VALÈNCIA. Hace diez años, Prince murió aplastado por la importancia de llamarse Prince. Le mató casi lo mismo que mató a Michael Jackson, aunque Prince no tuvo que afrontar las acusaciones de abuso de menores. Lo que tuvo que soportar el autor de Purple Rain fue el hecho de que su época de esplendor hacía tiempo que había pasado. Eso y cargar también con el lastre de unas cuantas malas decisiones económicas y empresariales. El rockero texano Bobby Fuller se hizo popular a mediados de los sesenta con un estribillo que decía “luché contra la ley y la ley ganó”. Cuando sus canciones ya no vendían ni la mitad de lo que habían llegado a venderse entre 1982 y 1992, Prince se rebeló contra la industria del disco y la industrio del disco ganó. Entonces descubrió que los másteres de sus álbumes no le pertenecían y se cogió un rebote monumental. Apareció en una entrega de premios con la palabra slave (esclavo) pintada en la cara (Dave Rowntree, de Blur hizo risas con la situación rotulándose en la mejilla Dave, que rima con slave) y lo único que consiguió fue ponerse en evidencia. Su nombre dejó de aparecer en la portada de sus discos; a cambio, los firmaba con un símbolo impronunciable. El resultado: los medios empezaron a referirse a él como El Artista Anteriormente Conocido Como Prince.
Dicho esto, la de Prince fue una pérdida que no nos podíamos permitir. Abandonó esta dimensión tan solo cuatro meses después de que lo hiciera David Bowie. Si Bowie fue el solista que marcó el camino de la música pop en los setenta, Prince lo hizo en los ochenta. Aunque compartió reinado con Madonna y Michael Jackson, su creatividad era mucho mayor que la de la suma de ellos dos. Prince hacía música con la misma facilidad con la que otros dormimos. No podía parar de hacerla. Existen cerca de 8.000 canciones inéditas esperando el momento de ser publicadas. Sus descartes superan con creces la obra oficial de muchos músicos. Prince necesitaba entrar en un estudio de grabación para volcar sus ideas o dejar que fluyeran a través de sus dedos, su voz. Ofrecía un concierto de tres horas y, un rato después se presentaba en secreto en un club de la ciudad en la que estuviera, y actuaba otras dos o tres horas solamente por el gusto de tocar.

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- Foto: NICOLAS GENIN
Algunas de estas observaciones las hace Nick Hornby a la hora de establecer una serie de paralelismos entre Prince y Charles Dickens, dos creadores que, a pesar de practicar artes tan distintas y habitar siglos diferentes, tienen que ver mucho más de lo que parece. El desarrollo de esas conexiones es el pilar del ensayo Dickens y Prince. Un tipo de genio muy particular(Anagrama). Como Dickens, Prince fue un autor prolífico cuyo material era de una altísima calidad. Si repasamos su producción en los ochenta, -la que realmente le hizo pasar a la historia- nos encontramos con una serie de discos, editados a razón de casi uno por año, cuya calidad nunca baja del notable y siempre va en ascenso. Con el tercero, Dirty Mind, ya se amontonaban las canciones memorables, a destacar When U Were Mine (inmejorable, aunque la versión de Cristina Monet es una delicia). Pero, con un título así (Mente Sucia), es evidente que en el disco se amontonaban las referencias al sexo, empezando por la foto de portada: Prince cubriendo el torso desnudo con una cazadora de cuero, y vestido de cintura para abajo con un tanga estratégicamente cortado, pues terminaba donde terminaba la cubierta del álbum.
Sostiene Hornby que la manifiesta sexualidad de las canciones de Prince entorpecieron su ascenso a las listas de éxito. No le falta razón, pero hasta que eso ocurrió, ver cómo aquel elemento subversivo intentaba infiltrarse en el mercado mayoritario era un placer. Era negro, hacía funk con toque de tecnopop y, tal y como cantaría meses después en Controversy, estaba lleno de dudas: ¿Soy heterosexual o gay? ¿Soy blanco o negro? ¿Creo en Dios o creo en mí? No tardaríamos en saber que, efectivamente, Prince era un negro que, cuando le venía en gana, se apropiaba de la música blanca; que creía en sí mismo y en su talento más que en cualquier otra cosa; y que daba igual con quien se acostara, lo importante es que existía. Uno de los grandes poderes políticos del pop es poder construir personajes fantásticos cuya sexualidad no tiene por qué ser concordante con la del artista que la ostenta.
Prince rebajó su descaro sexual a partir de 1985, en cuanto su fama se hizo global. No renunció a él, simplemente optó por no darle tanta relevancia. Pero el sexo siguió surcando su música y dándole forma incluso cuando, en apariencia, no era el tema principal. “Los animales prueban posturas curiosas, notan el calor, el calor que hay entre tú y yo”, canta en When Doves Cry, y no se me ocurre imagen más conseguida para hablar del deseo en una canción pop. Tipper Gore, esposa del futuro vicepresidente estadounidense Al Gore, sacó la misma conclusión, pero para mal. Descubrió a su hija escuchando Darling Nikki, una canción del álbum Purple Rain en la que Prince conoce a la susodicha Nikki “en el recibidor de un hotel, masturbándose con una revista”. A partir de ahí, la señora Gore luchó para que existiera une regulación ética que permitiera a los padres saber qué escuchaban sus hijos. ¿Recuerdas la etiqueta “parental advisory” estropeando las portadas de algunos álbumes? ¿Te ha fijado en la palabra explicit que acompaña a algunos títulos en las plataformas de streaming? Pues eso. De aquella canción a mí lo que me parecía osado y erótico, era que un hombre creara un personaje como Nikki, una mujer tan libre como para dar rienda suelta a su placer. Me lo sigue pareciendo, y eso está al margen del hecho de que la canción es una burrada de buena.
Prince impregnó de sexo la música de los años ochenta, música tocada por una excelencia poco habitual. Siguió haciéndolo durante la década posterior, pero ya no era lo mismo ni tenía por qué serlo, nada dura para siempre. Pero ese primer tramo de la carrera de Prince es de un valor incalculable, y si además viviste en tiempo real la emoción que produjo cada nuevo lanzamiento, cada nuevo avance, cada nuevo single, ese valor se amplifica. Una de sus canciones más populares se llama Sign O’The Times, el signo de los tiempos. La letra analizaba con la descarada sencillez de las mejores letras del pop las contradicciones que este mundo vivía en 1987. Quien nos iba a decir que, cuarenta años más tarde, el signo de los tiempos iba a empeorar así, y que, encima, ya no tendríamos a Prince para sobrellevar todo este malestar.

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