VALÈNCIA. Borja Mompó escuchó el último disco de The Cure y le picó el gusanillo de hacer una canción con una carga instrumental como Alone. Le ha salido: se llama Una ilusión, y la primera canción de Modelo de Respuesta Polar desde su ya lejano último disco, Más movimiento, publicado en 2017. Más de seis años después de paralizar del todo el proyecto (lo hicieron sin comunicados ni giras de despedida), los diez años del disco que les puso definitivamente en el mapa, Dos amigos, les volverá a subir a los escenarios (en València, el 31 de octubre en la Sala Moon). Han cambiado muchas cosas desde entonces, empezando por la propia banda, pero también hay otras tantas que siguen igual. Por ejemplo, la vigencia de algunos temas o el impulso de Mompó por componer y componer.
— El texto original del Verkami del disco decía: “Nos embarcamos en un nuevo proyecto sin apenas saber cómo vamos a llevarlo adelante, pero nos hemos juntado con un conjunto de canciones que nos han hecho confiar plenamente en lo que venga y desde luego este era el camino.”. Más de diez años después, ¿cómo respiran estas palabras? Sobre todo hablan de la confianza que teníais en aquellas canciones.
— Sí. Leyéndolo ahora, me parece un texto totalmente atemporal. Creo que ese sentimiento ha estado siempre presente, al menos en mí y en mi forma de afrontar las cosas. De lo poco a lo que me aferro es al momento de escribir canciones. Es lo único que me guía. Siempre me he aferrado a la confianza en las propias canciones.
Leer esto me emociona porque veo que no ha cambiado mucho en ese sentido. Y luego, viéndolo con perspectiva, estas canciones realmente sí eran un buen faro al que agarrarse. Es increíble. No tenía tan fichado ese texto, pero ahora creo que sí, que era un conjunto de canciones muy bonitas. Luego se hicieron grandes, porque el Verkami lo lanzamos antes de grabar el disco.
— Pedíais 8.000 euros.
— ¡Ahora me vendrían de perlas! Con 8.000 euros ahora me grababa otro disco.
Las canciones luego crecieron, se produjeron, tomaron otra dimensión y el público terminó dándoles la magnitud que alcanzaron. Es curioso ver cómo se desarrolla todo. Grabar discos es un viaje loquísimo porque vas completamente a ciegas. Igual te pegas una hostia o igual la cosa funciona por algún lado. Es un viaje bonito, pero también muy largo.
— Leyendo una crítica de vuestro segundo disco escrita por Carlos Pérez de Ziriza en El País, él ya hablaba de una carrera algo infravalorada. Venía a decir que el primer disco era muy bueno y no tuvo la suerte que merecía; que el segundo estaba más asentado. Pero el gran salto llegó con este tercer disco. Tengo la sensación de que esa seguridad en las canciones estuvo siempre presente en el grupo, aunque fuera este tercero el que acabara reuniendo todos los factores para dar ese salto.
— Sí. Pero es que eso forma parte de la música y de la industria. Podemos estar hablando de ello durante horas y no llegaríamos a ninguna conclusión porque es una suma de factores en la que todo influye y, al mismo tiempo, nada explica del todo lo que pasa. La suerte, por ejemplo. Al final siempre se le atribuye mucho peso porque, efectivamente, tienes que estar en el sitio adecuado, con el disco hecho, tocando en el concierto adecuado, en el momento oportuno.
Nosotros, como tantos otros grupos, siempre hemos seguido adelante a nuestra manera. Recuerdo hablar de esto con Jorge Martí, de La Habitación Roja, y él también comentaba que siempre les decían que sus discos estaban infravalorados. Al final nosotros nos hacíamos un ovillo y seguíamos tirando millas. Y es normal que muchas veces tengas la sensación de que las cosas podrían haber ido un poco mejor.
— ¿Pero tenías una seguridad diferente en ‘Dos amigos’?
— No, yo creo que no. Siempre he tenido el mismo nivel de confianza: ni mucho ni poco. Siempre he pensado componer es mi pequeño lugar en el mundo. No quiero decir que sea una maravilla haciéndolo, pero sí que lo que mejor sé hacer son mis canciones —mis acordes, mis melodías, mi métrica, mis letras. Es lo que más me gusta del mundo y donde me siento más cómodo.
Por eso creo que lo de Dos amigos fue algo coyuntural. Nunca sabes cuál va a ser el momento que te marque. Nunca sabes qué es lo que va a terminar conectando de una manera especial con la gente.

