ALICANTE. ¿De cuántas formas diferentes se puede contar una historia? Parece que el lenguaje —oral o escrito— se ha apropiado de esta tarea de relatar desde tiempo inmemorial, generando un monopolio que en el imaginario de la sociedad actual deja poco espacio a otras formas de comunicación. El teatro, probablemente por encima de otras manifestaciones artísticas, concede una libertad sin precedentes para narrar historias, convirtiéndose en un espacio multidisciplinar donde el texto acepta compartir protagonismo con la música y el cuerpo. Este tipo de teatro —una suerte de híbrido entre lo dramático, lo circense y lo musical— es el sello de identidad de la compañía La Gata Japonesa, que el pasado sábado, 17 de enero, estrenó en el Teatro Arniches su obra La trastienda.
La pieza sigue la vida de Paipai Rouge, una joven de orígenes franceses que actualmente se encarga de llevar el negocio familiar: un precioso anticuario repleto de tesoros con sus propias historias. Cada objeto, cada botella de vino vacía, lámpara fundida o instrumento de música polvoriento contiene los recuerdos de su anterior propietario e invitan a su protagonista a fantasear y crear historias, cada una con su particular forma de relatarla. La joven, como su bisabuela —una mujer de circo reconocida en los Estados Unidos—, siente cierta inclinación por el espectáculo, y transforma la trastienda del anticuario en una pista de circo por la que desfilan acróbatas, equilibristas y bailarines. La fantasía de Papai Rouge tan solo se ve interrumpida por la campanilla que anuncia la entrada de un nuevo cliente a la tienda en busca de algún objeto que probablemente nunca comprará. Del mismo modo, su padre, un pianista frustrado que ha caído enfermo y guarda silencio desde hace meses, devuelve a Paipai Rouge a la realidad en la que sus sueños solo tienen cabida en la trastienda de su mente.

- La trastienda
Elena Vives, dramaturga y coreógrafa circense de esta propuesta de La Gata Japonesa, escribe en tinta y en cuerpo un relato que conquista tanto a niños como adultos sin caer en el infantilismo del que, por la más absoluta ignorancia, puede el público pensar que peca el teatro-circo. Mientras que los más jóvenes se vieron cautivados por las proezas acrobáticas de Elena Vives, quien pone cuerpo y voz a su propio texto, el espectador adulto reconoce en ella el sacrificio —aparentemente inevitable en la transición de la juventud a la madurez— de esa parte nuestra en la que se refugia el sueño y el juego. La pieza de la compañía madrileña dirigida por Sergio López, en este sentido, nos brinda la oportunidad de dejarnos llevar por nuestra parte más infantil, maravillándonos con los movimientos imposibles del cuerpo humano y por el humor del clown.
Al ingente trabajo interpretativo y coreográfico de Elena Vives se le suma en escena la música de Ander Yarza, compositor y pianista que acompaña a la actriz de principio a fin de la obra. Como el lenguaje que añade una palabra tras otra hasta crear un relato, Ander Yarza produce toda una sinfonía que comunica por sí sola y dialoga con la protagonista de la obra, respondiendo con la precisión casi matemática que tiene la música a cada pulso interno de su interlocutora.
Mención aparte merece el trabajo escenográfico de La Gatera y Sergio Torres, que generan un espacio tremendamente evocador, trasladando al espectador a la parte trasera de una tienda de antigüedades donde candelabros, cuadros, maletas y lámparas se apilan en montículos que alcanzan los techos de la sala. Estos objetos usados y maltratados por el tiempo, como declama la protagonista al inicio de la obra, son para la contemplación, de un modo similar al que ocurre con el teatro. Con esta producción, La Gata Japonesa defiende un nuevo teatro que va más allá de la contemplación o la veneración, y que coloca en sus cimientos el juego y la fantasía.