Enrique, el viñetista que saca su arte a la calle

València

EL CALLEJERO
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VALÈNCIA. Enrique Hormigos llega a la plaza tirando de un carrito lleno de bultos. Luego se para junto a un seto, bajo un árbol, y coloca sus cuadros en fila para que la gente que pasa por ese cruce entre las calles Pintor Salvador Abril y Pedro III el Grande vea su obra. No son lienzos con pintura más o menos clásica. Sus creaciones son algo más enrevesadas, con varias capas, y un resultado final más rompedor. Imágenes con mensaje. Muchos de ellos transgresores, como un cuadro con un primer plano de una mujer mirando de frente que está afeitándose el rostro. Debajo, una frase: Gillette for Women.

Es media tarde, hora de ir y venir de los gimnasios, el supermercado o de recoger al chiquillo de las extraescolares. Las nubes han ido cubriendo el sol y el tiempo anuncia que en un par de horas va a caer la marimorena. Los niños se paran delante de los dibujos de Enrique. Les llama la atención. Y lo padres, apurados, tiran rápidamente de sus manitas para no verse en el compromiso si el artista intenta venderles un cuadro. Pero Enrique ni les mira: es artista, no comercial. Y él sigue ajeno al trajín de la tarde absorto en la lectura de un libro: ‘Estoy pensando en dejarlo’, de Iain Red. Todas las tardes se repite la misma escena en la plaza: ese hombre misterioso tocado por una gorra o un sombrero, depende del día, encorvado hacia la novela y a su lado, expuestos uno al lado del otro, todos sus cuadros hechos sobre tablillas de madera o cartón. En el centro, una tabla de skate con un dibujo muy potente hecho con spray. 

  • Enrique Hormigos. -

A sus 61 años no quiere oír hablar de la jubilación. “¿Ahora que me empieza a ir bien? Ni de coña”, suelta. No siempre le ha ido bien, se deduce. “Cuando trabajas con agencias o revistas, con empresas en las que tú no tienes un trato directo con el cliente porque siempre hay un intermediario, un jefe que puede ser un jefe de arte o cualquier otra cosa, siempre te ponen objeciones”, se queja.

Enrique Hormigos nació en València. De niño era buen estudiante. Su problema era otro. “Yo sacaba buenas notas, pero mi padre, por motivos laborales, se movía de un barrio a otro si veía que podía ganar más dinero. Y eso significa que, hasta que yo llegué a la universidad, cambié de colegio nueve veces. Nueve veces en la que llegué siendo el nuevo, el más bajito, el del apellido raro… Pero lo cierto es que no tengo un mal recuerdo, así que imagino que me debí de adaptar bien. Siento hablar así, pero en aquella época los problemas se arreglaban hablando o de otra forma…”.

  • Enrique Hormigos. -

Su apellido, Hormigos, que daba lugar a mucha chanza, viene de un pueblo del valle del río Alberche, en la provincia de Toledo, de donde era originario su abuelo paterno. “Me mola mucho porque, por lo visto, me parezco mucho a él. Mi abuelo era un hombre bastante parco en palabras. ¡Ya era pastor con seis años!”.

Un proyecto de economista

Aquel niño errático que iba de colegio en colegio acabó y no tenía ni idea de qué quería ser en la vida. Durante esos años no había descubierto que se le diera bien el dibujo. “Cuando era pequeño y me preguntaban qué quería ser de mayor, siempre respondía que policía o ladrón. Que venía influenciado porque me gustaba mucho ir al cine y veía que los ladrones eran gente con unas vidas muy interesantes. También me llamaba la medicina, pero luego estuve enfermo y me di cuenta que no hubiera aguantado ni de coña. Así que, sin gustarme nada, me metí en Económicas”. 

Un joven se detiene y contempla su obra. Enrique le deja hacer hasta que el cliente le acaba llamando para hacerle preguntas. El artista le da su teléfono para que vaya un día a su estudio y le concrete lo que quiere. Porque Enrique, ademas de vender lo que tiene acabado, también hace encargos. Luego retoma la conversación. “Yo acabé Económicas por respeto a mis padres, que hicieron un esfuerzo para que yo y mis dos hermanos tuviéramos una educación. Pero en tercero vi que el aburrimiento iba a ser notable y por las tardes me apunté a la escuela de artes y oficios. Pero yo, hasta entonces, no sabía ni por qué parte pintaba un lápiz. Me apunté únicamente para hacer algo diferente. Y hasta los 22 años no descubrí que se me daba bien dibujar. Entré y en un mes ya hice mil cosas que no había hecho antes. Pero también digo que está bien tener la otra formación, que te amuebla el coco”.

