Los 'autodefinidos' de la cultura: Guillem Beltran en tres películas

Cine

  • Guillem Beltran
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VALÈNCIA. Una obra propia, una que le ha marcado y otra que le gustaría haber hecho para dar forma a un reto: autodefinirse en tan solo tres piezas. Desde Culturplaza proponemos a diferentes agentes culturales valencianos jugar a los autodefinidos para conocer mejor su trabajo, gustos e inquietudes, y todo ello a través de las piezas (propias y de otros) que mejor captan su esencia. 

En esta peculiar biografía los artistas se ponen frente al espejo para describirse a través del arte que les rodea. 

Hoy juega a los ‘Autodefinidos’ Guillem Beltran.

Una obra fundacional

- ¿Qué película te trajo hasta aquí?

-Kirikú y la bruja, de Michel Ocelot.

La vi con mi madre cuando se estrenó, en diciembre de 2001, en los Cines Babel. He tenido que mirar la fecha para contestar esto, porque con nueve años uno no lleva la cuenta de nada, y al mirarla me ha hecho gracia comprobar que la película llegó a España cuando el cine ya llevaba cinco años abierto. Es decir que alguien de la casa decidió traerla. Aquello, que entonces no significaba nada para mí, es exactamente lo que hago yo ahora.

No sabría decir qué me impresionó. Supongo que los colores, o esa música tan tranquila para una historia que va de una bruja que se come a la gente de una aldea. Lo raro es que lo que recuerdo con precisión no es la película: es la butaca, la entrada, la salida, estar allí sentado. Puede que me lo haya reconstruido todo con los años y que no me esté acordando de aquella tarde, sino de haberme acordado muchas veces de aquella tarde. No lo puedo saber, y he dejado de intentarlo.

Lo que sí sé es que no se me ha ido. Y que era una película de animación francesa sobre un cuento del África occidental que un niño de Valencia no iba a ver en ningún otro sitio. Con los años he acabado pensando que para eso sirve todo esto: para pasar un rato con gente que no se parece nada a ti y salir habiéndola entendido un poco. Tengo pendiente ponérsela a mi hijo, en la misma sala.

  • Kirikú y la bruja -

Una obra que retrata la casa

- ¿Qué película explica mejor qué clase de cine es Babel?

-No, de Pablo Larraín.

Larraín la rodó con una cámara de vídeo de los ochenta, de las que usaban los informativos de televisión, para que sus planos no se distinguieran de las imágenes reales de la campaña del referéndum chileno del 88. Así que es una película fea a propósito, con ese color lavado y el formato cuadrado de la televisión antigua, y le funciona: hay momentos en los que no sabes si lo que estás viendo es archivo o ficción. Yo salí pensando «quiero más de esto, esto es brutal». Me había contado un trozo de historia que no conocía, me había dado unos personajes increíbles y en ningún momento me había hecho sentir que estuviera en clase.

Y gana porque pierde. Gana el No, se acaba la dictadura, pero el protagonista vuelve a su agencia a vender productos, y ahí está todo lo que vino detrás: la transición chilena, el neoliberalismo, un país que gana un referéndum y a la vez pierde otra cosa. Ese sabor agridulce del final es lo que la sostiene.

Pero lo que más me gustó fue que me dejara ver los grises, incluido el dogmatismo de cierta izquierda, que en la película está ahí sin que nadie lo subraye. Es cine social que no da lecciones, y para mí esa es toda la diferencia. Podría haber contestado Yo, Daniel Blake, o También la lluvia, o alguna de las que me interesan sobre educación, como Radical o Profesor Lazhar. Elijo esta porque es la que mejor explica qué buscamos: algo que te emocione, que te cuente algo y que te deje pensando. No algo que te diga lo que tienes que pensar.

  • No -

Una obra culpable

- ¿Qué película te gusta y no deberías defender?

-Spider-Man, de Sam Raimi.

Con mis amigos tengo la broma de que, el día que alguien me pregunte por las tres películas de mi vida, voy a contestar Spider-Man 1, Spider-Man 2 y Spider-Man 3. Suena a chiste sobre alguien que lleva un cine independiente en versión original, y lo es, pero como todas las bromas va medio en serio. La primera la vi en 2002 en el Kinépolis, otra vez con mi madre, con diez años, y salí encantado.

No tengo claro si eso es cultura o es entretenimiento, y a estas alturas tampoco me preocupa demasiado. Son fuegos artificiales, de acuerdo. Pero los fuegos artificiales bien hechos me siguen gustando, y disfrutar de una película como un niño pequeño me parece una cosa perfectamente respetable, sobre todo viniendo de alguien que se pasa el día programando.

Y además tengo el otro cine. En La Unió, en Llíria, que abrí en 2011, se programa cine comercial y lo programo yo, así que las últimas de la saga las he puesto en pantalla con mis manos. Han funcionado muy bien, y esa es la parte que no me esperaba que me diera tanta satisfacción: que alguien de Llíria pueda ver un estreno sin coger el coche, sin hacerse veinte kilómetros de ida y veinte de vuelta, sin acabar dentro de un centro comercial y pagando poco. La Unió está para eso, para que ir al cine siga siendo accesible para cualquiera. Llevar dos salas tan distintas a la vez me ha quitado bastantes prejuicios.

  • Spider-Man -

 

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