- -
- Foto: JAIME ROD
— Jorge Salas te entrevistó en Culturplaza por este disco y te preguntó cómo había evolucionado el sonido del grupo a lo largo de los tres discos. Tú respondías que había una “distancia abismal” entre ellos. ¿Hacia dónde había evolucionado la música antes de entrar al estudio con Ricky Falkner? ¿Qué había cambiado en vosotros?
— Aquí sí que hay una evolución objetiva. Nosotros empezamos porque hace años escuchaba mucho post-rock japonés y pensé: “Me molaría montar una banda de post-rock”. Hace poco escuché cómo empieza el primer disco y pensé: “Joder, pues ya la tuve”.
El primer disco de Modelo de Respuesta Polar empieza con Lo imposible, que no es exactamente post-rock, es más emo-core, pero ya arrancar un disco con un instrumental te da una pista de por dónde iban las cosas. Desde ahí hasta las canciones más pop que grabamos con Ricky Falkner hay otro viaje.
— En aquella misma entrevista decías que una de las diferencias de ese disco fue que el grupo había participado antes en el propio desarrollo de las canciones.
— Eso influye muchísimo. Es un lujo que te permites cuando eres una banda joven: componer con la banda, con tiempo, dejar que las canciones se desarrollen entre todos.
A mí eso siempre me ha dado muchas satisfacciones, pero requiere algo que cada vez tenemos menos: tiempo. En este disco sí disponíamos de ese margen para darle vueltas a las canciones y llegar al estudio completamente convencidos de que habían alcanzado su máximo desarrollo como grupo.
Ahora muchas veces se trabaja de otra manera. Llegas al estudio con las canciones todavía en pañales y terminas de armarlas allí. Cada uno trae cosas pensadas desde casa y se va resolviendo sobre la marcha. Es una forma de trabajar muy habitual cuando te haces mayor y cada vez dispones de menos tiempo. Pero desarrollar las canciones en grupo es algo muy bonito, y en este disco hubo muchísimo ensayo.
— ¿Cuánto de ese desarrollo es tocar mucho y cuánto es hablar mucho?
— Buena pregunta. Creo que se habla tanto como se toca. A mí me encanta esa parte porque es cuando aparecen las referencias, cuando alguien dice una tontería que de repente ilumina una idea, cuando conectas con los demás y estrechas la relación con la banda. Ahí conoces mejor a cada miembro: quién propone más, quién tira del carro, quién se deja llevar.
Es un momento muy valioso, pero requiere juntar a cinco personas, y eso es un lujo. De hecho, para El cariño [su segundo disco] nos fuimos a una casa familiar con Suso Sáiz, que produjo el disco, y nos encerramos allí cinco días para hacer la preproducción. Imagínate el lujo que supone algo así. Luego ya entramos al estudio.
Es verdad que también procrastinábamos mucho porque teníamos tiempo para hacerlo, pero era una buena procrastinación, en favor del disco.
— Salís del estudio, empieza la gira y el disco comienza a rodar. ¿Cuándo sentís que se ha producido un salto? ¿Cuándo percibís que algo está pasando?
— Más que por las críticas o las reseñas, lo empecé a notar por la gente, que nos escribía más. Nos preguntaban cuándo íbamos a tocar en determinados sitios, por ejemplo. Ahí empecé a pensar que el disco lo estaba escuchando mucha gente”.
Y para mí la gran corona de ese disco fue tocar en la Joy Eslava. Ahí sí me di cuenta de que algo había pasado. Recuerdo que mi mánager puso un mensaje celebrándolo y yo pensé una cosa que sigo pensando: que el éxito puede ser el principio, pero también puede ser el principio del fin. Porque cuando algo llega a su punto más alto también empieza a transformarse.
En todo caso, recuerdo salir al escenario de la Joy Eslava, verla llena de gente y pensar: “Hostias, ¿cómo ha pasado esto?”. Yo no había estado pendiente de la venta de entradas y de repente me encontré aquello lleno. Fue una sorpresa enorme.
— Más allá de la cantidad de público, ¿notaste una diferencia en la calidad de la conexión? ¿Los conciertos eran distintos?
— No especialmente. Nosotros siempre hemos tenido un público muy callado, muy respetuoso y muy atento.
