuelo Yvancos sobre la vigencia del universo kafkiano, la trampa de la sobreinformación contemporánea y la necesidad de cultivar miradas laterales para desarrollar un pensamiento crítico frente a la literalidad del presente.
— En una era dominada por la posverdad y la sobreinformación, ¿qué tipo de verdad podemos seguir rescatando en los textos de Franz Kafka?
— Me gustaría empezar por el comienzo de la pregunta. A mí me parece muy interesante lo que dice el filósofo Alain Badiou, que habla de la necesidad de volver a reivindicar el concepto de verdad como horizonte de la ciencia y de la filosofía, más allá de todo relativismo, precisamente para que no podamos ser permanentemente manipulados y para que el conocimiento pueda avanzar.
Eso se relaciona de algún modo con la obra de Franz Kafka, porque de alguna manera es un buscador de algo auténtico, de algo que está más allá de las apariencias y de lo funcionarial, algo universal que nos mueve a todos. Ahí está el enganche y, sobre todo, la necesidad de poner en primer plano esa literatura que nos ayuda a ver más allá de lo obvio.
Nos enseña a entender que todo es dos cosas a la vez y que todo es discutible, pero el hecho de que a todo le podamos poner una objeción o un 'pero' no significa que haya que renunciar a la verdad, a la posibilidad de comunicarnos y a todos estos valores que tenemos tan devaluados.
— A propósito de lo funcionarial, Kafka abordó la burocracia, la alienación y la arbitrariedad del poder. ¿De qué manera dialoga eso con las incertidumbres de la sociedad actual?
— Es algo que vivimos todos los días. Todos sabemos que estamos sometidos a poderes y articulaciones sistémicas de las cuales a menudo nos cuesta mucho trabajo liberarnos, incluso de las que a menudo nos cuesta mucho ser conscientes. Uno de los triunfos fundamentales del poder es que tenemos interiorizados aspectos, valores y creencias ideológicas que pensamos que son normales cuando realmente no lo son.
Kafka lo que pone en tela de juicio es este concepto de normalidad o naturalidad de asuntos que son profundamente violentos y que tienen que ver con los sistemas sociales, políticos y económicos. De todas maneras, la maravilla de Kafka es que puede ser leído de muchas maneras: hay una lectura política, una psicoanalítica, una religiosa... Cada época se apropia de él y lo actualiza en función de sus códigos, necesidades y problemas, y eso es lo que le hace un autor valiosísimo, universal y vigente.
— Hay incluso una lectura humorística si se tiene en cuenta la ironía. ¿Cómo influye en esa mirada oblicua sobre la realidad?
— Fíjate que Kafka es de los pocos escritores en este mundo que tiene un adjetivo propio, que es 'kafkiano'. Incluso con Miguel de Cervantes, cuando hablamos de lo cervantino, es una cosa específicamente literaria; puede haber actitudes quijotescas aplicables a lo cotidiano, pero no decimos cervantino para nombrar algo que identificamos en el día a día.
Lo kafkiano es esa mezcla de lo absurdo, lo violento y lo grotesco. En lo grotesco está un sentido del humor que se solapa con el horror como mecanismo para poder ver más allá de lo evidente y para afrontar todas las cosas que nos hacen daño.
— Compartes mesa con el académico y crítico José María Pozuelo Yvancos. ¿Cómo se equilibra la visión analítica de la crítica con la intuición y el oficio de la creación narrativa?
— Veremos a ver cómo fluye la charla. Yo ya he tenido algunas experiencias conversando con José María Pozuelo Yvancos y me siento muy a gusto y muy contenta con él porque es un lector fino y respetuoso. Puede surgir una sesión muy interesante porque estoy segura de que él es mucho más erudito que yo en Kafka.
Yo puedo tener una aprehensión más intuitiva, porque en el fondo creo que todas y todos somos un poco kafkianos; Kafka forma parte de nuestro metabolismo cultural prácticamente sin darnos cuenta. Él va a aportar la parte más erudita, más enciclopédica, la vinculada con los datos o con la historia, más allá de mi mirada, que sí que es más oblicua, más personal y posiblemente más distorsionada.
— En tu propia obra siempre hay una marcada preocupación por la función del lenguaje y el papel de la literatura en el debate público. ¿En qué medida la lectura de Kafka ha permeado tu forma de concebir la escritura?
