VALÈNCIA. Lucía Aleñar Iglesias debuta en el largometraje con Forastera, una película ambientada en Mallorca que convierte el duelo adolescente por la muerte repentina de una abuela en un relato de identidad incierta, presencia espectral y memoria familiar, sostenido sobre la duda constante entre lo vivido, lo imaginado y lo sobrenatural.
La protagonista es Cata, una adolescente interpretada por Zoe Stein que pasa el verano con sus abuelos y que, tras la muerte accidental de su abuela Catalina, empieza a vestirse con su ropa, a imitar su voz y a reproducir gestos hasta convertirse en una figura ambigua para su entorno y para el propio espectador.
La película arranca con una pequeña mentira: Cata asegura a su hermana que un delfín bebé nadó junto a su kayak aquella misma mañana. El detalle es inocuo, pero fija desde el principio un rasgo decisivo del personaje: su tendencia a fabular deja abierta la posibilidad de que sea una narradora poco fiable.
Ese marco de incertidumbre estructura toda la historia. Durante una visita estival a la casa de sus abuelos, Catalina y Tomeu, la joven queda sacudida por la muerte súbita de su abuela, y ese duelo desata una deriva en la que empieza a apropiarse de su identidad: entra en su armario, recrea fotografías antiguas y adopta su manera de hablar por teléfono.
La operación no se presenta como un simple juego adolescente ni como un gesto de disfraz. Esa transformación se traslada a la pantalla como una transmutación silenciosa, hecha de acumulación de pequeños gestos, en la que la usurpación de una vida ajena puede leerse tanto como actuación consciente como posible posesión espiritual.

Ahí reside el núcleo de Forastera: la película se apoya en la tensión entre presencia y ausencia para observar cómo los vivos sostienen el recuerdo de los muertos y cómo esa persistencia se filtra en lo cotidiano. No plantea lo sobrenatural como un mecanismo fantástico o esotérico, sino como una manifestación íntima del duelo.
La casa familiar junto al mar, los interiores alicatados y las playas en penumbra son parte esencial de esa construcción. La fotografía de Agnès Piqué Corbera, trabaja con sombras suaves y una luz solar que cae sobre cuerpos y espacios hasta convertir escenas domésticas en visiones de posible extrañeza.
La muerte de la abuela introduce además un nuevo desequilibrio en la familia. Tomeu, interpretado por Lluís Homar, encuentra consuelo en esa nieta que empieza a parecerse a su esposa, mientras la madre de Cata, Pepa, encarnada por Núria Prims, expresa su incomodidad ante el hecho de que la chica vista la ropa de la fallecida.
Ese desplazamiento emocional no llega a terrenos perversos, pero sí convierte a Cata en una especie de sustituta afectiva dentro de la casa. El cambio se vuelve más inquietante cuando solo el abuelo percibe hasta qué punto la adolescente ha incorporado manías, actitudes y detalles específicos de su abuela.
Así, algunas anécdotas decisivas de la vida de la abuela, escuchadas por Cata, parecen repetirse en el presente con similitudes desconcertantes, y un pequeño rasgo físico que la joven habría fingido para parecerse a la difunta podría formar parte real de su cuerpo. La película no ofrece una prueba definitiva en uno u otro sentido.
Esa negativa a cerrar el sentido es una de las claves de la escritura y la puesta en escena de Aleñar Iglesias. El título no solo alude a la condición de Cata como chica de ciudad en la costa, sino también a la idea de una ocupación: la de una identidad ajena sobre un cuerpo joven, o incluso la de un espectro que regresara al mundo de los vivos.
La interpretación de Stein sostiene esa ambivalencia. La actriz compone un personaje de una enorme precisión en la que resultan importantes decisiones mínimas en su relación con los demás personajes, como el momento en que empieza a llamar a su abuelo por su nombre de pila, un gesto pequeño que altera de inmediato la percepción de quién habla realmente desde ese cuerpo.
A ese clima de extrañeza contribuye también la música de Filip Leyman y Anna Von Hausswolff, que acompaña escenas íntimas con una tensión melancólica. Un debut sorprendente y delicado que nos adentra en un paisaje tanto físico y psicológico de una enorme riqueza emocional.