Ignacio Molina (Instituto Elcano): "Lo que ha pasado en Ceuta es mucho más que una crisis migratoria"

Entrevista

COMUNITAT VALENCIANA

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ALICANTE.- Ignacio Molina A. de Cienfuegos es un politólogo especializado en política europea, política exterior española y funcionamiento institucional de la Unión Europea. Actualmente figura como Investigador Principal del Real Instituto Elcano, donde su área de trabajo es Política Exterior y Europea de España. También es profesor en la UAM, en el Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Es doctor en Ciencia Política por la propia UAM. Su formación incluye además un Máster en Ciencias Sociales por el Instituto Juan March, un Máster en Derecho de la Unión Europea y las licenciaturas en Derecho y Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad de Granada. 

Ha desarrollado estancias como investigador visitante en Trinity College Dublin, Harvard University —como becario Fulbright— y Oxford. Según el perfil del Real Instituto Elcano, ha impartido seminarios o clases de posgrado en más de 30 centros académicos e institutos de análisis y ha participado en más de 20 proyectos de investigación nacionales e internacionales. También ha trabajado como experto o consultor para instituciones como el Parlamento Europeo, la Comisión Europea, el Consejo de Estado, el Ministerio de Asuntos Exteriores y el INAP, además de la Fundación Bertelsmann. El jueves estuvo en Alicante, donde impartió una conferencia en l Foro de Debate Económico Germán Bernácer organizó una conferencia de Ignacio Molina, investigador principal del Real Instituto Elcano, titulada Qué Europa necesitamos para el mundo que viene. Esta es la conversación que mantuvo con Plaza.

-¿Qué Europa necesitamos para el mundo que viene?

-En realidad, yo hablaría del mundo que ya está. El gran interrogante que tenemos en la Unión Europea es que el mundo es más hostil que nunca. Bueno, ese «nunca» quizá sea un poco exagerado, pero desde luego, en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, Europa había buscado un camino basado en la reconstrucción, la pacificación y el Estado del bienestar. Es verdad que siempre existió el debate sobre hasta qué punto Europa era realmente competitiva, pero conseguimos crear un espacio relativamente apacible, donde la seguridad estaba garantizada por Estados Unidos, Europa seguía siendo una potencia comercial de primer orden en un mundo progresivamente más abierto y existía una cierta gobernanza multilateral, con unas reglas que se respetaban. Y ahí Europa es muy fuerte, porque tenemos una enorme tradición de derecho internacional y de diplomacia, además de unos vínculos extraordinarios con el resto del mundo. Los idiomas que se hablan en Europa son, con la excepción del árabe, prácticamente todas las lenguas del mundo. Esa proyección internacional constituye una ventaja. Pero en los últimos años, y de manera muy rápida y acelerada, esas ventajas se han deteriorado.

-¿A qué lo atribuye?

-Hay un cambio de contexto y también un problema interno de la Unión Europea. Son dos elementos. El cambio de contexto es evidente. Tenemos un vecino muy agresivo, como es Rusia; el auge de China, que ha sabido aprovechar de una manera muy inteligente el mundo creado por Occidente; y unos Estados Unidos que han dejado de ser ese socio completamente confiable que fueron durante décadas. Tenemos también un llamado Sur Global que quiere tener cada vez más protagonismo.

Europa está, por tanto, a la defensiva. Y, al mismo tiempo, tenemos un problema interno. No somos una gran potencia ni siquiera aspiramos a serlo. Como mucho, aspiramos a ser un actor, un jugador, pero no somos un Estado. Somos 27 países, con muchas lenguas oficiales y con un sistema de toma de decisiones complicado. Si incluimos además a los británicos, a los turcos y a otros países de nuestro entorno, el escenario es todavía más complejo. Lo interesante en este momento es que creo que los europeos —los gobiernos, las instituciones de Bruselas y el mundo que rodea al pensamiento europeo— son conscientes de que estamos ante un momento crucial. Está claro que Estados Unidos ya no está ahí como antes. En todo caso, podemos aspirar a tener una relación más transaccional, en la que las dos partes obtengan beneficios. Ha dejado de ser aquella alianza basada en valores que existía incluso aunque no gobernara Donald Trump.

 

  • Ignacio Molina. 

Y está claro también que, en un mundo en el que China tiene un enorme control tecnológico, no significa que Europa no pueda volver a competir y a ser innovadora, pero sí que ahora estamos a la defensiva en el ámbito industrial y tecnológico. Quizá los españoles lo habíamos sufrido ya antes. En sectores industriales como los que existen aquí, en Alicante, China empezó a ser muy competitiva mucho antes.

