Libros y cómic

SILLÓN OREJERO

El 'Odio' debe continuar

El último número del cómic retrata a los youtubers de ultraderecha y sus fans

  • Pater Bagge, en 2016.
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VALÈNCIA. En marzo de este año ha aparecido en Estados Unidos una nueva entrega de la saga Odio de Peter Bagge en Fantagraphics. Se titula Butch: a Hate comic y es solo de 24 páginas. Se trata de un monográfico sobre la suerte y el destino de Butch, el hermano menor de Buddy Bradley, quien en ¡Odio desatado!, el último volumen aparecido en España en La Cúpula, había acabado viviendo a la intemperie.

Se comenta que Bagge no quiere seguir dibujando más páginas sobre la saga de los Bradley o el universo de Odio. En algunas reseñas incluso se critica su dibujo y se dice que ha ido empeorando con los años. Todo tiene un aroma a decadencia que está anunciando que nos vayamos despidiendo de estas viñetas porque nunca volverán. Y, sin embargo, a mi lo único que me pide el cuerpo es aferrarme a ellas.

Si bien soy un gran consumidor de cultura popular estadounidense, como buen súbdito colonizado por su todopoderoso imperio, siempre me ha dado la impresión de que ese país es un gran manicomio. A veces reflexionaba por si estaba equivocado. Quizá sean el pueblo más pragmático que existe, quizá su libertad sea verdadera y por eso se ve tanto fenómeno excéntrico, pero todo atisbo de duda ha desaparecido. La decadencia del país es hilarante, parece incorregible y seguramente nos arrastre a todos.

Aunque Trump y sus ultraderechistas sean un fenómeno actual, desde hace décadas esta sociedad había empezado a deslizarse por la pendiente. Y lo divertido es que de su propia degeneración y miserias siempre han sabido hacer y vender un espectáculo. Encima, como aquí hemos importado absolutamente todo lo que generan, sus miserias no han tardado en ser también las nuestras.

Por eso, sus cronistas han sido siempre un bien codiciado. El problema es que siempre en el pecado han llevado la penitencia. La desgracia del país es que el ánimo de lucro no conoce límites y todo lo envenena. Como una enfermedad, acaba estropeando todo. Pudriéndolo.

Sin embargo, en ese contexto, Peter Bagge ha sido un tesoro. Quizá por el formato que eligió para expresarse, el cómic, algo que tuvo su etapa dorada de creatividad cuando era underground y que, como superventas, ha colocado en el mercado de todo menos visiones cáusticas de la vida. El dinero huye de la incomodidad, es un axioma.

En los noventa, cuando leía Odio, pensaba que la saga sería eterna, que iría al cine. Ya nos llegaban noticias entonces de que la MTV quería comprar los derechos. Creía estar ante la mejor obra que retrataba esa época de todas cuantas se hubiesen escrito y/o dibujado.

El secreto era sencillo. Venía de la tradición romana, no creo que deliberadamente, pero, como es conocido, cuando se nombraba nuevo emperador o un general victorioso desfilaba por Roma, estaba permitido insultarlos y cantarles versos satíricos. No tenían que olvidar que eran humanos. Conocidos son los que le dedicaron a Julio César. Esto adaptado a las viñetas se traducía en que todo el brillo de esa sociedad, sobre todo encarnado en el mayor target de marketing del mercado de los 90, los jóvenes –había muchos más que ahora- que aquí se recibía de forma acrítica, era triturado por el dibujante.

Lo que más huella dejó fue cómo se burlaba del grunge o las escenas alternativas que se nos presentaban como pura efervescencia contracultural. Pero con los años las cargas de profundidad eran mucho más ambiciosas. Bagge se cagaba en la vida en su conjunto. En la alienación de los ancianos, que acaban sus días enloquecidos y abúlicos, en un mercado laboral extremadamente cruel y en las sucesivas crisis que atraviesa un ser humano, que si en otras propuestas se reducen a la de la mediana edad ya como un cliché, aquí eran la de la adolescencia, la de la juventud, la de los 30, la de los 40 y ahora, en sus últimos números, teníamos la de los 50, con el añadido del desengaño de la crianza.

No sé si fue en uno de sus Mundo Idiota donde venía una frase que resumía toda esta filosofía: “La vida es una mierda y encima te mueres”. Con estos mimbres, Bagge fue un autor muy adelantado o, mejor dicho, avanzado. Señaló todos los problemas de su sociedad que han explotado en el siglo XXI cuando solo estaban germinando. Al mismo tiempo, recogía la tradición de sus maestros de ser conscientes de que los cimientos también estaban podridos.

En esta última entrega, Butch, durmiendo en el campo como sin techo, dispara su arma cada vez que escucha un ruido alrededor porque está paranoico perdido, posiblemente por un alcoholismo de años. Por desgracia, una de sus balas roza al perro de un hombre que caminaba por la zona. Esa persona era medio coreana.

Es la típica metedura de pata del personaje, pero esta vez es el mayor éxito de su vida. Un youtuber de extrema derecha recoge la noticia, le entrevista y se vuelve viral. Miles de personas amenazan de muerte al “medio coreano”, hay multitudes que le jalean y le consideran un héroe, le invitan a eventos y tiene el mundo a sus pies por unos segundos.

Hasta ahí podemos leer. El desenlace final del pequeño volumen es estrambótico y sigue la estela de Bagge de no dejar títere con cabeza en el manicomio que habita. Es breve, pero conforme los personajes de la saga de Odio envejecen, más graciosos me parecen después de tantos años junto a ellos, leyéndolos y releyéndolos.

El mundo actual, que está completamente desquiciado y se encamina a un desastre sin precedentes, es el escenario ideal para los personajes de Bagge. Parece como si durante décadas hubieran estado anunciando esta puta locura en la que vivimos y, ahora que les toca desenvolverse en el mundo que ellos han creado, cuesta dios y ayuda que ese dibujante suelte más páginas. Entran ganas de decirle: no nos dejes solos ahora, cabrón. Nadie como él ha captado y retratado la naturaleza humana de su tiempo y, en el momento de pegarse el gran festín, de gritar dibujando ¡siempre tuve razón! Se nos esfuma.

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