— Es una buena pregunta para la que no sé si tengo respuesta. Estoy convencida de que lo kafkiano impregna nuestra manera de ver la realidad incluso sin haberlo leído, porque forma parte de ese imaginario cultural que llevamos dentro y nos llega a través de muchísimos otros estímulos. Sin embargo, yo no leí a Kafka muy pronto. No soy como otros escritores para los que su vocación literaria está muy vinculada al descubrimiento de su obra, como Santiago Alba Rico, Isaac Rosa, Luis Landero, Gonzalo Hidalgo Bayal o Manuel Vilas.
En mi caso, llego como lectora más tarde, cuando ya soy escritora y me he nutrido en otras fuentes. Al leerlo me di cuenta de cómo Kafka estaba en muchas cosas que yo había leído previamente (como el género fantástico, la literatura de terror o la narrativa política) sin saber que eran kafkianas. Todas esas obras partían de esa irradiación que inaugura una visión del mundo muy original. Más que como un detonante de mi creatividad, Kafka fue una lectura que me hizo reflexionar a posteriori sobre mis lecturas previas y sobre mi propia producción literaria.
— Pese a llegar tarde, hay quien incluso sostiene que es posible escribir narrativa sin pasar directa o indirectamente por su sombra. ¿Crees que la literatura contemporánea se ha independizarse de su influencia?
— Creo que hay sombras que son muy alargadas. Kafka llega a ti por fuentes secundarias que ni siquiera imaginas; hay algo kafkiano en géneros literarios insospechados y es muy difícil desprenderse de esa influencia. Es un poco lo que cuenta la teoría de la intertextualidad: cómo unos textos están dentro de otros, cómo dentro de unas voces hay otros ecos y a veces pierdes la conciencia de dónde vienen, aunque sea algo íntimo.
Me resulta muy difícil pensar en esa especie de liberación o de pureza, porque además sería negativo, como renunciar a un patrimonio cultural y a un aprendizaje. Sería una lástima.
— El ciclo propone mirar la literatura de lado o desde ángulos inesperados. ¿Por qué es tan importante cultivar esa perspectiva oblicua hoy en día?
— Tengo la sensación de que las llamadas buenas perspectivas a veces son las más falsas. Cuando parece que no tienes una posición privilegiada para mirar es cuando estás capacitada para ver más relieves, más sombras y más capas inesperadas. Mirar las cosas desde cierta lateralidad ayuda a ver mejor un lenguaje literario que siempre es lateral, porque en literatura muy pocas veces se cuenta lo que se pretende expresar de una manera directa.
Muchas veces lo no dicho, lo escondido, la masa sumergida del iceberg es sentimental y significativamente mucho más trascendente que lo obvio. Propiciar esas miradas laterales es una manera de apropiarse de esa esencia indirecta y metafórica que nos ayuda a desarrollar la conciencia crítica, al darnos cuenta de que no podemos quedarnos en lo superficial y que hay que practicar una lectura espeleológica y semiótica. En una época de literalidad y superficies deslizantes, las miradas oblicuas nos ayudan a ir al meollo de las cuestiones.
— Para quien se acerque por primera vez a Franz Kafka a través de este encuentro en la Casa Bardin, ¿por qué obra o resquicio de su universo recomendarías empezar?
— Para mí hay dos textos fundamentales, aunque formen parte del tópico. El primero es La metamorfosis, que fue mi entrada en su obra y es un texto absolutamente deslumbrante. Ahí se ve muy bien cómo lo real y lo fantástico se solapan y cómo la materia autobiográfica habita la literatura convirtiéndose en otra cosa. Te quedas alucinada de que Gregorio Samsa se levante una mañana convertido en un insecto, pero con lo que alucinas de verdad es con la reacción de su familia y con cómo se asume como algo normal.
Y el otro texto, que para mí fue bastante perturbador, es Carta al padre. Me parece fundamental para entender la violencia de las relaciones paternofiliales, cómo las personas de nuestra propia familia nos pueden resultar castrantes mucho más allá de sus intenciones y cómo las convenciones asfixian a las personas más sensibles. Son dos libros ideales para entrar: uno a través de un género fantástico que no es solo fantástico, y el otro desde un género autobiográfico que es mucho más que eso.