VALÈNCIA. En el mundo del espectáculo, el gesto tiene un peso simbólico. El silencio también. Por eso cuando a mediados del mes pasado la gala de los Globos de Oro se celebró sin apenas menciones a la situación política de Estados Unidos, se entendió que Hollywood le estaba dando la espalda a la actualidad. No hubo ni una sola mención al asesinato de Renée Good a manos de un agente de Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), que había provocado protestas en Minneapolis días antes. Solo silencio, y alguna chapita en la alfombra roja.
No posicionarse es una opción, y Hollywood opta por ello a menudo. Ahí queda, como gran ejemplo, la cuestión palestina. Aun cuando premia una película tan rotundamente vinculada a la situación política norteamericana como Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, tal vez creyendo que el reconocimiento al título es en sí mismo una posición política suficiente. Mucho más explícito fue Bad Bunny hace diez días, al recoger el Grammy a Mejor Álbum de Música Urbana: cogió el micro y dijo en inglés, para que le entendiera la audiencia, «ICE Out!».
No era la primera vez que Benito Antonio Martínez Ocasio, el nombre del artista puertorriqueño, se posicionaba contra la política del miedo, racista y violenta, de Donald Trump. Bad Bunny decidió no llevar la gira de DeBÍ TiRAR MáS FOToS, el álbum más escuchado en el mundo en 2025, a los Estados Unidos por si «el maldito ICE pudiera estar afuera» de sus conciertos complicándole la vida a su público, latino en su mayoría. Tampoco era la primera vez que tomaba una posición política clara como figura pública: protestó contra la violencia que sufría la comunidad trans en 2020 e interrumpió su gira en 2019 para sumarse a las protestas en Puerto Rico por los comentarios misóginos y homófobos del gobernador Ricardo Roselló, que forzaron su dimisión.
Por eso su show durante el intermedio de la Super Bowl, el partido más importante del deporte más emblemático de Estados Unidos, opacó hasta el mismo evento de la liga de fútbol americano —¿Alguien se enteró de que ganaron los Seattle Seahawks?—. Por eso, el espectáculo tomaba una posición frente a la política migratoria de Trump. Y por eso cada una de las canciones, cada una de las decisiones de la puesta en escena, tenían un peso simbólico específico y calculado: el de reivindicar lo latino sin miedo y desde el gozo. Puede parecer un gesto escaso, pero el contexto lo es todo.
Lo que sí fue histórico
Durante el show de la Super Bowl, Bad Bunny hizo historia por muchas razones, algunas obvias y otras no tanto. Para empezar, se convirtió en el primer artista latino en capitanear el codiciado intermedio frente a una audiencia de más de 100 millones de espectadores. E hizo el espectáculo íntegramente en castellano, una vindicación cultural que sentó especialmente mal al conservadurismo norteamericano. Donald Trump, que recordemos que además de personaje mediático supuestamente dirige el país, lanzó en su propia red social un airado mensaje en el que decía que el espectáculo de Bad Bunny había sido «uno de los peores de la historia» y una «afrenta a la grandeza de Estados Unidos», además de que nadie entendía «ni una palabra de lo que dice este tipo, y el baile es repugnante».
La activista de MAGA Laura Loomer tuiteó indignada que había «inmigrantes ilegales y prostitutas latinas perreando en la Super Bowl. Ni una sola persona blanca ni traducción al inglés», y que eso había convertido el evento en algo «no lo suficientemente blanco» para ella. «Ya ni siquiera puedo ver una Super Bowl porque los inmigrantes literalmente lo han arruinado todo», soltó. Ignorando voluntariamente, ciega de racismo, que Benito es puertorriqueño, y que Puerto Rico es un estado de Estados Unidos, así que sus ciudadanos no son ‘inmigrantes’. Si acaso son estadounidenses de segunda, pues no pueden votar en las elecciones presidenciales.
El concierto de trece minutos se enmarcaba en la propuesta escénica de DeBÍ TiRAR MáS FOToS, un álbum en el que Bad Bunny recupera sonidos tradicionales de la música latina, da voz y espacio a artistas y músicos puertorriqueños, y reivindica la identidad de su isla frente al colonialismo estadounidense. Incluso con canciones que denuncian explíticamente la gentrificación, la turistificación y el expolio patrimonial de la isla. De ahí que los elementos de la puesta en escena recordasen a Puerto Rico, pero no solo. Los recolectores de la caña de azúcar, los postes de luz y los electricistas, los vendedores ambulantes y los puestos de alimentación… el atrezzo y el cuerpo de bailarines apelaba directamente a toda una clase social que ejerce de fuerza laboral en Estados Unidos y cuyos ascendentes siempre tienen algo en común: son latinoamericanos.