En aquel momento quizá fue menos sensible para otros países europeos porque los intereses de las industrias más potentes de Alemania y del norte de Europa no estaban tan amenazados. Ahora son ellos los que se sienten amenazados y han comprendido mejor lo que aquello significaba. Cuando España pedía ayuda quizá se respondía: «No, aquí hay que competir». Ahora la situación es diferente. El ejemplo de la automoción es muy claro. Existe un debate sobre hasta qué punto Alemania puede considerar que no es bueno que China invierta en el sector del automóvil, mientras que España tiene una visión distinta, precisamente por la experiencia que hemos tenido.

Y, finalmente, tenemos un vecino que ha atacado a un país que no pertenece todavía a la Unión Europea, Ucrania, pero que comparte nuestro proyecto y quiere ser miembro. Además, Rusia ha generado preocupación en todos los países de su entorno. Tenemos que ser conscientes de que estamos ante una amenaza que afecta a toda la Unión Europea. Es un contexto complicadísimo.

-¿Se puede atribuir parte de esta situación a la irrupción de los populismos?

-Sí, claramente. El proyecto europeo, por definición, no puede ser populista. Lo que pretende es compaginar muchas visiones diferentes: centroizquierda y centroderecha, países grandes y pequeños, norte y sur, Estado del bienestar y economía de mercado. Eso requiere elementos de equilibrio y una forma de interpelar a la sociedad por parte de los gobiernos que casa mal con el populismo.

"El populismo un fenómeno que tiene que ver más con la sociología y con la política interna que con las relaciones internacionales, pero que se retroalimenta con ellas y provoca que Europa esté desconcertada"

Pero tenemos una población que, en cierta medida, está enfadada. Y aquí hay una paradoja interesante: cuando una sociedad vive algo mejor o considera que puede procurarse por sí misma su bienestar a través del mercado, tiende a pensar que los políticos sobran. Y, en muchas ocasiones, existen elementos de verdad en esa percepción: la idea de que los gobiernos y los partidos trabajan para sí mismos, o lo que podríamos llamar cierta «cartelización» de la política. Eso provoca una reacción que puede ser entendible, pero que resulta muy tóxica. Es la idea de que los grandes problemas tienen soluciones fáciles o de que hay que reforzar la soberanía nacional.

El problema es que, en este mundo de gigantes, los países europeos que reivindican su soberanía nacional se encuentran con una dificultad evidente: si no nos unimos, es muy complicado que podamos siquiera defender nuestro modelo y contribuir a moldear el mundo en el que vivimos. Si estamos unidos, en cambio, sí tenemos esa capacidad.

Por tanto, el populismo es efectivamente un fenómeno que ha aparecido con fuerza en los últimos 15 años. Ha contribuido al Brexit y está teniendo un peso creciente en distintos países europeos. El año que viene, además, tendremos un gran hito con las elecciones francesas. En Alemania también está creciendo. Es un elemento muy corrosivo para la Unión Europea. Es un fenómeno que tiene que ver más con la sociología y con la política interna que con las relaciones internacionales, pero que se retroalimenta con ellas y provoca que Europa esté desconcertada.

  • Ignacio Molina durante la entrevista.

-¿Y qué influencia han tenido las redes sociales en todo este proceso?

-Muchas veces, cuando se intenta determinar en qué momento empezó a estropearse el mundo, se sitúa aproximadamente alrededor de 2010. La década de los noventa había sido una época de mucho optimismo. Incluso la década de los 2000, a pesar del 11-S, estaba marcada por la idea de que el comercio, la libre circulación de personas y de ideas iban a seguir avanzando. Era una época de gran confianza económica; incluso te daban una hipoteca sin pedirla.

En Europa existía además la sensación de que la integración monetaria había permitido bajar los tipos de interés, controlar la inflación y generar una moneda sólida. Había, en definitiva, una percepción bastante positiva sobre el proceso de integración. Pero todo eso empieza a cambiar alrededor de 2010. En España coincide con la gran recesión: primero, con el estallido de la burbuja y después con la crisis de deuda. Y, al mismo tiempo, se producen cambios muy importantes en el escenario internacional.

