ALICANTE. Pasados siete años de su última visita con Adiós Arturo, La Cubana ha vuelto a hacer las delicias —nunca mejor dicho— del público alicantino con La cuisine de ma cousine. Si aquel pasado espectáculo ya contaba con unas geniales dosis de delirio y guiños locales —muchos somos los espectadores que aún recordamos la originalidad con que un extravagante funeral quedaba ambientado en nuestra ciudad—, esta nueva e igualmente alocada entrega no le ha ido, en absoluto, a la zaga. Veamos cuál ha sido la aventura que, entre los días 8 y 18 de este octubre, ha podido vivir, en primerísima persona, nuestro Teatro Principal.
Brigitte Raventós es una afamada chef, propietaria de un universal imperio de restaurantes de alto copete e inventora de la exitosa «cocina de los sentimientos». Fernando García, el intelectual con quien está casada desde hace 30 años, es oriundo de Alicante y, motivado por esta vinculación existente entre la cocinera y la millor terreta del món, nuestro Ayuntamiento ha decidido otorgarle a Raventós el reconocimiento de Hija Adoptiva de la ciudad. En señal de agradecimiento, la célebre creadora ha querido estrenar, nada más y nada menos que en el Principal, su última masterclass, que, contando con un título tan prometedor como Los sentimientos cocinados a fuego lento, causará, sin duda, un gran impacto internacional.
Partiendo de esta original premisa, los espectadores se sumergen en un disparatado «melodrama culinario», que, como no podía ser de otro modo con La Cubana, termina apostándolo todo a favor del humor, la hipérbole, la interacción con el público, la música y, muy especialmente, el colorido. Por supuesto, tras la ideación y dirección de esta propuesta, se encuentra Jordi Milán. Esta vez, el fundador de la mítica compañía ha elaborado, junto a Toni Sans y Rubèn Montañá, un texto que, pese a caer en aquello de rizar el rizo, en ningún momento deja de alcanzar su máximo cometido: la risa. Y no hablamos de cualquier tipo de risa, sino de la que más escasea en la escena actual y es, por ello, la más valiosa: la risa blanca, inteligente, fina; aquella con la que puede divertirse, sin la necesidad de chistes de baja estofa, un coliseo entero.

- La cuisine de ma cousine -
- FOTO: Sebastián Blanco
Como otro elemento fundamental de este divertimento asegurado, ha de resaltarse la aportación de la actriz protagonista Montse Amat, que, con una exultante e inagotable energía, llena de vida cada instante de la representación, permitiéndose abandonar la escena en contadas ocasiones. Claramente, el tirón de su fastuosa Brigitte Raventós tampoco sería el mismo sin la maravillosa labor que llevan a cabo todos y cada uno de los once intérpretes que la acompañan. Su modo de trabajo queda especialmente marcado por ese sello interpretativo tan característico de La Cubana, que ya casi podría presentarse como una competición: la de ver quién es capaz de hacer más personajes. Como muestra de estos simpáticos y continuos saltos de papel a papel, pueden quedar mencionados dos de los más prolíficos nombres del reparto: Àlex Gonzàlez —con una versatilidad envidiable, la actriz encarna a las atolondradas hermanas de Brigitte (Clotilde y Pochola), a la esposa de su hijo (Mirta), a la cuidadora de su madre (Azucena), a una presentadora de TV, a una camarera y a una cocinera— y Toni Sans —explotando al máximo las distintas caras de un mismo don de comicidad, el actor interpreta al marido de la chef (Fernando), a su madre (la Sra. Conchita), a una de sus amigas (Marisa), a un metre y a un cocinero—.
Con todo esto, al hablar de una producción tan viva y vistosa como La cuisine de ma cousine, tampoco debe pasarse por alto lo acertado de otros tres aspectos: la música (Albert Mora), la escenografía (Cesc Colomina) y el vestuario (Cristina López). Y hasta aquí llega nuestra crítica, que, si se desea, puede releerse como algo distinto: una receta, la receta de una buena comedia. Y es que no nos ha faltado ni un solo ingrediente. ¿O sí? Si lo dudamos, siempre podemos pedirle consejo a nuestra querida Brigitte.