Ariana Martínez: "En el sufrimiento hay momentos que se disparatan tanto que son humor"

Cultura

La actriz alicantina se convierte en 'La protagonista' este sábado, 7 de noviembre, en el Teatre Arniches, en el marco de la 34ª Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos Guillermo Heras

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ALICANTE. Del duelo a la carcajada. La actriz alicantina Ariana Martínez regresa a su tierra para presentar La protagonista, una comedia ácida y profundamente personal sobre la orfandad, las expectativas frustradas y la memoria obrera de un bar en el barrio de Carolinas. Escrita por Mélanie Werder a partir de las vivencias de la propia intérprete, la obra, galardonada con el Premio Lope de Vega 2023, se convierte en un ejercicio de catarsis donde el humor surrealista se convierte en una tregua frente al dolor. La representación será este sábado, 7 de noviembre, a las 21:30 horas, en el Teatre Arniches, en el marco de la 34ª Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos Guillermo Heras (Mutesac), que programa 18 espectáculos, del 6 al 15 de noviembre, en distintos espacios. 

— No solamente eres la actriz principal de la obra, sino que el texto está basado en tu vida...

— Sí, o sea, está impulsada por mí, por la experiencia de la enfermedad y posterior muerte de mi padre. Todo parte de ahí. Hay muchos fragmentos de la obra que parten de ahí. Sin embargo, no está escrita por mí; está escrita por Mélanie Werder, que a través de entrevistas que me hizo y demás, pues, escribió esta función. Hay cosas que no son tal cual en mi vida, sino que está inspirada en ella y parte de ahí. Hay cosas que sí, pero hay muchas otras cosas que no.

— ¿Y cómo fue ese proceso para que tus experiencias sirvieran como inspiración y que la capacidad literaria de Mélanie dieran vida a este texto?

— Como actriz, a mí también me gusta escribir. Como artista, por llamarme de alguna forma, aunque tampoco me gusta llamarme artista porque creo que es un supernombre, una categoria, en la que no sé si todavía encajo. Pero sí, soy una persona muy creativa, con muchas ganas, y me gustan muchas partes de lo creativo y de lo artístico. Entonces, durante el proceso de enfermedad y luego de muerte de mi padre, en ese sufrimiento, también hay momentos, por suerte, que se disparatan tanto que son humor. El humor más surrealista y más disparatado. Y yo todo el rato pensaba: "Esto tengo que escribirlo".

Cuando mi padre falleció, me puse una tarde y empecé a escribir. Primero poesías y luego a escribir y escribir. Eso lo tenía ahí y un día hablé con mi amiga Patricia Benedicte, que también es directora, y le conté que estaba escribiendo. Aquello fue en una comida en su casa, algo muy anecdótico. Le propuse: "Oye, ¿te apetece dirigírmelo?". Entonces empezamos a trabajar en el texto, pero dijimos: "Vamos a hablar con alguien que se dedique a la dramaturgia, que tenga nuestra sensibilidad y que sea una chica joven".

Ella conocía a Mélanie Werder, así que hablamos con ella. Le pasé mi texto y empezó a trabajar con entrevistas. Venía a casa, ponía la grabadora y me hacía entrevistas. Esa es su forma de trabajar y de ahí sacó ese texto que ganó el premio Lope de Vega en el 2023, La protagonista.

— El título lo tenías clarísimo desde el principio...

— Sí, de hecho, en todos mis escritos pone La protagonista porque lo que yo quería contar es eso, la necesidad de ser la protagonista no solo de mi propia vida, sino de la vida de los demás, como actriz. El querer ser la protagonista de las obras, la protagonista de la película, y que eso nunca termine de llegar. Entonces la idea fue hablar de esa protagonista que se monta su película para ser la auténtica protagonista, que en el fondo también tiene que ver con el deseo de la Ariana de aquela época y, por qué no, de la de ahora, por supuesto. De ser siempre la protagonista de cualquier película, serie o lo que sea.

— ¿Cómo se encuentra el equilibrio para que la risa no banalice el dolor?

— Yo creo que poniendo el punto de vista, desde el texto y desde la dirección, en lo ridícula que a veces es esta protagonista. En lo ridícula y en el egocentrismo que quizás reside en ella, precisamente para poder salir adelante de alguna forma, porque el dolor es tal que ella misma banaliza la vida. Entonces, por parte de la dirección de Patricia Benedicte y Sergio Iglesias, que codirigen este texto, creo que hay una labor importante en eso, en poner un punto de vista, porque sin punto de vista esto podría parecer un poquito más banal, y no es así.

Realmente creo que dentro del dolor hay humor y dentro del humor hay dolor. Hay veces que, cuando estamos muy perdidas en la vida o nos ha pasado algo feo, dramático, y no sabemos aceptarlo, pues, no sabemos pedir ayuda, no sabemos parar, nos consume y somos ridículos a pesar de nosotros. Nos convertimos en víctimas de lo ridículo.

— Ese tono cómico-ácido, ¿te ha servido para canalizar el duelo? Quizá el proceso de escritura de esos poemas y de esos textos sirvió como terapia...

— Claro. Estos poemas que antaño escribí, creo que sí. He sido muy creativa desde muy pequeña. Si teníamos que hacer en el cole una obra de teatro, la escribía; si había que hacer un trabajo sobre Alemania, pues, en vez de hacerlo en papel, pedía a mis padres que me grabaran haciendo un informativo. ¿Qué ocurre? Que cuando empecé a trabajar como actriz, trabajaba bastante, pero se trataba de lo que escribía otra persona y de la dirección de otra persona. Como trabajaba tanto, dejé de lado mi propio imaginario, algo que coincidió con la muerte de mi padre, cuando tuve que rechazar varios trabajos porque quería estar allí con él en Alicante (yo vivo en Madrid). Después tuve un valle de trabajo y al principio fue duro, entre el duelo y el no tener nada, pero empecé a escribir y fue superbonito. Reconecté con esa niña a la que le encantaba escribir y ganaba concursos literarios.