"Tenemos un contexto geopolítico que cambia, dudas internas en Europa y, además, unas redes sociales que hacen que se pierdan intermediarios entre la ciudadanía y el poder"

Es el momento en que Xi Jinping llega al poder en China y en que Putin regresa al poder en Rusia y se consolida un régimen cada vez más autoritario. Se pierde entonces buena parte de las esperanzas que había habido de que Rusia pudiera evolucionar hacia Occidente y hacia las democracias liberales. En Estados Unidos, aunque gobernaba Obama, también se empieza a percibir con claridad una ola populista y proteccionista. El propio Obama, aunque todavía lo consideremos un líder de la vieja escuela, introduce ya elementos como el pivot to Asia, es decir, la idea de que Estados Unidos tiene que prestar una atención creciente a Asia. Y es en ese contexto cuando aparecen con fuerza las redes sociales y la desinformación. Las redes alimentan precisamente algunas de esas tendencias: el populismo, las respuestas sencillas a problemas complejos y el cinismo hacia los gobernantes. Es una mezcla muy tóxica.

Por tanto, tenemos un contexto geopolítico que cambia, dudas internas en Europa y, además, unas redes sociales que hacen que se pierdan intermediarios entre la ciudadanía y el poder. Antes existían intermediarios como la prensa tradicional, los intelectuales o los partidos políticos, pero que contribuían a generar una conversación algo más sofisticada. Permitían que desde el poder se interpelara a la ciudadanía y que la ciudadanía interpelara al poder de una manera más sana y más mediada. Todo eso se ha roto o, al menos, se ha erosionado muchísimo.

-¿Han contribuido también las políticas verdes al descontento, no tanto por lo que han generado, sino por la reacción que han provocado?

-Es verdad que existe un desafío gigantesco relacionado con el cambio climático y que hay un proyecto de descarbonización que, además, a medio y largo plazo puede hacer más competitiva a la economía europea por una razón muy evidente: salvo la excepción de Noruega, que ni siquiera pertenece a la Unión Europea, no tenemos grandes recursos de combustibles fósiles. Y los que tenemos, como el carbón, son especialmente sucios y caros.

Por tanto, a largo plazo, la descarbonización es el futuro, no solo por razones climáticas, sino también por razones relacionadas con el suministro energético, la eficiencia y nuestra propia dependencia exterior. Pero en esa transición hay perdedores. Y quizá las élites que han tomado las decisiones, tanto desde el punto de vista político como académico e incluso ambiental, han sido poco empáticas con quienes salen perdiendo: personas que no pueden seguir utilizando determinados medios de transporte, que tienen que realizar inversiones muy costosas o que ven directamente afectados sus modos de vida.

Eso provoca una reacción que conecta con el discurso populista: «Es la élite la que me está pidiendo cosas muy pintorescas que a ellos les gustan, pero que al pueblo le fastidian». Hay algo de razón en esa crítica, precisamente por esa posible falta de sensibilidad. Pero, evidentemente, de lo que se trata es de conseguir ese objetivo, que considero acertado, no solo por razones ambientales —porque nos jugamos mucho—, sino también por razones estratégicas y económicas.

Europa es una parte del mundo muy dependiente energéticamente. Por eso, la cuestión fundamental es cómo hacer bien esa transición. Y ahí quizá hemos cometido errores. Surge inmediatamente la pregunta: ¿qué pasa con quienes se han quedado atrás? Para afrontar precisamente ese tipo de situaciones tenemos un Estado del bienestar potente, pero quizá no ha habido suficiente agilidad política para responder a los efectos de la transición.

-En  2019, se celebró un Comité de las Regiones de la Unión Europea en Bucarest. En aquel momento, uno de los grandes debates era que la política europea no estaba llegando, especialmente a los jóvenes. ¿Ha cambiado esa situación?

-Tampoco hay que ser tan catastróficos. Si uno mira los Eurobarómetros y pregunta específicamente a los jóvenes, aparecen datos interesantes. En el caso del Brexit fue muy evidente: los jóvenes no querían que el Reino Unido saliera de la Unión Europea y fueron los grupos de mayor edad los que, mayoritariamente, votaron por salir. Es verdad, sin embargo, que la administración europea ha tenido dificultades para ser suficientemente empática y permeable, y para hacer llegar su proyecto a determinados sectores de la sociedad.

-¿Pero existe entre los jóvenes una mayor disposición hacia la integración europea?