La diversidad del continente americano y el orgullo latino ataban discursivamente un espectáculo soberbio, bien ejecutado, que terminaba con un llamamiento a la unidad y el cese del odio racista, en un desfile de banderas de países del continente en el que la bandera de los Estados Unidos era solo una más de tantas. Algo que atentaba la sensibilidad imperialista del conservadurismo trumpiano. Un gesto absolutamente relevante, por exiguo que parezca, en el contexto actual.

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- Foto: Charles Baus / Zuma Press / ContactoPhoto/ EP
Lo que pasó desapercibido
Si el televidente que vio el espectáculo de Bad Bunny era cubano, podría criticar que el show no denunciaba el bloqueo histórico de los Estados Unidos que condena a la pobreza y la parquedad de recursos a la isla desde hace décadas. Si era venezolano, podría criticar que no se hiciese mención a la reciente intervención armada norteamericana en el país, que se ha saltado todos los estándares del derecho internacional. Si le preocupaba la masacre de palestinos y la ocupación ilegal de territorios por parte de Israel, criticaría la aparición de Lady Gaga, sionista orgullosa y declarada.
Puede que incluso siendo latino te preocupase la representación de ‘lo latino’ en el concierto de Bad Bunny. «Retomó todos los lugares comunes norteamericanos sobre 'los latinos'», tuiteaba molesto el escritor argentino Martín Caparrós. «Cañeros, culos de mulata, mano en la verga, viejos en la plaza. A mí me sonó como reivindicar a España con toreros, sevillanas y procesiones. América Latina es otra cosa, creo», sentenciaba. Y sí, es otra cosa y también es eso. Pues en general el espectáculo de Bad Bunny en la Super Bowl no es ninguna panacea contra los grandes males del mundo actual: cada espectador vuelca en él sus preocupaciones, que conducen a la crítica legítima.
Con todo y con eso, subyace en la propuesta discursiva del comentadísimo concierto del intermedio otra reivindicación más allá de lo latino. Más allá incluso del conflicto racial y las políticas migratorias de la administración de Trump. Un asunto musical no exento de política. Esto es: la constatación del triunfo del reguetón como rey del pop contemporáneo.

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- Foto: Charles Baus / Zuma Press / ContactoPhoto/ EP
De los 18 temas que se cantaron, ajustados y remixeados para comprimirlos en la duración del intermedio, hubo hasta cinco canciones que no eran de Bad Bunny. Así, entre las voces del propio Benito, más las apariciones de Lady Gaga y Ricky Martin, sonaron temas como Pa’ que retozen de Tego Calderón, Dale Don Dale de Don Omar, Noche de Travesura de Héctor ‘El Father’ o la mitiquísima Gasolina de Daddy Yankee. En una propuesta que hacía que la cámara enfatizase los cuerpos en movimiento y el liberador juego pélvico del perreo, baile originario de Puerto Rico.
«¿Vamos a pasar otros diez años condenando al reggaetón por incitar al sexo y a la violencia, o vamos a entender que el mejoramiento de los contenidos que circulan en nuestras sociedades es una tarea que merece un análisis mucho más crítico, uno que tiene que partir de nosotros y en todo caso homologarse al de espacios rara vez cuestionados como la televisión, el cine o la literatura?», se preguntaba Pablito Wilson en su libro Reggaeton: una revolución latina.
Esta reivindicación del reguetón y el perreo como elementos no exentos de política, simbólicamente tejidos al discurso reivindicativo del show de Bad Bunny, importa. Como importa que los caderazos eróticofestivos se entiendan en un contexto de reclamo de la diversidad, el respeto y el amor como valores a defender frente al odio, el racismo y el clasismo. Más en un momento de la historia que los grandes popes políticos y mediáticos no dudan en tachar de ‘repugnante’ y ‘depravado’ este estilo musical. Y en una sociedad que persigue el goce y el baile si no es productivista ni se puede asociar a los valores del mercado. Perreemos, que el mundo podría terminar en cualquier momento.