Lo que sí empecé a notar fue que la gente venía con historias personales. Te decían: “Gracias a este disco conocí a mi pareja”, o “esta canción ha estado presente en un momento importante de mi vida”. También empezamos a ver gente que viajaba desde otras ciudades para venir a los conciertos.
— Luego llega Más movimientos. ¿Qué pasó?
— Más movimientos salió muy pegado a una gira muy curiosa que hicimos abriendo para Izal en recintos grandes: Granada, Barcelona, el Sant Jordi... Entramos al estudio justo después porque queríamos trasladar toda esa inmediatez y esa energía al disco.
Creo que Más movimientos es un disco mucho más directo, más inmediato, con más fuerza. Pero también tengo la sensación de que conectó un poco menos. No sé si porque no supimos trabajarlo bien o por otros motivos.
— ¿Conectó menos el público con el disco o vosotros con el disco?
— Las dos cosas. Tengo la sensación de que las canciones de ese disco, salvo alguna excepción, son las que menos han permanecido en el tiempo. Hay alguna balada muy bonita, alguna canción lenta que sí ha resistido bien, pero las que pretendían ser más enérgicas creo que han trascendido menos.
Quizá precisamente porque queríamos ir hacia ahí. Sin embargo, a nivel de canción, siento que han quedado menos. Y eso coincidió también con varias circunstancias. No pudimos hacer una gira tan extensa como nos habría gustado, había algunos acuerdos que parecían muy encaminados y que al final no salieron adelante… Lo típico que te desmotiva un poco. Y luego llegó la pandemia.
Ahí decidí recluirme un poco y hacer cosas por mi cuenta. Saqué una canción que se llama Tratar de ser nadie, que habla precisamente de todo eso. Y ahí empezó un poco el stand-by de la banda. El público seguía ahí, pero nosotros tampoco somos muy dados a hacer grandes anuncios. Fue simplemente: paramos y ya está.
— ¿Y cómo se sale de ese stand-by?
— Se sale gracias al mensaje de un gran amigo. Una persona que muchas veces me ha servido de faro, que me ha descubierto discos y me ha ayudado mucho a conectar con la industria. Me escribió un WhatsApp y me dijo: “Tío, me acaba de salir que hace diez años de este disco. Qué fuerte”.
Yo cogí ese mensaje y se lo reenvié a mi mánager. Y me respondió: “Cuenta con Hook [se agencia] para esto al cien por cien”. Entonces pensé: “Bueno, pues voy a hablar con la banda”. Y así surgió todo.
Además, hemos querido que la gira también esté hecha entre amigos. Los promotores de los conciertos de València, Madrid, Oviedo o Málaga son personas que primero fueron seguidores del grupo y con el tiempo se han convertido en amigos. Hemos querido plantearlo desde ese espíritu.
— ¿Qué tal volver a juntarse después de unos años?
— Muy bien. Es verdad que cuando cogí el teléfono para llamar a la banda ya sabía que algunas cosas habían cambiado. Hay miembros fundadores que ya no están porque la vida sigue su curso.
Yo tengo muy claro que mi lugar en el mundo es ser músico. Pero hay gente para la que una banda es algo maravilloso, divertido, pero no necesariamente el sueño de su vida. Con el tiempo he aprendido que eso es completamente normal.
Así que la vuelta fue poco a poco. De hecho, empezamos Alex Barberá, el batería, y yo. Nos metimos en el estudio y comenzamos a construir desde ahí. Empezamos una canción solo con guitarra y batería. En un momento dado, le vi mirándome como diciendo: “Dame algo más”. Ahí me di cuenta de lo que echaba de menos tocar con una banda. Cuando tienes a un batería delante pidiéndote más, empujándote, exigiéndote que tires hacia adelante, piensas: “Joder, qué divertido es esto”.
— ¿De qué manera sientes que Una ilusión complementa la celebración por Dos amigos?
— Una ilusión en realidad complementaría cualquier cosa. Porque Una ilusión es, precisamente, eso que para mí siempre ha sido una ilusión y que ahora, con los años, tengo más claro que nunca.
Es el nombre que le he querido dar a eso que está en el horizonte. A esa estrellita que tienes delante, que te guía, que te anima y que te hace levantarte cada día con ganas. Esa idea de decir: “A ver si pasa esto”.
Es la ilusión de tener algo que brilla ahí delante y que te acompaña. Cuando tienes un mal día en el trabajo o las cosas no van bien, piensas: “Ya, pero tengo eso”. Por eso encaja con todo lo que representa Modelo de Respuesta Polar. En realidad, engloba bastante bien lo que ha sido siempre el proyecto.