  • Enrique Hormigos. -

No tardó en salirle trabajo en su nueva vocación. “Era una cosa muy cutre porque al principio te cogen para artes finales, que es algo que nadie quiere hacer, pero me molaba el oficio”, recuerda. No duró mucho en esa empresa. “Me echaron y me fui fantásticamente bien a una empresa de lámparas que trabajaba mucho en Estados Unidos, y yo era el tipo que hacía lo planos que luego bajaban a fábrica para montar las piezas. Allí aprendí a trabajar con un sistema. Me lo pasé bien, pero duré un año porque yo, en cuanto veo cómo funcionan las cosas, me aburro. Y además era joven y te da todo más igual. Ahorré, me compré una furgoneta y me fui”.

Enrique se sumó a la moda de declararse objetor de conciencia para librarse del servicio militar. “Lo pedías y luego tenías que ir a presentar los papeles y era algo muy chungo. A mí me tocó un sargento que me soltó: ‘Otro melenudo, un maricón más que no quiere hacer la mili’. Terrorífico”. Un mal que, eso sí, le permitió no perder un año de su vida en algo que no quería hacer. “Así que volví a trabajar en otra agencia que no, que tampoco era como las de Mad Men, no estábamos todo el día bebiendo y fumando”.

Al mismo tiempo, mientras acababa la carrera de Económicas, empezó a colaborar con las revistas universitarias. “Cada facultad tenía una y yo me convertí en el tío de los chistes, el que dibujaba las viñetas. Porque ¿yo era el listo de la clase? No ¿Yo era que dibujaba bien? No. ¿Yo era el payaso? Sí. Ese era yo. A mí la cabeza siempre me ha funcionado en esa longitud de onda. En mi casa nunca se dramatizó y nos sacábamos punta por cualquier cosa”.

Mortadelo y Filemón

Al cabo de unos años, recopiló todos esas hojas, las metió en una carpeta y se fue a los dos periódicos que se editaban en València en aquel momento: ‘Levante’ y ‘Las Provincias’. “En el Levante salió Ortifus y le dijo que ya estaba él para hacer eso”. En Las Provincias sí lo cogieron y empezó a colaborar en 1991, una relación que se mantiene 35 años después. Ahora, además, celebra que al fin le han dado un espacio fijo e inamovible. Treinta y cinco años publicando una viñeta cada día. Solo se rige por una regla: “Si a mí me hace gracia, la envío. Ya está. No hay más. Así seguro que hay una persona a la que le gusta. Y también es verdad que a mí nunca me ha gustado complicar la historia”.

Su relación con la ilustración viene de su niñez y de los tebeos de ‘Mortadelo y Filemón’. Luego, ya de adulto, le encantaban las viñetas de Forges. “Pero a mí lo que me volvía loco eran los dibujos animados de la tele: Correcaminos, el Pato Lucas, la Pantera Rosa… Ese punto violento y salvaje me atraía mucho. Mortadelo y Filemón también eran así. Me gusta mucho ese dinamismo y siempre he tratado de que mis dibujos fueran así. Pero, sobre todo, que fueran graciosos. La cosa tiene que tener gracia. Luego, cuando trabajas en esto, empiezas a conocer a algunos de Estados Unidos y ahora, con las redes sociales, cada día descubro uno o dos”. Siempre compaginó las viñetas con otros trabajos relacionados con lo gráfico. 

  • Enrique Hormigos. -

Hace seis años nació el artista que salió a la calle a mostrar sus creaciones. “El mundo del arte siempre es muy achuchado. Es como una bicicleta, que no puedes parar demasiado porque te caes”. Y entonces llegaron la pandemia y el confinamiento, tiempo de cambios. “Cuando vi que estábamos todos en nuestras casas pensé que era el momento. Salí a la calle, me compré dos latas de pintura, cogí unos cartones y me encerré en casa. Y del mismo modo que millones de personas se ponían vídeos de YouTube para aprender a hacer pan o macramé, yo aprendí a pintar esto, que se llama esténcil. Esto consiste en ir superponiendo capas de distintos colores hasta que vas montando el dibujo. Esas capas tienen que encajar perfectamente unas con otras”.