-Sí. Los jóvenes tienen una mentalidad más vinculada a un mundo en el que uno puede estar en cualquier lugar y menos vinculada a un único país. Antes hemos hablado de la parte negativa de las redes sociales, pero también existe un elemento muy positivo: han contribuido a crear una esfera en la que un joven puede sentirse menos vinculado exclusivamente a su país. Eso no significa que no exista nacionalismo entre los jóvenes, pero sí que, en general, no parece que quieran que existan barreras. Desde el punto de vista sociológico, es una tendencia bastante prometedora. Cuando se pregunta a los jóvenes, por ejemplo, si debería existir un ejército europeo o si deberían producirse avances en ámbitos como la vivienda o la creación de un Estado del bienestar europeo, existe una cierta ambición de mayor integración.

-Entonces, ¿qué está fallando?

-Lo que ha faltado es pedagogía. No ha habido suficiente capacidad para explicar el proyecto europeo a través de los intermediarios tradicionales, que para muchos jóvenes resultan pintorescos y muy lejanos: los partidos políticos, las instituciones y determinadas estructuras tradicionales. Y es verdad que antes era más sencillo. Muchas veces se dice que echamos de menos a los líderes de antes, pero no creo que sea exactamente eso. El problema es que ahora es terriblemente complicado hacer esa pedagogía. El cortoplacismo hace muy difícil explicar los proyectos a largo plazo, cómo interpelar a los ciudadanos y, especialmente, cómo conectar con los jóvenes.

-¿También es una cuestión generacional?

-Sí. Los jóvenes tienen un cierto bienestar material, pero al mismo tiempo tienen la sensación de que no pueden construir un proyecto propio a largo plazo. Esa combinación también es complicada. No es fácil para la Unión Europea gestionar esa situación, pero tampoco lo es fuera de la Unión. Estados Unidos o el Reino Unido se enfrentan a problemas similares: cómo romper con esa fractura nacional o territorial entre unas ciudades muy conectadas a la globalización, que avanzan a gran velocidad, y otras partes del territorio que se quedan atrás. Hay fracturas mucho mayores que hace unos años. Antes, el Estado y el aparato estatal permitían cohesionar en mayor medida a la sociedad. Ahora es más difícil.

-¿Qué augura para el futuro más inmediato?

-Aunque volviera a haber un presidente demócrata o un presidente republicano de otro perfil en Estados Unidos, creo que Estados Unidos ya no va a volver a ser el garante del mundo que fue durante décadas.

Hay que reconocer que incluso había parte de razón en algunas de las quejas estadounidenses. Estados Unidos ha asumido durante mucho tiempo un coste financiero y también un coste en vidas por ejercer una especie de papel de garante del orden internacional después de la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, de la Guerra Fría. Ese modelo aguantó durante un tiempo, pero ahora está cambiando.

Estados Unidos puede hacer esa retirada de una manera más o menos educada, pero Europa tiene que asumir que no puede seguir pensando que Estados Unidos va a asumir indefinidamente los costes de nuestra seguridad. Somos países ricos. ¿Por qué tiene que ser Estados Unidos quien proteja a Europa de Rusia o a Corea del Sur de Corea del Norte, cuando también son países con recursos?  Tenemos que asumir esa nueva realidad. Y eso implica volver a pensar en términos de defensa y seguridad, y aumentar el gasto en defensa. Pero aquí aparece un dilema con el gasto en el Estado del bienestar que ya está provocando tensiones en algunos países de Europa Central y del Este.

En España, de momento, la situación es algo diferente, entre otras cosas porque estamos en una fase relativamente favorable del ciclo económico y porque el aumento del gasto en defensa todavía ha sido limitado. Pero la cuestión es que tenemos que volver a pensar en términos de defensa, seguridad, prioridades e incluso cuestiones como el servicio militar obligatorio.  Estamos entrando en una especie de mundo excepcional, en el que existen enemigos y amenazas que no son únicamente convencionales. Está el riesgo de una agresión rusa, ya sea mediante una invasión o mediante acciones como el envío de drones a países bálticos o de Europa del Este. Pero también está la desinformación, en la que participan actores que supuestamente están en el lado occidental, incluso desde Estados Unidos o Israel, además de la actividad de China.

Vivimos en un mundo en el que la geopolítica se ha colocado en primer lugar. La prioridad ya no puede ser únicamente la eficiencia económica. Por eso aparece el concepto de seguridad económica y de autonomía estratégica. La globalización tiene muchos problemas, pero también ha generado beneficios. Cuando decimos que no queremos depender de Estados Unidos, de Rusia o de China —de Rusia en energía, de China en industria y tecnología y de Estados Unidos en seguridad— tenemos que pensar también en las consecuencias de intentar eliminar esas dependencias.

