ALICANTE. Detrás de la imagen idílica de las postales de verano, la isla de Tabarca esconde una realidad con desgaste patrimonial y saturación estacional. Con una población fija de apenas medio centenar de habitantes, que en temporada alta llega a recibir hasta cinco mil visitantes al día, este pequeño territorio alicantino se debate entre la explotación turística y la resistencia identitaria. La fotógrafa y autora argentina María Cecilia Casal ha recorrido sus calles y su zona deshabitada para construir el ensayo fotoperiodístico Nueva Tabarca: La sangre ligur del Mediterráneo, que pone el foco en esas grietas.
— El ensayo propone una mirada alejada del folleto turístico. ¿Qué le llevó a poner el foco en Tabarca a finales de septiembre?
— La oportunidad surgió a raíz de una salida fotográfica programada con el grupo de fotógrafos al que pertenezco, planificada justamente para cuando terminara la temporada fuerte. Ellos iban con una propuesta de fotografía comercial con modelos, pero yo viajé con la idea fija de hacer un fotorreportaje.
Soy argentina y conocí la isla en diciembre de 2023. La había recorrido previamente con mis padres fuera de temporada y me pareció un lugar muy peculiar, especialmente por sus fachadas descuidadas. Consideré paradójico que fuera un destino turístico masivo y que, sin embargo, mostrara tantas fisuras y grietas en su manera de exhibirse ante los visitantes. Sentí que esa realidad merecía ser contada con honestidad, lejos de los clichés comerciales.
— La mayoría de la gente viaja a Tabarca buscando la imagen de una postal idílica. ¿Qué decisiones de encuadre o composición desarmaban esa 'estética de vacaciones' y mostraba las costuras?
— Antes de ir por segunda vez, estudié profundamente tanto la historia de la isla como su actualidad. Viajar con esa información me permitió entender el entorno y buscar en las imágenes los rastros del pasado de Tabarca y las problemáticas que enfrenta hoy. Sabía de antemano que quería alejarme de las postales idílicas, así que me apunté los sitios clave a los que debía ir y traté de distanciarme lo más posible de los puntos masificados.
Pasé un largo rato recorriendo el sector deshabitado de la isla, el campo. Decidí fotografiar de forma cruda las fachadas descuidadas que en su día me impactaron y la basura mal gestionada, utilizando un equipo fotográfico muy sencillo y liviano que me permitiera moverme con agilidad y pasar desapercibida.

- Bañistas en la playa del puerto, con la Torre de San José y el faro al fondo -
- FOTO: María Cecilia Casal
— Resulta chocante que un Conjunto Histórico-Artístico reciba al visitante con el Museo de la Almadraba cerrado y la Torre de San José inaccesible...
— Al haber investigado previamente, ya sabía a través de las páginas oficiales que el Museo de la Almadraba estaba cerrado "hasta nuevo aviso". Aun así, fue una decepción personal, ya que me interesaba mucho acceder para poder ver la Matrícula de los Tabarquinos y otros elementos esenciales de su historia.
Con respecto a la Torre de San José, actualmente se encuentra rodeada por una cerca por motivos de seguridad y conservación. La estructura se ve muy deteriorada, con los cristales de las ventanas rotos, y es evidente que el trabajo institucional para convertirla en un espacio museístico es todavía muy incipiente y lejano.
— 50 vecinos frente a picos de hasta 5.000 visitantes al día. ¿Cómo se vive la relación entre los residentes permanentes y ese volumen masivo de turismo del que depende su economía?
— Considero que las personas que habitan y trabajan en la isla mantienen un trato sumamente respetuoso con los visitantes; entienden que el turismo es su principal fuente de ingresos y actúan acorde a ello. En nuestro caso, de manera grupal hicimos una reserva en uno de los restaurantes locales para tomar un descanso y la atención fue muy buena.
Sin embargo, el deterioro de la infraestructura y la falta de mantenimiento general en la isla son muy evidentes a simple vista. Por eso se comprende perfectamente la necesidad de la propia gente local de querer tomar sus propias decisiones de gestión sin depender del Ayuntamiento de Alicante. Intenté ahondar más en este y otros temas con los residentes, pero creo que es un diálogo profundo que requerirá una nueva visita en temporada baja.