Para mí fue súper bonito porque, además, como empecé a escribir sin ningún objetivo, sin pensar en nada de esto, no había ningún juicio como adulta sobre lo que hacía. Una vez que tuve bastante escrito, fue cuando se lo pasé a Patricia, y después a Mélanie, que metió mucho de su propio imaginario y de su mundo como buena dramaturga que es. Para mí ha sido una forma preciosa de poder honrar y sobrellevar el duelo y mi orfandad.

— Enfrentarte a eso cada noche en el escenario tiene que ser un viaje emocional muy fuerte...

— Es verdad que cada vez que me enfrento a una función o a un ensayo de esta obra, pues, hay momentos en los que toco cosas que son mi vida, y toco a mi padre, que lo tengo siempre presente conmigo. Pero es genial porque pienso: "Mira, está aquí; está presente". Es inevitable que no esté, así que es bonito. Y, casualmente, durante este proceso, me han ido pasando cosas mágicas. Y no es que yo sea muy mística, pero han ocurrido cosas que digo: "Ojo".

— ¿Puedes contar alguna de esas señales?

— Pongo un par de ejemplos. La obra tiene mucho texto, son como 45 páginas yo sola, aunque tengo la intervención maravillosa de mi compañero Paco Flores, que está conmigo en escena y me sostiene. Bueno, pues iba repasando el texto por el metro, poniéndome los cascos para que la gente no pensara que estoy loca hablando sola y, justo cuando terminaba de pasar el momento que para mí es más íntimo, mi favorito, que parte de un hecho real, justo termino la última frase, entro por el pasillo del metro y empieza un chico a tocar Sultans of swing. A mi padre le gustaban mucho los Dire Straits y dije: "No me lo puedo creer".

Otro día venía de hacer un ensayo para una serie de televisión y hablaba por teléfono con uno de los directores, porque entre todos llevamos la producción, que es muy pequeñita, y escucho de fondo una música. Termino de hablar y le digo a la chica de producción que me llevaba en el coche: "Perdona, ¿puedes subir un poquito el volumen?". Estaba sonando Romeo and Juliet de Dire Straits, que es justo la canción de ese momento de la obra. Se lo comenté a la chica y me dijo: "Esto es que estás haciendo las cosas bien". Y pensé que a lo mejor era el mensaje que necesitaba recibir, porque nos hemos tirado a la piscina con una producción muy pequeñita, sin ser ninguna cabeza de cartel, pero sabiendo que tenemos una pieza con muchísima calidad.

— El bar familiar en el barrio alicantino de Carolinas es un personaje más, cargado de identidad. ¿Cómo se traslada esa atmósfera al espacio teatral?

— El bar de mis madre es un protagonista más de nuestra vida y de la vida familiar con mis hermanos. Eso tenía que estar muy presente, y Mélanie supo ver que tenía que ser así. El bar que existe en la obra no es exactamente el bar de mis padres, pero sí es un bar y todo ocurre ahí. La relación que yo tengo con un bar es algo que alguien que no se ha criado en uno no sabe lo que es; la entidad que tiene. Yo no sé quién sería si no me hubiera criado en ese bar.

Tengo 38 años y trabajaba desde pequeña ahí, sirviendo, cogiendo comandas, etcétera. El bar se convierte en distintos escenarios de la película que se monta esta protagonista. Porque algo que se ha rescatado de mi semilla es que esta protagonista se hacía sus propias películas; como no la llamaban para trabajar en cine, se creaba sus propias películas.

— ¿El espectador de Alicante puede identificar el guiño al territorio?

— El barrio de Carolinas no se nombra textualmente, pero sí se habla de la Comunitat Valenciana y de que hice 400 kilómetros para llegar a Alicante. En un momento dado se habla también de la sanidad privada y de la clínica Orihuela, aunque en las entrevistas que me hizo Mélanie era la clínica Quirón de Torrevieja, pero yo me equivoqué y dije Orihuela, y ahí se ha quedado (risas). No se dice que es el bar de mis padres, pero sí se menciona que vengo de un bar, que mi padre tuvo uno y que controlo de bares.

— En esta ocasión asumes un doble papel: impulsas y produces el proyecto, además de interpretarlo. ¿Cómo cambia la mirada sobre la obra cuando te toca lidiar con despachos, financiación y visibilidad?

— Por un lado, estoy aprendiendo muchísimo, y creo que esto me viene de casa. Tengo alma emprendedora por el negocio familiar. Pero, por otro lado, hay veces que juega en contra. Por ejemplo, en los últimos bolos no teníamos regidora ni alguien que llevara la producción; entonces, yo soy la que plancha, el director hace la implantación técnica y, por la mañana, ayudamos a cargar y descargar la furgoneta con toda la escenografía, que no es poca. El primer bolo de la gira fue como: "Guau, acabamos de apagar cinco fuegos y ahora me tengo que subir a escena". Por otro lado, me gusta llevar el control: ser yo quien escribe a los periodistas, quien distribuye la función y habla con los programadores, etcétera.

Creemos muchísimo en esta puesta en escena. En Alicante se han agotado las entradas a semana y media o dos semanas vista; allí me conoce mucha gente del bar de mi madre y todo el mundo sabe que viene la de Madrid, la que se fue a actuar. Ojalá esto tenga un largo recorrido, porque que es una función preciosa que toca mucho y que se tiene que ver.

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