Cuando llegan los aranceles y el proteccionismo, también sufrimos. Por tanto, el desafío consiste en combinar la geopolítica, la seguridad económica y la autonomía estratégica con una política de defensa europea, sin desacoplarnos completamente del mundo. Si nos desacoplamos, podemos acabar pagando tecnologías más caras o incluso no teniendo acceso a determinadas tecnologías. También podemos tener productos más caros, más inflación y, en última instancia, menos bienestar. Todo esto exige una visión coordinada. Existe el riesgo de que cada país vaya por su cuenta.

Alemania, por ejemplo, está aumentando mucho su gasto en defensa y eso puede generar tensiones con el Estado del bienestar. Cuando se combina el aumento del gasto en defensa con el crecimiento de la extrema derecha en Alemania, no parece que sea un contexto en el que podamos ignorar la memoria histórica europea. Y, sin embargo, la Unión Europea todavía no es suficientemente fuerte institucionalmente como para coordinar ese gasto en defensa y evitar una deriva nacionalista que, a su vez, pueda alimentar el enfado de la sociedad. Eso es inquietante. Pero insisto: no creo que haya que ser completamente pesimistas. Hay muchos elementos negativos y muchas señales de alarma en este momento, pero también hay margen de actuación.

¿Y tendremos que acostumbrarnos también al término «guerra híbrida»?

Sí, efectivamente.

-En el caso de Ceuta, ¿considera que lo ocurrido fue una crisis migratoria o una forma de guerra híbrida?

-Ha sido mucho más que una crisis migratoria. Ha habido una utilización de la inmigración como instrumento dentro de lo que podríamos llamar una zona gris. No tenemos todavía información suficiente para saber hasta qué punto Marruecos estaba en el origen de lo ocurrido. Y no es lo mismo que aquello fuese una cuestión planificada, porque eso sería gravísimo: supondría un ataque a la soberanía por parte de un vecino que pasaría a convertirse en un actor muy hostil, que pensar que se produjo como consecuencia de una especie de dinámica algorítmica y de las redes sociales, sin una intervención directa de un Estado soberano.

Las redes sociales pueden generar este tipo de situaciones. Pueden alimentar determinados movimientos, como ocurrió en otros contextos. Pero también cabe preguntarse si Marruecos relajó deliberadamente los controles y si consideró que aquella situación podía tener incluso algunos elementos positivos para sus intereses. En cualquier caso, creo que Marruecos debería haber extraído una conclusión negativa de aquella experiencia, porque la reacción que provocó fue más bien contraproducente.

Por parte de España, creo que siempre hay que intentar mantener buenas relaciones con Marruecos. Pero quizá esta última etapa, en la que se ha pensado que apaciguar a Marruecos era la vía para solucionar los problemas, debería revisarse. Es comprensible que España buscase evitar una crisis como la de Ceuta, pero quizá ese deseo de mantener una buena relación con Marruecos debería haberse acompañado de una mayor implicación de la Unión Europea y de una mayor capacidad operativa, incluso desde el punto de vista militar, para generar disuasión.

"Hay que transmitir que España quiere mantener buenas relaciones con Marruecos, pero que eso no significa que vaya a aceptar determinadas presiones" 

No se trata de generar una escalada, sino de evitar que la percepción sea que, si Marruecos ejerce presión sobre España, como ocurrió en 2021, puede conseguir algo. Porque el apaciguamiento, en determinadas circunstancias, puede tener el efecto contrario y generar una mayor sensación de confianza para ejercer presión. Hay elementos de aquella experiencia que tenemos que revisar, pero eso tampoco debe llevarnos a pensar que Marruecos es un enemigo. Hay que transmitir que España quiere mantener buenas relaciones con Marruecos, pero que eso no significa que vaya a aceptar determinadas presiones.  Y, en ese sentido, Ceuta y Melilla son absolutamente innegociables. Son parte de España, no por una cuestión colonial, sino porque forman parte de España desde la génesis del Estado; estamos hablando de una realidad histórica que se remonta a la Edad Media. Dos países vecinos que se respetan pueden tener discrepancias, pero no deberían cuestionar el territorio que forma parte del otro Estado desde su propia génesis. Aunque esto pueda no gustar a Marruecos, la idea fundamental es que no es tolerable que se ejerzan presiones de ese tipo o que se pretenda crear hechos consumados.

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