'La noche está marchándose ya' o cómo hablar del feo presente desde la cinefilia más bella

Cine

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VALÈNCIA. La noche está marchándose ya es una maravillosa película argentina hecha con 15.000 dólares y mucho talento y sensibilidad. Repito: 15.000 dólares, que es, por poner alguna referencia, menos de lo que cuesta un segundo de La Odisea (250 millones de dólares, dividido entre 10.320 segundos: 24.225 dólares por segundo). Dicen que el hambre aguza el ingenio y aunque es así muchas veces, es una frase muy triste: no debería haber hambre. Suele darse mucho en el campo de la creación cultural, para gente que sí come, pero no tiene los medios necesarios para levantar una obra (teatro, cine, whatever). No obstante, en realidad solo es cierta cuando quien no tiene los medios sí tiene la lucidez de saber qué quiere contar y el impulso y el talento necesarios para hacerlo. Esta película de 15.000 dólares es un ejemplo perfecto de ello, de cómo es posible conseguir más, mucho más, con menos, además en un entorno de acoso y derribo al mundo cultural y, especialmente, el cinematográfico, como el que vive Argentina. En cualquier caso, nunca hay que llamar a la precariedad, aunque aguce el ingenio, así que les deseamos a sus autores medios más holgados para sus próximos proyectos. 

Esta “crónica de la precariedad en la Argentina de Milei y celebración del cine como gesto de resistencia”, en palabras del maestro Carlos Losilla, es una película deslumbrante, dirigida por Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini. La trama es mínima: Pilu, el vigilante nocturno, antes proyeccionista, del cine club municipal de la ciudad de Córdoba al borde del cierre, acaba viviendo clandestinamente en la sala. Allí coincide con otras gentes tan precarias como él y dedica su tiempo a ver películas antiguas y recorrer todos los rincones del edificio. Pero ya les aviso que, con explicar la trama, como pasa en general con el cine, sobre todo el bueno, no hacemos nada. Esto es solo una brizna de lo que es esta película tan fértil y sugestiva. 

  • La noche está marchándose ya

Mirada cinéfila y mirada política se unen de un modo nada habitual, porque los directores consiguen que las películas antiguas que aparecen, y cuando digo antiguas quiero decir muy antiguas, muchas de los años treinta del siglo pasado, iluminen aspectos de nuestra realidad actual. Las obras que Pilu proyecta para sí mismo, para los expulsados por el ultraliberalismo de Milei refugiados en el cine y, claro está, para nosotros los espectadores, hablan en presente. Los fragmentos y citas que aparecen no están ahí para que juguemos a reconocer los títulos, los actores, las melodías y nos quedemos en esa vacía erudición de los datos que tantas veces es la cinefilia. No, aquí están para dialogar con nosotros, para decirnos cosas relevantes, para reafirmar su condición de obras vivas que se activan cada vez que alguien las mira. Son herencia sin la cual el cine actual no existiría, pero también son presente.

La cinefilia es, demasiadas veces, un pedante ejercicio onanista, nostálgico y paralizante, ergo, conservador, dedicado, por la parte de los creadores, a copiar imágenes, diálogos y escenas y, por la parte de los espectadores cinéfilos, a acumular datos, nombres, títulos y anécdotas. En ninguno de los dos casos esa cinefilia sirve para reflexionar de verdad sobre el arte cinematográfico, sobre qué implica poner una cámara ante algo, sobre lo que las películas dicen a través de la imagen y el sonido, ni para desentrañar cómo están construidos los relatos y cómo nos afectan, porque nos afectan mucho. La noche está marchándose ya está en las antípodas de esta concepción. De hecho, no va a pasar nada si no reconoces las películas y los guiños, vas a entenderla igual de bien porque no están ahí para jugar a las adivinanzas, sino para crear sentido y relato. Si los reconoces es bonito, cómo no, una especie de plus de goce, pero no es lo importante. El amor al cine que desprende es absolutamente creativo y revelador, un detonante que nos permite entender mejor el mundo y nuestra forma de estar en él. Es ese gesto de resistencia del que hablábamos antes, que es un gesto profundamente político porque, lo repetiré hasta la extenuación, construir una imagen siempre lo es. 

Que el amor al cine sirva para explicar la Argentina de Milei (y cualquier otro territorio dominado por el fascismo y por personajes crueles y estúpidos como el de la motosierra), y para demostrar la absoluta necesidad de unirse y defender lo comunitario (¡ese plano final!) es solo una parte de lo que esta película insólita ofrece. Hay que sentir ese bellísimo blanco y negro con el que está rodada, el modo en que la luz rompe la oscuridad y revela, en el sentido estricto de revelación, objetos y formas. Hay que deambular con Pilu por el edificio y vivir sus aventuras, porque las hay: a ratos estamos en El tercer hombre recorriendo subterráneos, a ratos en una película de marineros sometidos al viento y el oleaje, otras veces en uno de esos grupos que cantan relajadamente en una película de John Ford, en ocasiones en un film expresionista de terror o en el final esperanzador de un título de la época de la Gran Depresión. Me doy cuenta de que puede que, si no han visto la película, no hayan entendido mucho de esta última parrafada entusiasta, pero no voy a explicarla. Espero que les provoque las ganas de acercarse a esta obra de apariencia pequeña, pero llena de grandeza y amor.

  • La noche está marchándose ya

 

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