- Restos de la Casa de Labranza, antigua edificación rural en la zona deshabitada -
- FOTO: María Cecilia Casal
— Los vecinos están promoviendo iniciativas como la constitución de la isla en Entidad Local Menor. ¿Cómo vislumbran el futuro de su territorio?
— Lo vislumbran desde el deseo de la autogestión y la soberanía local. La iniciativa de la asociación vecinal Tabarca Isla Plana para convertirse en Entidad Local Menor nace del agotamiento frente a la inacción centralizada del ayuntamiento. Los vecinos buscan la autonomía necesaria para administrar de forma eficiente lo que les afecta en el día a día: sus residuos, la conservación de sus monumentos históricos y la regulación del turismo.
Carmen Martí es la presidenta y principal representante de la Asociación de Vecinos Tabarca Isla Plana, y a través de esta entidad lidera las principales reivindicaciones de la comunidad de residentes frente al Ayuntamiento de Alicante.
— El cementerio, orientado hacia la antigua Tabarka en la costa de Túnez, protagoniza un pasaje de singular fuerza simbólica en su trabajo. ¿Qué representa este lugar para la identidad tabarquina?
— Enrique Cerdán Tato fue uno de los mayores divulgadores sobre el cementerio de Tabarca y conocía muy bien la identidad de la isla a pesar de no haber sido nativo de ella. Como él señalaba, la orientación y la propia existencia del camposanto miran hacia el norte de África para recordar el origen y el cautiverio de los primeros pobladores. Existe una conexión emocional y simbólica muy potente entre la antigua Tabarka tunecina y este cementerio: el principio y el final, la vida y la muerte, el cautiverio y la libertad.
No es solo un lugar de descanso; es una brújula perpetua que señala hacia la patria ítala perdida y hacia un pasado de esclavitud. Esa nostalgia del inmigrante es algo que comprendo profundamente, ya que provengo de un país construido por inmigrantes y ahora mismo me toca vivir el desarraigo en primera persona.

- Acceso al cementerio de Tabarca, construido en 1912, y una flor artificial -
- FOTO: María Cecilia Casal
— A pesar de la transformación del territorio, la devoción y las tradiciones religiosas siguen presentes, como la Madonna dello Schiavo o el poema de la Puerta de San Rafael. ¿Siguen siendo un pilar identitario para los habitantes?
— Sí, absolutamente. Como bien se muestra en el reportaje, el poema de Andrea González tiene fecha de 2012. Eso significa que, si bien el estilo de vida tradicional de la isla ha cambiado radicalmente, fundamentalmente por la explotación turística masiva, la identidad de los pobladores originarios no se ha diluido. Al contrario, esas devociones y rituales se han convertido en el verdadero núcleo de resistencia cultural que mantiene unida a la comunidad.
Las procesiones, los poemas y el cuidado de las hornacinas son los hilos invisibles que conectan a los vecinos con sus antepasados. Son los elementos que les recuerdan quiénes son, de dónde vienen y cuál es su raíz cuando la isla finalmente se vacía.
— Escribes que al caer la tarde "los espectadores se retiran y Tabarca cierra el telón". Cuando los barcos se van y la isla se queda a solas con sus habitantes, ¿qué es lo que verdaderamente queda allí?
— El día que visité la isla había programado un concierto de jazz. Los músicos estaban probando sus instrumentos en el centro del pueblo, al pie de la iglesia. Poco a poco, las personas fueron llegando y acomodándose en las sillas. Intuí rápidamente que se trataba de un evento íntimo para los residentes, dado que terminaba tarde en la noche. Como marcharse de la isla requiere amoldarse estrictamente a los horarios de las tabarqueras, lamenté profundamente tener que subir al barco y no poder ser parte de un encuentro que me habría permitido ponerle cara y voz a los habitantes permanentes.
Esa noche, al fin, se libraron de nosotros, los intrusos, y disfrutaron de un espectáculo al aire libre diseñado por y para ellos. Seguramente, después de la música, lo que verdaderamente queda allí es el silencio rotundo, el paisaje seco y deshabitado, y el sonido eterno de las olas golpeando insistentemente sobre lo que queda de la muralla histórica. Queda la Tabarca real.

- Sacos de escombros junto a una construcción, en el camino que lleva a la zona menos transitada -
- FOTO: María Cecilia Casal