Su objetivo no era únicamente hacer arte. Enrique quería hacer un tipo de arte que le devolviera la vida a esos objetos de los que la gente se ha desprendido. “Yo siempre uso material reciclado o reutilizado, dos latas de pintura, blanca y negra, y un lápiz. El material para mí es fundamental. Tiene que ser algo que alguien no haya querido alguna vez. Yo cojo lo que tú has tirado y le doy un valor. Esa es mi movida. El material me lo encuentro por ahí, lo busco en los contenedores, lo robo… Luego lo vuelvo a vender y tú me lo compras. Eso me parece muy subversivo”.

Empezó debajo de un puente

Con esa manera de crear, no tardó en entender que tenía que venderlo en la calle. “Yo tenía la experiencia de joven de tener cosas que enseñar, ir a una galería y que no te abran ni la puerta. Eso es muy triste y muy lamentable. Cuando acabó la pandemia tenía pilas de obras en mi casa, así que salí y me fui al Ayuntamiento y dije que, aunque sonara un poquito marciano, que yo quería estar en la calle. Me pidieron que les enseñara lo que quería vender. Logré los permisos y así fue como empecé”.

No le dio apuro ponerse en la calle a vender sus cuadros. “¿Vergüenza? Recuerda que he pasado por nueve colegios, que he sido nueve veces el nuevo, nueve veces el bajito, nueve veces Hormigos… Yo la vergüenza la perdí hace mucho. Al principio, como lo había visto en parques en Inglaterra, me puse en el viejo cauce del río. Me acordaba de esas frases que decían las abuelas que te amenazaban con que si no estudiabas, acabarías debajo de un puente. Y eso hice, ponerme debajo de un puente, el Puente de la Mar. Un homenaje a mi abuela Tere, que fue la persona que me enseñó a leer y a valorar los libros. Y también me enseñó modales, algo muy importante. Me marcó mucho y murió de una forma tremenda: un día se fue a Murcia y ya no volvió”.

  • Enrique Hormigos. -

La gente se quedaba muy sorprendida cuando veía sus cuadros debajo del puente. “Hasta que un día pasó un cliente y me sugirió que subiera a la superficie. Y tenía razón, aunque a mí me gusta lo underground. Te da libertad. La verdad es que comes peor y vistes peor, pero comes más a gusto y vistes más a gusto”. Enrique ha llevado una vida ajustada. Nunca le ha sobrado una moneda. “He vivido en un constante apuro económico”, comenta entre risas. “Lo que pasa es que te acostumbras, tío. Lo mejor que tiene el arte es que te acostumbras a esa pobreza, digamos, de baja intensidad. Pero así aprendes a cocinar y a otras cosas porque te lo tienes que hacer tú todo. Es más económico, pero también es más guay y más lógico”. 

Esa vida no es para todo el mundo. No lo fue para su exmujer. “Pero no se lo puedo reprochar. Vivir conmigo no es ninguna bicoca”. Lo dejaron a los 25 años de casados. Ahora comparten un hijo cocinero que tiene 30 años y una amistad saludable. Él siguió dibujando, leyendo y sobreviviendo. Sacó su arte a la calle y ahí encontró la felicidad. “Me gusta mucho estar en la calle y ver que los niños se paran. Las personas pintan cuando son pequeños y lo dejan cuando se hacen mayores. Y yo siempre les insisto en que no lo dejen, y que puede ser un modo de vida”.

Enrique mira la hora en un reloj de pulsera con pinta de ser muy antiguo. Lo levanta con un punto de orgullo. “Me lo regaló mi mujer en nuestro primer aniversario. Así que tiene 35 años. Nunca me lo he cambiado. Mi cuñada se había echado un novio en Suiza, en una zona conocida como La Chaux-des-Ponts, que es famosa por la relojería y que en el país la llaman la Siberia de Suiza. Allí montaron este reloj con partes de muchos relojes. No creo que haya otro igual.

  • Enrique Hormigos. -

Ese reloj único marca la hora de la despedida. Hormigos se sienta junto al seto, abre el libro y agacha la cabeza. Al lado, una hilera de cuadros con dibujos sorprendentes. La gente va y viene por Ruzafa. Unos miran. Otros no. De repente, empieza a llover. 

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