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LOS DÍAS DE LOS OTROS

Félix Francisco Casanova: el diario del joven poeta maldito

29/03/2017 - 

VALÈNCIA. A veces, un diario se convierte, sin quererlo, en testamento. La vida del diarista se frena en seco por la muerte inesperada y entonces lo que queda registrado y oculto emerge a la superficie. Tal es el caso de Félix Francisco Casanova, un poeta y escritor canario que murió siendo un adolescente, cuando apenas contaba con 19 años. Su fallecimiento en extrañas circunstancias y su extraordinaria precocidad para aferrarse a las letras como tabla salvavidas, le han convertido en una leyenda, en un escritor maldito al que no pocos expertos han decidido calificar como el 'Rimbaud español' (“Guardo el odio de Rimbaud, lo comprendo... y lo vuelvo a soltar”, escribiría en marzo de 1974). Lo cierto es que las concomitancias con el autor de Iluminaciones se queda exclusivamente en la voracidad literaria y en la juventud. Poco más. El estilo de Casanova era único, refrendado por escritores de la talla de Antonio Lucas, Fernando Aramburu o Luna Miguel:

Félix Francisco Casanova destacaba por ser un prematuro que se distinguía irremediablemente de otros precoces de las letras porque en él la literatura no era un complemento, sino un principio activo por el que todo lo demás adquiría sentido. Su escritura estaba fuera del uso corriente de otras escrituras. (Antonio Lucas)

Se advierte en Casanova la gracia, el desparpajo, la propensión lúdica de un ángel con rasgos diabólicos, todo lo cual exime a su arte de las esperables convenciones del oficio. [...] El parangón con Rimbaud es pertinente. Acaso hermane a ambos escritores con mayor motivo la naturaleza rebelde y visionaria de sus respectivas obras, tan distintas por otros conceptos. (Fernando Aramburu)

Yo hubiera o hubiese amado a Félix. Por eso tiene razón. Por eso es el mejor título. Porque Félix viene del País de Nunca Jamás. Félix es el niño huérfano que a todas enamora. Enfant terrible de cabello rizado. Yo le hubiera amado. Le hubiera amado. Lo sé. Lo intuyo. Lo aseguro. Un amor hipotético. Un amor en borradores. (Luna Miguel)

Pero, ¿quién era Félix Francisco Casanova? Este escritor, hijo de un odontólogo con vocación de poeta y una madre pianista, tenía pinta de dandy con cabello a lo Jim Morrison. Desde los doce años, tal y como explica su padre en el prólogo de Yo hubiera o hubiese amado. Diario íntimo (1974), “se sintió consciente de su facultad de creación poética”. El pequeño Félix componía letras al estilo de Bob Dylan o los Rollings Stones que después acababa convirtiendo en poemas que su padre le animaba a publicar. Mientras desarrollaba un exquisito gusto por la música -llegó a formar el grupo de música Hovno con su amigo de clase Ángel Mollá-, iba desplegando una inusitada intuición para la lectura, devorando obras y autores no siempre fácilmente digeribles.

Cuando contaba de 17 años, apenas dos años antes de morir, Félix comenzó a escribir un diario. Lo hizo un 1 de enero y lo hizo, por supuesto, escribiendo poemas:

Aquí comienzo el modelaje de una serie de poemas de agua, cuyo fin no intuyo. Es la primera poesía que escribo tras El invernadero, fabricado en el verano pasado.

El invernadero había constituido su primer poemario. Escrito con apenas 16 años, recibió el Premio Julio Tovar con unanimidad del jurado. Según cuenta su padre, Félix escribía torrencialmente, sin apenas corregir. Esa espontaneidad, unida a sus portentosas imágenes poéticas, daban a sus versos un vuelo notable que no pasó desapercibido. Ganó todos los premios a los que se presentó. Y a los que no también. Este diario recoge, por ejemplo, la proeza que supuso escribir en poco más de 40 días su novela El don de Vorace con la que ganó el Premio Pérez Armas y “125.000 calas”, en palabras del propio Félix.

Este diario de 1974 constituye una pequeña obra maestra a través de la cual podemos conocer mejor a un joven que se mueve entre la erudición más absoluta (“Leo a Pessoa, Whitman, J.R. Jiménez, A. Breton, Éluard, los surrealistas: L. Aragon, Hans Arp, Antonin Artaud, Benjamin Péret, Tristan Tzara, etc. A Joyce... Cada vez estoy más cerca del agua”), su gusto por el cine (“Veo Gritos y susurros, de Bergman, y descubro que a veces el silencio es el máximo dolor, pero otras es la cima de la alegría”), los típicos lances adolescentes (“Ángel y Ana han acabado. Me jode mucho porque yo había visto en ellos algo grande”), el amor platónico (“Oh, Catherine [Deneuve]; me doy cuenta de que Cari sólo me gusta porque se parece a ti”) y algunas filias que comienzan a desarrollarse (“Tengo en la planta del pie izquierdo una herida-callo que delata mi acusado masoquismo. Me hago daño (o felicidad) con las negras uñas, tijeras y agujas”).

En todo el diario sobrevuela, esencialmente, un gusto por lo onírico, una felicidad por el mero hecho de soñar y después recordar. Quizás el joven Casanova presentía algo que después confirmó el director canadiense Jean-Claude Lauzon en su film Léolo (1992): "Porque sueño, yo no lo estoy [loco]". Ya al final del diario, en los primeros días de diciembre de 1974, Félix Francisco escribe:

Estoy como pez en el agua. Esta es mi época. Todo es fenomenal. Los días están llenos de sorpresas. Vuelvo a soñar mucho, mucho.

Félix Francisco Casanova murió repentina y misteriosamente un 14 de enero de 1976. Entró en la ducha y el agua que le bañaba resultó ser un torrente de gas metano que acabó reventando sus pulmones. Una versión de su muerte que no todo el mundo acepta, pues la sombra del suicidio quizás sirve para engordar una leyenda ya de por sí merecida. El joven Casanova era muy amigo de su padre y de su hermano. Pocas veces, sin embargo, se refiere a su madre pianista.

Yo prefiero recordar a Casanova leyendo sus libros, excelentemente rescatados por la editorial madrileña Demipage, sus diarios con entradas hermosas y vibrantes (“Cari y yo nos encontramos justo en medio de la calzada, hicimos un duelo a ver quién explotaba antes y empatamos”) y, sobre todo, cerrando sus párpados mientras recordaba este verso que su padre le compuso: “Un párpado pequeño puedo apagar el mundo".

Últimos días de diciembre de 1974.- Todo bien, todo se desliza armónicamente. Se podría emplear la palabra 'perfección'. Cada cosa en su lugar. El año se consume lentamente; llueve poco, pero las débiles gotas que alcanzo a tocar las gozo al máximo. No hace el frío necesario... pero es mi Invierno, un invierno más, lleno de sorpresas y de tristes alegrías que ni hacen daño ni dan placer )o las dos cosas a la vez). Mi papá y mi hermano están contentos, yo estoy contento. All right”.

 

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