— ¿Hay visos de continuidad? ¿Os habéis reunido únicamente para celebrar este aniversario o tenéis claro que habéis vuelto para algo más?
— Yo tengo claro que, después de haber estado solo y de haber vuelto a tocar con la banda, las sensaciones que he tenido son lo suficientemente importantes como para plantearme una continuidad.
Ahora bien, una cosa es quererlo y otra organizarlo. Porque continuar una banda no es sencillo. Siempre he llevado bastante peso dentro del grupo, pero ahora todavía más. Me siento fuerte para asumirlo, pero hay que orquestar muchas cosas.
Cuando termine la gira habrá que pensar si grabamos algo nuevo y cómo lo hacemos. Lo que sí me ha transmitido la banda en todo momento es que la continuidad es algo que les apetece y que desean.
Además, yo compongo constantemente. No compongo por encargo ni porque toque sacar un disco. Las canciones ya están ahí. Siempre hay temas rondando, ideas que van apareciendo.
Lo que me tiene que servir esta gira es para comprobar si esa necesidad de continuar es solo mía o es algo compartido. Porque, al final, si no hay público tampoco tiene mucho sentido sacar esas canciones del armario.
— ¿Qué panorama musical os vais a encontrar en esta gira? Han pasado cinco años que valen por diez o treinta.
— Tengo todo tipo de teorías. La verdad es que nunca hemos pertenecido del todo a ninguna escena concreta. Hemos estado dentro y fuera de muchas cosas al mismo tiempo. Para algunos festivales éramos un grupo claramente encajado en su programación y para otros no, pero aun así también tocábamos en ellos.
Quizá el hecho de no haber formado parte de algo demasiado definido nos permite estar un poco en todas partes. Lo que sí nos ilusiona es plantear una gira de salas ambiciosa y ver qué ocurre.
— Me viene muy bien esto para la última pregunta. Durante años se planteó una especie de escena indie valenciana formada por grupos como La Habitación Roja, Polock, Tórtel, o vosotros. ¿Llegó a existir realmente una escena o era más bien una suma de bandas coincidiendo en el tiempo?
— Justo el otro día hablaba de esto con el guitarrista que toca ahora en la banda, que además tiene su propio proyecto, Bernal. Me comentó que iba a unas paellas organizadas por Plaga Indie con toda la escena valenciana actual y pensé precisamente en esta cuestión.
Sinceramente, yo nunca tuve la sensación de que existiera una escena como tal. Había un puñado de bandas que coincidíamos en el tiempo y a las que les iban pasando cosas interesantes. Pero una escena, en el sentido de comunidad organizada, yo no la percibía.
Y te hablo tanto de València como de Madrid, porque luego me fui allí durante diez años. Visto con perspectiva, sí que estaba ocurriendo algo. Había grupos interesantes, había movimiento y desde fuera seguramente se percibía una escena. El público veía una serie de bandas que estaban destacando al mismo tiempo.
— Había festivales que os juntaban, programadores que os relacionaban...
— Había muchas cosas ocurriendo, y nos llevábamos bien. Yo aprendí mucho de mucha gente y siempre hubo buena relación. Pero no recuerdo una sensación de pertenecer a una escena. Cada uno iba bastante a su aire. De hecho, una de las razones por las que me fui a Madrid fue precisamente esa sensación de que cada cual estaba haciendo su camino.
— Tú has seguido haciendo música en solitario y manteniendo el contacto con la vida musical valenciana. ¿Crees que ahora sí existe una escena más articulada?
— Sí, sin duda. Ahora no solo hay grupos, sino que además hacen piña. Organizan cosas juntos, montan fiestas, colaboran entre ellos y tengo la sensación de que están mucho más conectados. También es verdad que todo ha cambiado muchísimo. Ahora le mandas un mensaje directo a alguien y acabáis tocando juntos. Antes todo era más complicado; había más distancia y menos conexión.
Entiendo que hoy es más fácil generar ese pegamento entre proyectos. ¿Es mejor o peor? No lo sé. No tengo ni idea.
Nosotros siempre hemos sido un grupo bastante independiente, de ir un poco por libre. Pero al final cada banda funciona como una pequeña empresa. Luego tienes amigos, te ayudas, te recomiendas trabajos y colaboras cuando puedes. Eso pasa en la música igual que pasa en cualquier otro ámbito de la vida.